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Love Story. Una passacaglia moderna.
Lenny Kravitz se lo debe a Bach. El truco más antiguo de la música todavía funciona.
14 de mayo 2026
Lenny Kravitz se lo debe a Bach. El truco más antiguo de la música todavía funciona.
Cuando uno escucha por primera vez It Ain't Over 'Til It's Over de Lenny Kravitz —si es que queda alguien en el mundo que no la haya escuchado, cosa improbable—, lo que le impacta es esa especie de melancolía suspendida, como si la canción flotara en un punto de gravedad cero entre la tristeza y la esperanza. Suena a la vez antigua y moderna. Suena a algo que ya conocíamos sin haberlo escuchado nunca. Suena, sobre todo, a algo más viejo que el rock.
Es porque lo es.
Lenny Kravitz publicó la canción en 1991, en el álbum Mama Said. Tenía veintisiete años, acababa de separarse de su mujer, y estaba escribiendo desde un sitio muy específico: el lugar donde uno todavía no sabe si una historia ha terminado o solo está pasando por una mala fase. La canción es, técnicamente, una balada de soul-rock con influencias de Stevie Wonder y Curtis Mayfield. Pero su esqueleto armónico —y aquí está lo interesante— es básicamente un patrón de bajo ostinato sobre el que se construyen variaciones: una técnica que en música clásica se llama passacaglia y que tiene cuatrocientos años de historia.
En 2026, esa canción ha vuelto a sonar en todos los altavoces del mundo porque Ryan Murphy decidió usarla en Love Story, su serie sobre John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette. Y la serie ha sido un fenómeno mundial — conversación cultural omnipresente desde San Valentín hasta hoy. La canción de Kravitz, que ya era un clásico generacional, ha vuelto a ser un fenómeno. TikTok lleva dos meses inundado de ella. Y a casi nadie se le ocurre preguntar por qué funciona tan bien. Por qué encaja tan exactamente con esa historia. Por qué parece imposible imaginar la serie sin ella.
La respuesta, sospecho, está en Bach. Empecemos por lo técnico, que es donde se entiende todo.
Una passacaglia es una forma musical barroca que consiste, esencialmente, en una línea de bajo que se repite sin descanso mientras encima van pasando variaciones melódicas. La línea grave es la misma siempre — un patrón corto, normalmente de cuatro u ocho compases, que se reitera obsesivamente. Lo que cambia es lo que sucede arriba: la melodía, la armonía superior, el contrapunto, las texturas. La forma fue cultivada con maestría por Bach, Buxtehude antes que él y por Brahms después en el último movimiento de su Cuarta Sinfonía.
Lo característico de la passacaglia es esa tensión entre repetición e invención. Abajo, todo se repite, todo vuelve, nada cambia. Arriba, todo se transforma, nada vuelve a ser igual. Es la forma musical que mejor expresa una verdad que tarde o temprano todos comprendemos: que la vida funciona así, con un suelo que insiste y una superficie que se inventa.
It Ain't Over 'Til It's Over es exactamente eso. Su patrón de bajo se repite durante toda la canción, casi sin variación. Encima, Kravitz construye su voz, sus melodías, sus arreglos de cuerda, su célebre solo de bajo, sus armonías vocales. Pero el suelo nunca se mueve. Y por eso la canción, aunque dure cuatro minutos, parece detenida en el tiempo. Como si fuera siempre el mismo instante visto desde ángulos distintos.
Eso, exactamente, es lo que hace una passacaglia barroca. Y no es casualidad que la canción funcione tan bien para una serie sobre una pareja muerta hace veintisiete años: porque la forma musical que la sostiene es precisamente la forma del recuerdo.
Hay un detalle más que merece atención. La progresión armónica del bajo de Kravitz —Sol mayor, Re mayor, La menor, Do mayor— es una variante de lo que en teoría musical clásica se llama una progresión I-V-vi-IV. Es uno de los patrones más antiguos de la música occidental. Es, podría decirse, la progresión armónica del consuelo: la secuencia de acordes que la cultura europea ha utilizado durante trescientos años para decir esto es triste, pero hay esperanza, pero esto es triste, pero hay esperanza.
Cuando Kravitz canta sobre el final de una relación, no está inventando nada nuevo. Está recurriendo al mismo gesto armónico con el que Bach escribía sus chacones, con el que Pachelbel buscaba la consolación, con el que la música ha codificado durante siglos esa emoción específica que es la tristeza con esperanza. El idioma es nuevo —guitarra eléctrica, bajo funk, voz de soul—, pero la gramática es vieja. Muy vieja.
Eso es lo que la oreja occidental reconoce sin saberlo. No reconocemos a Bach explícitamente cuando suena Kravitz. Reconocemos un molde armónico que llevamos dentro desde antes de saber escuchar.
Y aquí entra Ryan Murphy y Love Story.
La pareja de John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette tiene una característica que ninguna ficción puede inventar: ya sabemos cómo termina. Sabemos que el avión cae en 1999. Sabemos que ninguno de los dos llega a los cuarenta años. Sabemos que la historia de amor que la serie reconstruye episodio a episodio fue cortada en seco. Por eso la serie no funciona como un drama de descubrimiento — funciona como una passacaglia: una repetición ineludible (el accidente, siempre el accidente, esperándolos al final) sobre la que las variaciones de la vida cotidiana van pasando con una belleza que el espectador percibe siempre teñida de tragedia.
Por eso It Ain't Over 'Til It's Over funciona tan bien como ancla emocional de la serie. Porque la canción tiene incorporada esa misma estructura: una verdad que se repite abajo (la melancolía, la pérdida, el final) y una superficie que se inventa con dignidad encima (la voz, la melodía, los arreglos). Murphy no eligió la canción solo por nostalgia generacional. La eligió porque la forma musical de la canción es la forma narrativa de la historia que está contando.
El título de la canción es además, en este contexto, terriblemente irónico. No ha terminado hasta que termina. Pero en el caso de John y Carolyn sí terminó, y terminó pronto, y terminó mal. La serie utiliza la canción como un mantra que el espectador escucha sabiendo que no va a cumplirse — sabiendo que sí terminó, que sí terminó demasiado pronto, que el accidente del Piper Saratoga sobre el océano Atlántico cerró esa frase antes de que pudiera resolverse.
Esa fricción entre lo que la canción afirma y lo que la historia desmiente es, exactamente, el motor emocional de la serie. Y es una fricción que solo funciona si la canción tiene la profundidad estructural para sostenerla. Una balada cualquiera no aguantaría tanto peso. It Ain't Over lo aguanta porque, debajo del barniz noventero, hay una passacaglia barroca haciendo el trabajo silencioso.
Esto, en el fondo, es lo que la música popular hace siempre y casi nadie reconoce: hereda. Toma las gramáticas armónicas que la tradición clásica ha refinado durante siglos, las reviste con timbres nuevos, y las pone a circular en idiomas que la gente cree estar escuchando por primera vez. It Ain't Over es Bach con guitarra. Stairway to Heaven es contrapunto renacentista con distorsión. Bohemian Rhapsody es ópera italiana con batería. La línea de continuidad entre la música llamada culta y la música llamada popular no es una línea: es un río subterráneo que nunca se cortó.
El problema es cultural, no musical. Hemos construido un sistema de etiquetas que separa lo que comparte ADN. Los conservatorios estudian a Bach. Las emisoras de radio ponen a Kravitz. Y en el medio, casi nadie explica que la passacaglia y It Ain't Over son hijas de la misma idea: que repetir un suelo mientras se transforma una superficie es la forma musical más eficaz que conoce la humanidad para hablar del paso del tiempo.
Cuando termina el último episodio de Love Story y el avión cae sobre el mar y los créditos se levantan, lo que el espectador siente —ese pellizco específico, esa mezcla de belleza y derrota— no es solo el efecto de la trama. Es el efecto de cuatrocientos años de música occidental empujando en la misma dirección. Es Bach diciendo que el dolor se repite. Es Pachelbel diciendo que la esperanza vuelve. Es Kravitz diciendo que no ha terminado.
Y es la realidad histórica, brutal, irrevocable, diciendo que sí. Que terminó. Que terminó demasiado pronto.
Esa es la única cosa que la música no puede deshacer. Pero sí puede sostenernos mientras la atravesamos. Una passacaglia sostiene exactamente igual que sostiene un duelo: repitiendo el suelo, transformando la superficie, dejándonos creer durante cuatro minutos —o durante una vida— que el final puede aplazarse mientras la canción siga sonando.
El truco más antiguo de la música. Y todavía funciona.
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