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Bach y el gran hijo de Vallecas
Hay libros que uno ha visto nacer. Musicalmente hablando, eso es exactamente la estructura de las Variaciones Goldberg.
30 de abril 2026 · 1 comentario
Hay libros que uno ha visto nacer. Musicalmente hablando, eso es exactamente la estructura de las Variaciones Goldberg.
Hay un momento, en las Variaciones Goldberg de Bach, que es probablemente el más conmovedor de toda la historia de la música, y lo es por una razón aparentemente trivial: porque la música ya la habíamos oído antes.
Bach abre la obra con un aria sencilla, casi humilde — una sarabanda de compás ternario, melodía contenida, armonía que se mueve con elegancia y sin alarde. Después vienen treinta variaciones. Treinta. Algunas son juegos contrapuntísticos vertiginosos, otras son lamentos en modo menor, otras son virtuosismo puro, otras son piezas de una intimidad que casi avergüenza escucharlas. Y al final, después de todo eso, Bach hace algo que en su momento debió parecer una broma: vuelve a tocar el aria del principio. Exactamente la misma. Nota por nota.
Y sin embargo no es la misma. Eso es lo importante. La música es idéntica, pero quien escucha ya no es la misma persona que era hace ochenta minutos. Ha pasado por treinta variaciones, ha vivido treinta versiones distintas de las mismas armonías, y cuando el aria reaparece la oye con todo lo que ha aprendido por el camino. Bach no cambió la música. Cambió al oyente.
Anoche, mi amigo Miguel Gómez presentó La cultura del desesfuerzo en la librería Pérgamo. Y me permitiréis que me quite la careta de trombonista para decir algo muy sincero. Algo en lo que el autor no va a estar de acuerdo. Miguel es una de esas personas entre un millón; sublime, con un cerebro brillante, un escritor increíble y un mejor amigo. Y como no me puedo sentir más orgulloso, me apetece hablar de eso.
Hay libros que uno encuentra ya hechos en la mesa de novedades, como objetos terminados que aterrizan completos en el mundo. Y hay libros que uno ha visto nacer. Que ha conocido cuando eran apenas una intuición, una primera frase leída en voz alta en una sesión del taller de escritura que celebramos —y aquí está el círculo perfecto— en esa misma librería Pérgamo donde anoche se presentó el libro terminado.
Eso, musicalmente hablando, es exactamente la estructura de las Variaciones Goldberg. La primera vez que Miguel leyó algo de lo que después sería este libro, era un aria. Una idea apenas insinuada, una voz que estaba buscándose, un tono que todavía no sabía exactamente qué quería ser. Después vinieron las variaciones: las relecturas, las reescrituras, las sesiones donde una página se quedaba en pie y otras tres caían, las conversaciones de después del taller en las que el libro iba tomando forma sin que del todo nos diéramos cuenta. Y anoche volvió el aria. La misma idea inicial. Pero ya no la misma. Porque el libro existe, y porque quienes lo hemos visto crecer ya no podíamos oír esa primera frase como la oímos entonces.
Bach sabía algo que los escritores entienden bien: que el material no se acaba nunca, lo que se transforma es la mirada. Las treinta variaciones no agotan el aria. La iluminan desde treinta ángulos distintos, y al final el aria reaparece como si dijera que ya estaba todo aquí, solo había que mirarlo bien. La escritura funciona igual. Un libro no es una idea desarrollada hasta su límite. Es una idea mirada con paciencia hasta que revela lo que tenía dentro.
Hay algo técnicamente fascinante en cómo Bach construye las Goldberg que merece ser dicho aquí, porque tiene que ver con lo que un taller de escritura intenta enseñar.
La obra está organizada en grupos de tres. Cada tres variaciones, Bach incluye un canon — primero al unísono, luego a la segunda, luego a la tercera, así sucesivamente, abriendo el intervalo cada vez. Esa arquitectura invisible es la que sostiene la obra entera. El oyente que escucha por primera vez no la percibe conscientemente, pero la siente: hay un orden subterráneo que hace que las treinta variaciones no sean treinta piezas sueltas, sino un edificio.
Un buen libro funciona igual. Tiene su arquitectura interna, sus cánones invisibles, su lógica subterránea que el lector percibe sin necesariamente identificar. Y esa arquitectura no aparece en la primera versión. Aparece después, cuando el escritor ha pasado por sus propias treinta variaciones y descubre que lo que parecía un montón de capítulos era, en realidad, un edificio que había estado construyendo sin saberlo.
Lo que hace un taller —y lo que hicimos durante meses con el libro de Miguel— es exactamente eso: ayudar a que el escritor vea su propia arquitectura. No imponerla. Verla. Porque ya estaba ahí. Como en Bach, el orden estaba en la primera nota; lo que faltaba era el oído capaz de reconocerlo.
La interpretación más famosa de las Goldberg es la de Glenn Gould. Hay dos: la de 1955, cuando Gould tenía veintidós años, y la de 1981, grabada poco antes de su muerte. La primera es virtuosa, rápida, casi insolente en su brillantez. La segunda es lenta, meditativa, conmovedora. Es la misma obra. Es el mismo intérprete. Pero entre las dos grabaciones han pasado veintiséis años de vida, y el aria final de 1981 suena como nunca podría haber sonado en 1955, porque Gould ya no era el mismo.
Esa diferencia —entre lo que podemos hacer con la música cuando la conocemos por primera vez y lo que podemos hacer con ella después de haberla habitado durante años— es lo que hizo que asistir anoche a la presentación del libro de un amigo fuera una experiencia tan distinta a leer un libro cualquiera. Uno no llega virgen a esa página. Uno llega con todas las versiones anteriores grabadas dentro, con la memoria de lo que aquella frase era cuando la oyó por primera vez, con la sensación física de haber estado en la sala donde algo todavía no era pero ya empezaba a ser.
Eso, supongo, es lo que llamamos amistad cuando la amistad se cruza con un proyecto largo. No es solo cariño. Es haber sido testigo. Haber estado ahí en las variaciones intermedias, las que nadie verá nunca, las que se quedaron por el camino para que el aria pudiera volver siendo otra cosa.
Anoche, en Pérgamo, Miguel presentó La cultura del desesfuerzo. Para los lectores que llegaron por primera vez, fue una primera escucha. Una versión de 1955 — viva, deslumbrante (porque así es Miguel), sin más historia que esa. Para algunos de los que estuvimos allí, fue otra cosa. Fue ese aria que vuelve después de las variaciones. La misma música. Pero ya no oída con los mismos oídos.
Bach termina las Goldberg con la indicación aria da capo è fine. El aria desde el principio, y se acabó. Como si dijera: lo que importaba ya estaba en la primera nota; todo lo demás ha sido aprender a escucharla.
Eso es lo que celebré anoche. Y eso es lo que les recomiendo a quienes me leen hoy: que se acerquen al libro de Miguel sabiendo que quizás lo que tienen entre manos no es el final de un proceso, sino el aria que abre uno nuevo. Un libro publicado no es una obra terminada, y menos uno que abre tantos horizontes necesarios como La cultura del desesfuerzo. Es la nota inicial desde la que cada lector empezará a hacer sus propias variaciones.
Y que cada lectura, como cada interpretación de las Goldberg, será distinta de la anterior. Porque la música no cambia. Cambiamos nosotros.
Y eso, en el fondo, es la única razón por la que vale la pena escribir un libro.
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