Música

Hasta el 40 de mayo…

En la obra de Stravinsky una joven debe bailar hasta morir para que la primavera regrese. En Madrid, el sacrificio somos nosotros.

9 de abril 2026


Abril en Madrid es una trampa para ratones envuelta en papel de regalo. No me vengas con las flores del Retiro ni con los almendros de la Quinta de los Molinos, que eso está muy bien para los turistas que llevan la guía bajo el brazo y la piel color gamba. Para los que pateamos el asfalto quemado y nos despertamos con el sabor de la contaminación en la lengua, Abril es un mes violento. Es el mes en el que el tiempo te roba una hora de sueño —como si no tuviéramos ya bastante con la precariedad y el insomnio— para regalarte una tarde de luz infinita que no sabes dónde meter. Es un mes esquizofrénico: un día te asfixias en el metro con el abrigo puesto y al siguiente te cala una lluvia repentina que huele a tierra mojada, aunque en Madrid la tierra quede a tres transbordos de distancia y lo que huelas sea en realidad el polvo acumulado de meses mezclado con el meado de los perros y el humo de los autobuses.

Esa lluvia de Madrid es el petricor del asfalto. Ese aroma que te golpea el hocico cuando las nubes deciden que ya basta de sequía y rompe a llorar la Castellana. Un olor que te despierta algo animal, algo que estaba dormido bajo la bufanda de lana y las capas de cinismo invernal. Y si hay una obra que capture ese momento en el que la naturaleza decide romperte la cara para recordarte que está viva, esa es La consagración de la primavera de Igor Stravinsky.

Olvídate de Vivaldi. La primavera de Vivaldi es para anuncios de champú o para alguna escena de Machos Alfa. La primavera de verdad, la que nos entra por las venas en este Madrid de Abril, es la de Stravinsky: una carnicería rítmica, un sacrificio humano, un estruendo de vísceras que se retuercen para salir al sol. Cuando se estrenó en París en 1913, el público montó una tángana de las que ya no se ven; se pegaron en las butacas porque la música era demasiado física, demasiado "descarnada". Y eso es exactamente lo que te pasa cuando caminas por Diego de León un martes de Abril y te das cuenta de que el invierno se ha acabado: sientes que algo en tu interior tiene que morir para que lo nuevo pueda nacer.

La pieza arranca con un fagot que suena en un registro tan agudo que parece que se va a romper. Lo esperas, aunque no llega. No es un canto de pájaro; es el grito de una raíz intentando atravesar el cemento de la calle Fuencarral. Es un sonido forzado, tenso, casi desagradable. Es el esfuerzo de la vida por abrirse paso entre la mugre. Stravinsky quería que sintiéramos el dolor del brote que rompe la rama. Y así es como nos sentimos en Madrid cuando cambia la hora: con el cuerpo desajustado, con los ojos hinchados por el polen que flota como metralla invisible y con esa sensación de que el mundo se está acelerando y nosotros no llevamos el cinturón puesto.

Después de ese inicio vacilante, entra el ritmo. El famoso motivo de los "Augurios primaverales". Esos acordes de cuerda repetitivos, machacones, disonantes. No hay melodía a la que agarrarse, solo un pulso salvaje. Es el ritmo de la ciudad despertando. Es el sonido de las persianas metálicas subiendo, del camión de la basura, de los tacones golpeando la acera y del corazón que te empieza a latir más fuerte porque hay más luz y, por tanto, más tiempo para cagarla. Stravinsky utiliza la orquesta como si fuera una percusión gigante. Los violines golpean. No paran. Es una música de choque, como el choque de temperaturas que te deja un resfriado de tres pares de narices mientras intentas tomarte la primera caña en una terraza contigua a tu oficina. 

Esa primera lluvia de la que hablábamos, la que huele a tierra lejana, tiene su reflejo en los pasajes más oscuros de la obra. Hay momentos en La consagración donde la orquesta se vuelve densa, húmeda, pesada. Son los vientos madera creando una atmósfera de pantano, de algo que está fermentando bajo el suelo. En Madrid, ese olor a tierra mojada es una mentira necesaria. No tenemos campo, tenemos parques que son desiertos de arena con tres árboles heroicos, pero cuando llueve en Abril, el aire se limpia de esa caspa gris que es el invierno y nos permitimos el lujo de creer que formamos parte de algo orgánico. Es un alivio sensorial que te ensancha los pulmones por un segundo antes de que vuelvas a oler el tubo de escape del 61.

Lo que me fascina de relacionar a Stravinsky con el Abril madrileño es el concepto del sacrificio. En la obra, una joven debe bailar hasta morir para que la primavera regrese. En Madrid, el sacrificio somos nosotros. Sacrificamos nuestras horas de sueño, nuestra estabilidad emocional y nuestra piel blanca de oficina. Salimos a las terrazas como moscas a la miel, nos exponemos a una luz que nos delata las arrugas y los fracasos del año anterior, y nos entregamos a ese frenesí de "buen tiempo" que en realidad es una forma de histeria colectiva. Queremos exprimir la tarde hasta que el sol se pone detrás de la Casa de Campo, y nos quedamos temblando de frío en manga corta porque nos negamos a aceptar que la primavera es solo un invierno con mejor iluminación.

Musicalmente, la pieza es un caos organizado. Stravinsky juega con las polirritmias, con diferentes tiempos que chocan entre sí. Es exactamente lo que sientes cuando caminas por la Gran Vía un viernes de Abril: mil ritmos distintos, mil vidas cruzándose, el tipo que vende lotería, el que toca la flauta, el que llega tarde a una cita y el que simplemente vaga con la mirada perdida porque la luz le ha frito el cerebro. No hay armonía, hay superposición. Y en esa superposición es donde reside la energía de la ciudad. Madrid no es una ciudad armónica; es una ciudad de Stravinsky, llena de acentos inesperados y de estruendos que te mantienen alerta.

Hay un momento en la obra, el "Círculo de las adolescentes", donde aparece una melodía popular rusa, algo más parecida a una canción, pero siempre envuelta en un ruido inquietante. Es como cuando vas por el Retiro y escuchas a lo lejos a alguien tocando la guitarra, pero el sonido se mezcla con los gritos de los niños y el zumbido del tráfico. Es la belleza que intenta sobrevivir en mitad de la hostilidad. La primavera en Madrid tiene esa misma fragilidad. Es un paréntesis de diez días antes de que llegue el calor sahariano que nos convierta a todos en charcos de sudor. Es un momento precioso porque sabes que se va a acabar, porque huele a esa tierra que no tenemos y porque te obliga a sentir cosas que habías enterrado bajo el abrigo.

Escuchar La consagración de la primavera mientras ves caer el primer diluvio de Abril sobre el capó de los coches es una experiencia religiosa de lo cutre. Te das cuenta de que no somos seres civilizados con iPhones y cuentas de LinkedIn; somos sacos de carne y hueso sujetos a los ciclos de la tierra, por mucho que intentemos asfaltarlos. La música de Stravinsky te quita la tontería de encima. Te dice que la vida es violenta, que nacer duele y que el cambio de estación es un trauma fisiológico que hay que bailar hasta el final.

Me gusta pensar en Stravinsky escribiendo esos ritmos asimétricos, esos golpes de timbal que te sacuden el hígado, y compararlos con la sensación de salir de casa sin chaqueta por primera vez en el año. Es un acto de fe. Una fe descarnada en que la luz nos va a salvar de nosotros mismos. Abril en Madrid es esa danza final de la elegida: nos movemos frenéticamente por las calles, bebemos, reímos, celebramos con nuestro puritito Real Madrid, nos quejamos de la alergia y nos empapamos con la lluvia sucia, todo por el simple placer de sentir que la sangre todavía corre por nuestras venas. 

Así que, cuando mañana te despiertes y sientas que te sigue faltando esa hora de vida que te robaron, cuando huelas ese aroma a polvo húmedo que los románticos llaman petricor y los madrileños llamamos "por fin ha llovido", no busques consuelo en canciones melosas. Ponte a Stravinsky. Deja que los metales te griten al oído y que las cuerdas te azoten la espalda. Acepta que la primavera no es una estación, es una agresión necesaria. Porque al final, en este Madrid de asfalto y de sueños de segunda mano, lo único que nos queda es el galope de los ritmos rotos, el olor a tierra que no existe y el valor de seguir bailando mientras todo a nuestro alrededor estalla en un verde violento y despiadado. Bienvenida sea la carnicería. Bienvenida sea la luz que nos quema. Abróchense los cinturones, que Abril ya está aquí y no piensa dejar prisioneros.



¿Qué opinas?

Sin comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o abónate para participar.



Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Aleix Gomila Pons

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES