
El 11 de marzo de 2006, el artista Rick Ross publicaría la canción que le llevaría a la primera fila del rap y le convertiría en leyenda del ‘dirty south’, un subgénero del hip-hop sureño en los Estados Unidos y precursor del trap. ‘Hustlin’, una canción bastante pedagógica en cuanto a códigos del negocio del narcotráfico y la ostentación, popularizaría el mismo término y pondría un sello de identidad indisociable de su autor. Una carismática presencia que podía trazar una carrera musical por sí sola, pero a la vez, un pesado estatus que por honor hay que saber defender. Por esta razón, cuando el medio de noticias ‘The Smoking Gun’ publicó en 2008 unas fotografías suyas con un uniforme de funcionario de prisiones, Rick Ross vio peligrar su carrera. Las evidencias publicadas se acumularon y, con avergonzadas justificaciones, frente el abismo del ridículo, reconoció la realidad de esas pruebas. Entre 1995 y 1997 había sido lo contrario de lo que él presumía en sus temas: un policía.
Un ‘hustler’, en su acepción original, es la persona que, a consecuencia de sus limitados recursos, sobrevive a través del trapicheo o la creación de negocios en el límite de la legalidad. Una versión más controvertida del hombre hecho a sí mismo que, pese a los posibles dilemas morales, en Estados Unidos se celebra como valor fundacional del país. Actualmente, el término ha evolucionado separado de las connotaciones delictivas para convertirse en un significante de actitud vital: Asfaltar tu propio camino de la supervivencia al éxito, chocar frontalmente contra tus dificultades, mostrar orgullo de tu indestructibilidad e ir convirtiendo el oropel en diamantes. Vivir el sueño (americano o no) cueste lo que cueste.
La música rap es la que ha ensalzado estos relatos de ‘hustler’ contemporáneo. Como se observaba en el ejemplo de Rick Ross, la veracidad de las letras y la capacidad para respaldar aquello de lo que se presume como ‘bandido esquivo de la ley’ era un principio inquebrantable. Sin embargo, en el presente estos códigos han quedado suspendidos para encaramarse en la cotidianeidad de la cultura ‘pop’. Hoy en día, desde Puff Daddy hasta los dueños de Nude Project intentan encajar o son proclamados como parte del mismo relato.
En 1990 Vanilla Ice fue humillado por el simple acto de rapear hasta mandarlo al ostracismo. Eminem, en 2001, tuvo que protagonizar un falso biopic de su vida, ‘8 Mile’, en el que se describe el desarrollo vital de un ‘hustler’, para ganarse el respeto en la realidad. Unos cuántos andaron para que otros pudieran correr: en 2025, Timothée Chalamet, sin carrera musical previa ni ‘street credit’, hace un celebrado ‘featuring’ con EsDeeKid tras haber alimentado la teoría de que el rapero con acento de Liverpool que habitualmente esconde su identidad tras un pañuelo era realmente él mismo.
Previamente, el actor había utilizado el carácter esquivo de Bob Dylan -una especie de ‘proto-hustler’ que toca la gloria sin más elementos que sus versos y una guitarra. Apariciones como la de Saturday Night Live para cantar las canciones de su personaje en directo, entre otras peripecias, daban muestra de su absoluto compromiso con la disciplina artística. En un concepto de la actuación asimilada con el terreno del deporte, vería frustrado el deseo expresado en los SAG Awards del 2025 de “alcanzar la grandeza de Daniel Day Lewis, Marlon Brando, Viola Davis, así como de Michael Jordan y Michael Phelps”. Los “cinco años y medio de trabajo” empleados en personificar al “verdadero héroe americano” quedaron ensombrecidos por el trabajo de Adrien Brody para The Brutalist, ganador del Oscar a Mejor Actor. En su incansable lucha por romper una maldición contra la incapacidad de las nuevas generaciones para llevarse el Óscar a mejor actor, su siguiente reto artístico se basaría en abrazar el bizarrismo.
De la mano de Josh Safdie, Chalamet se introduce en la vorágine de Marty Mauser, una joven promesa del irrelevante circuito mundial de tenis de mesa del año 1952, atrapado en una vorágine de adversidades alentadas por un delirio de grandeza. En el pasado, Josh y su hermano Benny Safdie mostraron la herida psicológica del hombre sin atributos castigado por su falta de contacto con la realidad. ‘Marty Supreme’ es, por tanto, una obra subsecuente de las anteriores ‘Good Time’ y ‘Uncut Gems’ de los Safdie y, en general, del retrato transgeneracional de la crisis de la masculinidad.
Mediante los poderes de Marty Mauser, Chalamet ha podido presentar al mundo una personalidad mucho más agrandada, desarrollando una publicitación de la obra tan delirante y absurda como su personaje (en lo alto de la ‘Sphere’ anaranjada en Las Vegas, en la reunión ‘filtrada’ de la promoción de la película…). Su giro de trayectoria, del abandono de la imagen de petimetre para entrar en la distancia corta con su público y la prensa, viaja en la fina línea entre el bufonismo y la genialidad. Haciendo provecho de la capacidad mitologizadora del consumo digital fragmentado y de la dificultad de los tiempos para distinguir capas de ironía y performatividad solapadas, invierte y entremezcla las esferas de ficción y realidad. En ambas se entrega “al 150%” hasta redimensionar su identidad, instrumentalizando el vestuario y carácter de lo que inmortaliza.

Entendiendo el modo clásico de ir al cine, el espectador podría concentrarse en apreciar la indudable capacidad interpretativa de Chalamet para inmortalizar el patetismo insolente de Marty Mauser. En un paso más avanzado, parece ser que el espectador realmente no acude a visionar el elemento artístico aislado, sino la culminación de un desarrollo introducido por el ‘tour’ promocional en el que ‘Marty Supreme’ trabaja al servicio de la narrativa de Chalamet. De esta manera, el actor se consagra como atleta olímpico de la interpretación, desvinculado de su biografía como apolíneo chico blanco de Manhattan, para confirmarse como héroe de nuestra época: un auténtico ‘hustler’.