Música

Desnudo con espresso, sonando un vals

Me metí desnudo en aquella bañera y dejé que sonara El Danubio Azul de Strauss

21 de mayo 2026


Este fin de semana fui a Santander con Cris. Este artículo es, en el fondo, un acto de gratitud hacia el azar — esa fuerza arbitraria que decidió, en el momento de la asignación de habitaciones, que la nuestra tuviera bañera. Ni un jacuzzi, ni un spa. Nada que justificara una columna en mi revista de viajes favorita. Teníamos bañera. La clase de detalle que en el siglo XIX habría sido un signo de modernidad y que hoy es, paradójicamente, un signo de lujo: las habitaciones nuevas casi nunca traen bañera, porque las bañeras gastan agua y ocupan sitio, y porque el huésped moderno se ducha rápido para tener tiempo de hacer otras cosas igualmente urgentes y vacías.

El viernes por la tarde, antes de irnos a cenar al centro, me serví un espresso de la cafetera de cápsulas del hotel, me metí desnudo en aquella bañera, con el café apoyado en el borde, y dejé que sonara El Danubio Azul de Strauss en el altavoz del móvil. Y lo que sigue intenta explicar por qué eso me parece, sin ironía aunque con bastante ironía, una de las cosas más civilizadas que un ser humano puede hacer un viernes por la tarde.

Primero los hechos musicales, que como siempre son más interesantes de lo que la fama de la obra deja ver.

El Danubio Azul, opus 314 de Johann Strauss hijo, se estrenó en Viena en febrero de 1867. Y aquí ya hay un primer dato que cambia todo: fue un fracaso. Sí, esa misma pieza que hoy cierra todos los conciertos de Año Nuevo del mundo, que define en el imaginario colectivo el lujo vienés, que suena en cada hotel con pretensiones, esa misma pieza fue recibida con tibieza por el público de su estreno. Strauss escribió en privado: al diablo con el vals, solo lamento que no haya tenido más éxito. La historia se reescribió después.

Lo que ocurrió fue que la obra estaba pensada originalmente para coro masculino con letra patriótica. La música era para sostener un texto consolador después de una humillación nacional. El vals que conocemos hoy es la versión instrumental que Strauss extrajo unos meses después, despojando la pieza del lastre lírico y dejando solo lo que valía la pena: la melodía.

Esa es ya, en sí misma, una lección. El Danubio Azul es una música que sobrevivió quitándole la solemnidad. Que se hizo eterna deshaciéndose de la pretensión patriótica con la que nació. Que solo empezó a funcionar cuando aceptó ser, sencillamente, un vals para bailar y para flotar, sin obligaciones nacionales ni mensajes uplifting.

Eso, por cierto, es lo que también ocurre en una bañera de un hotel.

Técnicamente, el vals es una forma musical en compás de 3/4 que se popularizó en Viena a principios del siglo XIX y que tiene una característica rítmica peculiar: el segundo tiempo se adelanta ligeramente, casi imperceptiblemente, respecto a su lugar matemático. Los músicos vieneses tradicionales lo tocan así por costumbre — el primer tiempo es firme, el segundo llega un instante antes de lo que el metrónomo marcaría, el tercero compensa. Esa pequeña aceleración interna es lo que hace que un vals vienés se balancee. Que tenga gravedad. Que no parezca un metrónomo.

El Danubio Azul lleva ese balanceo elevado a su máxima expresión. La introducción —ese inicio en pianissimo de las cuerdas, con los trémolos del violín y la trompa entrando como si emergiera del agua— es una de las páginas más sensuales de toda la música del siglo XIX. Y digo sensuales sin metáfora: la música está organizada para producir una respuesta corporal. La trompa que aparece tras los trémolos suena como el cuerpo despertándose. El tema principal del vals, cuando finalmente entra, es la ondulación misma del agua hecha melodía.

No es casualidad que Strauss eligiera el Danubio como referencia, ni que la obra completa imagine un viaje por el río. La música es agua. La sensación que produce escuchar el vals es exactamente la de flotar — una flotación que reconcilia el peso del cuerpo con su disolución temporal en el medio que lo sostiene.

Lo cual, sospecho, explica por qué funciona tan bien en una bañera.

Hay una experiencia que casi todo el mundo ha tenido y que casi nadie ha pensado: la de estar desnudo solo, en un espacio cerrado, sin que nadie te vea. Es una experiencia rarísima. La cultura occidental ha cargado el desnudo de tanta significación —sexual, médica, artística, comercial, política— que casi no queda espacio para la versión más simple: estar desnudo y no significar nada. Ni provocar, ni seducir, ni exhibirse, ni avergonzarse. Solo estar.

En una bañera de hotel un viernes por la tarde, con tu pareja viendo el último Tiktok que le has pasado en la cama de al lado y un espresso mediocre apoyado en el borde, ocurre algo que no ocurre en casi ningún otro lugar de la vida moderna: el cuerpo deja de ser un proyecto. No es un cuerpo que tenga que ponerse en forma, ni un cuerpo que tenga que producir, ni un cuerpo que tenga que estar listo para fotografiarse, ni un cuerpo que tenga que disimular las chichas — esa palabra inmejorable que el español ha guardado para nombrar exactamente lo que la industria del fitness lleva treinta años intentando hacernos odiar. Es solo un cuerpo. Está. Pesa. Se mete en el agua. Le sienta bien el agua. Y se acabó.

Esa pequeña liberación —pequeñísima, ridículamente pequeña en el contexto de los problemas reales del mundo— es, sin embargo, una experiencia metafísica de bastante calado. Porque lo que ocurre cuando uno se mira el cuerpo sin proyecto es que descubre que el cuerpo es lo único que tiene de verdad. Lo demás —las identidades, los planes, las pretensiones, los artículos por escribir, las opiniones sobre la actualidad— son construcciones más o menos brillantes alrededor de esto: un organismo que pesa unos kilos, que tiene una forma irrepetible, que va a durar lo que dure y mientras dure pide pocas cosas. Una bañera caliente es una de ellas. Un espresso mediocre, sorprendentemente, también.

El Danubio Azul funciona aquí porque es una pieza que entiende esto sin pretender entenderlo. Strauss no estaba escribiendo filosofía. Estaba escribiendo una música para que la gente bailara, para que se divirtiera, para que se moviera en círculos bajo las arañas de los salones vieneses. Pero al hacerlo —al concentrarse en la pura felicidad del cuerpo en movimiento— escribió, sin proponérselo, una pieza profundamente materialista, en el sentido bueno del término. Una música que celebra lo físico sin necesidad de justificarlo con un argumento espiritual.

Eso es raro en la música clásica. La mayoría del repertorio canónico está tocado por algún tipo de gravedad — sufrimiento de Beethoven, religiosidad de Bach, melancolía de Schubert, drama de Wagner. El Danubio Azul es una de las pocas obras maestras del siglo XIX que tiene el valor de ser pura levedad. Pura pelvis. Pura curva. Sin tragedia. Sin redención. Sin profundidad metafísica disfrazada.

Y por eso aguanta. Por eso lleva ciento cincuenta y nueve años flotando en el imaginario colectivo, aunque nos pongamos elegantes con Mahler y nos compliquemos con Schönberg. Porque el cuerpo no se cansa de querer balancearse. Y porque toda música que entiende eso es, por definición, irrenunciable.

A los veinte minutos, el agua empieza a enfriarse. El espresso ya se ha terminado. Cris se mueve en la cama y entiendo que viene a bañarse contigo, y que entonces empezará la tarde — el vermú, el paseo por el paseo marítimo, la comida en algún sitio con vistas al Cantábrico, la vuelta a Madrid el domingo por la tarde, el lunes en el ordenador. La vida normal volviendo en orden inverso.

Pero antes hay este momento. Este momento en el que un tío de veinte y tantos, en una habitación que probablemente no volverá a ocupar, escuchando una pieza de un compositor austríaco muerto hace ciento veintisiete años, en una ciudad a la que ha venido disfrute, se da cuenta de que la felicidad —al menos la versión modesta y honesta de la felicidad que es accesible a la mayoría— no requiere demasiado. Una bañera con agua caliente. Un café aceptable. Una persona en la cama de al lado a la que uno quiere. Y una música que entiende, sin decirlo, que estar vivo es básicamente esto: un cuerpo flotando en algo, durante un rato, mientras suena algo bueno de fondo.

Strauss lo sabía. Por eso escribió El Danubio Azul y no una sinfonía. Y por eso, ciento cincuenta y nueve años después, sigue funcionando exactamente en el sitio para el que se inventó: cualquier lugar donde un cuerpo decida, durante unos minutos, dejar de ser un problema y empezar a ser un placer.

Aunque ese lugar sea una bañera de un hotel de Santander un viernes de mayo. O quizás, exactamente, sobre todo por eso.

Sigue a Aleix Gomila Pons

Recibe un email con todos los nuevos artículos de Aleix Gomila Pons


¿Qué opinas?

Sin comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o abónate para participar.



Abónate a sustrato.
Apoya el trabajo de Aleix Gomila Pons

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES