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Por si acaso
Ese "te quiero" que decimos antes de volar es un seguro emocional contra el peor escenario imaginable, que es no haber dicho lo último que se podía decir
12 de junio 2026
Ese "te quiero" que decimos antes de volar es un seguro emocional contra el peor escenario imaginable, que es no haber dicho lo último que se podía decir
Hay un gesto, pequeño y casi imperceptible, que millones de personas hacen cada día sin darse cuenta de que están participando en uno de los rituales más antiguos de la humanidad. Ocurre en la fila de embarque, en el coche camino del aeropuerto, en el último abrazo antes del control de seguridad o sentado en el asiento 21F. Es ese "te quiero" que decimos a alguien justo antes de subirnos a un avión, y que decimos —vamos a ser sinceros— con una intensidad ligeramente distinta a la del te quiero rutinario de un martes por la mañana. Lo decimos por si acaso. Lo decimos sabiendo, en algún rincón muy enterrado de la cabeza, que las probabilidades de que el avión se caiga son ridículamente bajas, pero también sabiendo que existen. Lo decimos porque preferimos pasar el ligero ridículo de un te quiero sentimental a la idea inaguantable de no haberlo dicho.
Sastre y Maldonado le dedicaron hace poco unos minutos en su podcast a este fenómeno. Lo trataron con esa mezcla de risa y verdad que es marca de la casa: entre el chiste sobre los nervios pre-vuelo y el reconocimiento incómodo de que sí, claro que lo hacemos todos, claro que es un poco patético, claro que da igual porque seguimos haciéndolo. Y desde que lo escuché vengo dándole vueltas, porque me parece que ese te quiero antes del avión es uno de los actos más profundamente musicales que ejecutamos sin saberlo. Y no lo digo por hacer una metáfora bonita. Lo digo porque tiene exactamente la estructura de un adagio.
Voy a explicarme. La música clásica europea ha desarrollado, a lo largo de cuatro siglos, una forma muy específica para tratar emocionalmente la idea de la despedida. Se llama, sin demasiada imaginación, Lebewohl en alemán o Les adieux en francés. La obra canónica del género es la Sonata para piano nº 26 en mi bemol mayor opus 81a de Beethoven, llamada precisamente Les adieux, que el compositor escribió en 1809 al despedirse de su mecenas y amigo el archiduque Rodolfo, que tenía que huir de Viena ante la inminente invasión napoleónica.
La sonata tiene tres movimientos, y cada uno corresponde a un momento del proceso: el primero se titula Das Lebewohl (la despedida), el segundo Abwesenheit (la ausencia), el tercero Das Wiedersehen (el reencuentro). Beethoven, que era todo menos sutil cuando quería, escribió incluso encima de las primeras notas del primer movimiento las sílabas Le-be-wohl, separadas, una por cada acorde. Las tres notas iniciales son, literalmente, alguien diciendo adiós.
Y aquí está lo que me fascina: esos tres acordes con los que empieza la sonata no son acordes alegres ni acordes tristes. Son acordes inestables. Beethoven escoge para decir Le-be-wohl una progresión armónica que se llama "cadencia rota" o "cadencia engañosa" — un movimiento que parece que va a resolverse en el lugar esperado y que en el último instante se desvía hacia otro acorde, dejando al oído suspendido en una sensación de incompletud. La despedida, musicalmente, no se cierra. No puede cerrarse. Cerrarse significaría que la separación es definitiva. Y la única forma honesta de decir adiós es dejar la puerta entreabierta.
Eso, exactamente, es lo que hacemos cuando decimos te quiero antes del avión. No estamos diciendo te quiero. Estamos haciendo una cadencia rota. Una despedida que se niega a resolverse del todo. Una nota que se queda colgada porque no nos atrevemos a soltarla.
Hay algo casi vergonzoso en este gesto, y conviene reconocerlo antes de seguir. El te quiero antes del avión es, técnicamente, una superstición. Estadísticamente, la probabilidad de que un avión comercial se estrelle es de aproximadamente una entre once millones. La probabilidad de que mueras en el trayecto en coche al aeropuerto es enormemente más alta, y sin embargo nadie te dice te quiero antes de subirte al coche para ir al aeropuerto. Nadie hace una cadencia rota antes de un taxi. Lo hacemos antes del avión porque el avión tiene algo que el coche no tiene: la posibilidad simbólica de un final espectacular, instantáneo, total. Caerse del cielo. Desaparecer en el mar. No haber dicho lo último que se podía decir.
Y aquí está la verdad incómoda: el te quiero antes del avión no es para la persona a la que se lo decimos. Es para nosotros. Es un seguro emocional contra el peor escenario imaginable, que es no haber dicho lo último que se podía decir. Es exactamente lo que Beethoven hizo en 1809 — escribir una sonata entera para no haber dejado al archiduque sin un adiós suficientemente articulado. La cultura europea lleva cuatrocientos años intentando perfeccionar la técnica para esta misma operación: dejar las cosas dichas por si acaso.
Lo bonito —si se me permite la palabra y la cursilería contenida que arrastra— es que el te quiero antes del avión funciona aunque sea ridículo. Funciona en los dos sentidos posibles. Funciona si el avión llega bien, porque entonces hemos dicho algo que era verdad y que conviene decir más a menudo. Y funciona, sobre todo, si el avión llegara mal — algo que estadísticamente no va a ocurrir, pero que por la razón que sea necesitamos contemplar—, porque entonces ese te quiero sería la última frase que la persona a la que queremos habrá escuchado de nuestra boca. Y eso es una cosa enorme.
Beethoven entendía esto. La sonata Les adieux no se compuso porque el archiduque Rodolfo se estuviera muriendo. Se compuso porque se iba unos meses, porque Viena estaba siendo invadida, porque las cosas eran inciertas y a Beethoven le habría destrozado no haber escrito esa pieza si algo le pasaba a su amigo. La sonata es, literalmente, un te quiero antes del avión escrito en unos cuantos pentagramas. Y como tal, sigue funcionando dos siglos después: cualquiera puede ponerla y escuchar a un hombre del siglo XIX haciendo exactamente el mismo gesto que nosotros hacemos en la T4 antes de despedirnos de alguien que se queda en Madrid o que tenemos a kilómetros de distancia.
Lo que más me gusta del segundo movimiento de la sonata, Abwesenheit, es que es desconcertantemente corto. Apenas cuatro minutos. Beethoven podría haberse extendido durante quince — los compositores románticos posteriores lo habrían hecho sin pensárselo dos veces, con violines llorosos y todo el aparato—. Pero Beethoven hace algo mucho más exacto. Trata la ausencia como lo que es: un paréntesis breve, doloroso pero breve, que ocupa el tiempo justo entre el adiós y el reencuentro. La ausencia, sugiere la sonata, no merece ser dramatizada. Merece ser atravesada con la mayor dignidad posible, sabiendo que va a terminar.
Eso también es algo que hacemos en el aeropuerto, aunque no nos demos cuenta. Atravesamos el control, nos sentamos en la sala de embarque, miramos el móvil, embarcamos, decimos “te quiero”, volamos cuatro horas, aterrizamos, escribimos "ya he llegado", recibimos el "te quiero" de vuelta, y el paréntesis se cierra. La ausencia, casi siempre, dura poco. Y casi siempre se cierra con un tercer movimiento que Beethoven titularía sin dudar: Das Wiedersehen. El reencuentro.
Sastre creo recordar que dijo en el podcast algo parecido a que decir te quiero antes del avión es una forma de superstición laica, y tiene razón. Pero las supersticiones laicas son, en el fondo, los rituales que nos hemos inventado los humanos modernos para sustituir las plegarias que ya igual no rezamos. No creemos que un dios vaya a proteger el avión (o sí). Pero seguimos necesitando hacer algo. Decir algo. Dejar algo en su sitio antes de soltar la mano de la persona a la que queremos. Y como igual ya no rezamos, hacemos cadencias rotas verbales.
No sé si es ridículo. Probablemente lo sea. Pero también es una de las cosas más sinceras que hacemos en una vida construida en buena parte para evitar las sinceridades grandes. Un te quiero rutinario es un te quiero blando. Un te quiero antes del avión es un te quiero apretado, asustado, sin coartadas. Y aunque las estadísticas digan que es absurdo, hay algo en ese gesto que merece ser defendido contra el cinismo.
Beethoven, dos siglos antes que nosotros, lo defendió escribiendo treinta minutos de música. A nosotros nos bastan dos palabras antes del despegue de un avión. La operación es exactamente la misma. Y el motivo, por suerte o por desgracia, también.
Por si acaso. Te quiero.
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