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San Isidro 2026: ‘Mi Catedral’ contra la experiencia ‘macro’
El festejo patronal vive en la ocasión de reivindicarse como experiencia fuera de toda mercantilización o para someterse a ella.
18 de mayo 2026 · 3 comentarios
El festejo patronal vive en la ocasión de reivindicarse como experiencia fuera de toda mercantilización o para someterse a ella.
Mala semana para los ‘haters’ de medir superficies o muchedumbres en ‘retiros’ o ‘bernabéus’: las fiestas de San Isidro parecen haberse situado en el ‘zeitgeist’ de la conversación pública como nunca antes. En 2026, el número de defensores del ‘chulapismo’ y la identidad madrileña se han multiplicado tanto en las redes como en la pradera del Parque de San Isidro. La fiesta patronal siempre ha sido en la ciudad un evento con alto seguimiento, pero algo ‘naif’ en cuanto al desconocimiento de su capacidad para ser romantizable o como campo de batalla política, tanto en las mejores como peores connotaciones de la expresión.
La progresiva atención a la cita venía dando avisos, pero en este año se ha confirmado que las Fiestas de San Isidro han entrado a formar parte de la ‘experiencia macro’. Una burbuja inflada tras la pandemia por la que la oportunidad de reencontrarnos en eventos multitudinarios sobrecargó las cifras de asistentes a ocasiones selectas.
Los festivales de música, conciertos o cualquier tipo de evento musical comenzaron marcando la pauta de lo ‘macro’ para recomponer su dañado ecosistema, una vez se pudo volver a organizar grandes concentraciones. Por diversos motivos, un festival, antiguamente representante de lo contracultural y lo accesible, ahora más bien parece un ‘Campamento Krusty’ para adultos donde se pone a prueba la solvencia económica y la paciencia de todo personaje de ‘Pantomima Full’.
Es aquí, en el caso de Madrid, donde las fiestas de San Isidro, como las del 2 de mayo, las de La Paloma, San Cayetano o La Melonera entre otras muchas, podrían encontrar la oportunidad de demostrar vocación democratizante, de cercanía y, en la deriva actual, de expresarse como contracultura de la otrora contracultura: erigiéndose como garante de la autenticidad, como ejercicio de orgullo identitario y reivindicación de lo popular mediante una propuesta cultural que corresponda a esos propósitos.
Con la licencia de suponer que esta definición de verbena puede acaparar un consenso generalizado, cabe examinar la idea en la práctica. Son diferentes los reproches que sientan una base de deuda pendiente con el festejo: “¿Por qué en Madrid no vivimos nuestras fiestas como en otras ciudades de España siguen las suyas?”, “¿Por qué no aprovechamos San Isidro para hacer una reivindicación de lo castizo?” o “¿Por qué la verbena de San Isidro es solo un macrobotellón en la pradera?”.
Los cuestionamientos y diagnósticos de la situación apuntan a la presencia de una problemática relación del madrileño con la idea de identidad y tradición. La aparición de intermediarios tales como creadores de contenido en general, ‘influencers’ de profesión en particular y agencias de publicidad parecen haber mediado en esta campaña de ‘branding emocional’ en el que se ha movilizado al madrileño para reivindicar su identidad, afortunadamente solo en la inofensiva acción de vestirse con las prendas y vestidos propios e hilos de X con aclaraciones históricas sobre el origen del chotis, el milagro de San Isidro o los códigos de colores de los claveles en el pelo. Repito: la acción en sí es inocua, pero se deberá observar con atención la progresión de estas llamadas al orden. La fase previa de lo turistificable es lo ‘instagrameable’.
Entre los reproches musicales, al habitual recuerdo a las contrataciones que se hacía en tiempos de Tierno Galván de artistas internacionales como The Smiths, The Kinks o James Brown se le puede dar la posible respuesta de que es complicado imaginarse a un consistorio público haciendo la competencia a cierto macrofestival regado de dinero público a través de diferentes convenios y ventajas fiscales por el propio consistorio y la administración autonómica de la que depende. Cuando lo privado se antepone a lo público, se le otorga estas oportunidades y otras, como colapsar los servicios públicos y hacer retumbar las ventanas de los barrios colindantes, mientras que las bandas que participaron en este San Isidro se tienen que conformar con competir con la conversación general frente a los escenarios para hacerse oír a unos míseros 90 decibelios.
Otro ejemplo del ‘quien paga, manda’ o del seductor tránsito entre una relación honesta a una mercantilizada en los espacios de cultura fue el evento de apertura de las Fiestas de San Isidro, a cargo de Rels B, al que se cedió el espacio de la Plaza Mayor para realizar no un concierto, sino una ‘listening party’. Por si alguien se opone a la susceptibilidad de despreciar este tipo de eventos, el artista balear puso un metacrilato entre el escenario y los ‘fans’ para hacer comprender que la diferencia entre ésto y un concierto es la misma que existe entre mirar un escaparate y poder comprar lo que hay dentro.
Pasando rápidamente por otras barrabasadas como contratar por enésima vez a los artistas favoritos de cualquier administración del Partido Popular de Madrid, los Silvio Rodríguez de la falta de escrúpulos llamados Fangoria, ni mucho menos queda una impresión negativa de este San Isidro. Demostrando que sin necesidad de pagar cachés salvajes se puede contar con una programación diversa y representativa de la creación musical de la ciudad, salió por el lado alternativo una de las ediciones más interesantes de la historia de la verbena de la ciudad.
En los días y los espacios habilitados de mayor saturación, en concreto, el viernes 15 y sábado 16 en el Parque de San Isidro, donde tocó vivir la ‘experiencia macro’ en su máxima expresión, se forzó también a la tradición de tener que buscar un espacio en la tapia del Cementerio de San Isidro para mear y salvarse de la inasumible fila en los contados baños portátiles del lugar.
Frente a la desatención de los servicios públicos en cuanto a movilidad o higiene, en los días de menos público donde estos problemas no fueron tan evidentes, se produjo el reencuentro con este ideal contracultural desarrollado al principio. Un espacio público en el que sus miembros de esta comunidad reclaman su protagonismo y les entregan a sus vecinos lo mejor de ellos mismos, ya sea su música o su solidaridad con problemas de la ciudad tan acuciantes como la crisis de la vivienda. Propuestas de nueva hornada como La Milagrosa o Vicente Calderón, el conjunto de códigos místicos y oníricos de la irreplicable Rebe o el futuro nacional del pop de vanguardia hallado en Amore conformaban un conjunto abigarrado de propuestas menos predecible, pero sin duda una variedad de la que presumir por la cantidad de enfoques desde los que se puede lograr el prodigio de conmover y extasiar mediante la música. Por añadir en lo estrictamente musical, queda para el recuerdo e historia del festejo el regalo de poder ver en directo a Triángulo de Amor Bizarro tocar por primera vez su monumental último disco, ‘Mi Catedral’, publicado apenas dos días antes.
Pero en la cúspide de los momentos memorables de este San Isidro, la radicalidad electrónica mostoleña de Trippin’you (vvv) provocó el martes 12 un giro de timón en la conversación llevando al escenario al Sindicato de Vivienda de Carabanchel. Ellos y más propuestas convocadas por la propia red vecinal de Carabanchel, tales como Amor Líquido, Camellos o Triángulo de Amor Bizarro dieron su espacio a la organización sindical para denunciar los desahucios propiciados por el ayuntamiento en viviendas de titularidad pública para beneficio de los fondos buitre.
Amor Líquido, tras su concierto, lanzó en redes un comunicado en el que informaban de las presiones que ha realizado el consistorio contra las bandas y los responsables de su contratación para que cesaran las reivindicaciones.
Esta persecución, como los anteriores sucesos antes mencionados en lo relacionado al maltrato del madrileño y su fiesta, pone de manifiesto el verdadero sentido de la reunión popular frente al que esconde las intenciones del ayuntamiento: el de la rebeldía y la fricción contra el doloroso silencio con el que se vive la cotidianidad de una ciudad hostil por un lado, y el de la tradición como significante que energizar en base a las convenciones que interesan y se disfrutan repetir, en lugar de estancarse en lo monolítico forzado a reiterarse por unas normas de vestimenta o conceptos de fiesta que no se ajustan a los contextos de la mayoría de los vecinos. La materialización del intento de comunidad organizada luchando por superar el caótico tumulto macrofestivalero de personas desvinculadas es una intención que, más que las cuestiones de tradición, vestimenta y formas meramente estéticas, solidifica a largo plazo la relación del individuo con sus oportunidades de encuentro.
Una vez terminó la fiesta el día 17, todo el mundo regresa a su aburrido circuito atomizado de desplazamientos casa-metro-trabajo-metro-supermercado-casa. Sin embargo, una vez abierta la veda, queda la ocasión perfecta para terminar de celebrar el milagro de San Isidro el 24 de mayo, a las 12 de la mañana, en Atocha.
Es así porque quiero
Es así porque puedo
Es así porque quiero, y además me pagan por ello
Y si algo está roto, con el barro mojado
Fabricaré mi vasija para guardar lo que más quiero
Esta es mi catedral
Esta es mi catedral
Esta es mi catedral
(‘Mi Catedral’ letra de la canción de Triángulo de Amor Bizarro)
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