Música

Refracciones Sonoras: Ahora cuento canas, no discos

Poco a poco dejé de ver sentido a puntuar los discos que reseñaba

12 de mayo 2026


Hace un par de días, atorado tras una ducha sin presión alguna, me encontré una cana en el pelo. Siempre me han ilusionado y he estetizado las canas, pero por alguna razón, a unos días de mi cumpleaños (cifra crística) hubo algo que se me removió por dentro. Llevo muchos años haciendo casi lo mismo o cosas muy parecidas en la industria cultural, además de estudiar con intermitencias y sentí que apenas había progresado en la mayoría de ellas. Este 14 de mayo es mi 33 cumpleaños y ya no hago listas de discos. Dejé de hacerlas hace diez años exactamente, poco después del lanzamiento de Black Messiah, Blonde (eterno final de verano), o de la muerte de Bowie. Durante esa etapa me había encargado de preparar, cuantificar y organizar las listas de los mejores discos del año de dos webs de música indie. Mis TOCs encontraban su máximo rizz al jerarquizar votos de otros colaboradores y calcular cómo hacer que mis álbumes favoritos entrasen en los tops, pero sin duda lo que más satisfacción me producía eran mis propias listas personales. Allá por 2014 o 2015 llegué a tener más de doscientos lanzamientos de cada curso catalogados, ordenados jerárquicamente y puntuados con decimales.


Si algo cambió en esa época es que empecé a dejar de estar tan triste (no quiero excederme con lenguaje diagnóstico, tan abusado últimamente). Durante el subsiguiente curso viví en Donosti, realicé mis primeras entrevistas a artistas —Iceage, Destroyer, Unknown Mortal Orchestra— y comencé a tener algo más de estima por lo que escribía, hacía y pensaba. La traducción fue inmediata incluso en mi vida académica; en el yermo de la filosofía universitaria. Recuerdo que otra persona de la facultad que estuvo ese año fuera murió. Recuerdo diferenciar por primera vez entre una obsesión-manía afectiva y que alguien me gustase realmente. Supongo que pasó lo mismo, en cierta medida, con la música. Dejé de aproximarme de manera solipsista y mecánica a ella, reconectando con una vivencia preirónica1 de la misma. Todo ello se consumó, por cursi que suene, en una pasión desquiciada e inexplicable con el álbum de “regreso” de Arctic Monkeys de 2018, Tranquility Base Hotel & Casino. Aquel sonido lounge, terriblemente performativo, excesivamente vintage, me arrastró a una espiral de artistas colocados por la gomina como Costello o Richard Hawley; músicos que simplemente disfrutaban de lo que hacían y representaban una masculinidad caduca; escatológica.

El meme fue llevado al límite sin necesidad de ser usado en público

A la vuelta de la ciudad de La Buena Vida una parte de mi estado mental había cambiado. Poco a poco dejé de ver sentido a puntuar los discos que reseñaba (acumulaba cientos de críticas por entonces). Pasé la cuarentena en el no-hogar paterno filial reviviendo una ruptura no deseada. Cerré mi periplo en una de las webs de música con más seguidores de FB en Españita con dos vituperios —completamente merecidos, por otro lado— a Donda y Solar Power. Poco antes de eso me llegó un hermoso mail de una persona de la industria a la que no conocía alabando mi escritura. Poco después de todo aquello y mientras terminaba un máster tan inane como el grado, marcado por las mismas jerarquías caducas e inoperantes, comencé a trabajar en una sala de conciertos y club de música electrónica. Vivir la experiencia desde dentro terminó de activar los engranajes que, todavía hoy, se mueven a un ritmo lento y pesado; como un beat de downtempo.

La música, también en un sentido no creativo o compositivo, es algo que se hace, no que se estudia y cuantifica desde una torre de marfil o un laboratorio. Así lo interpreté a base de leer a Kodwo Eshun, Simon Reynolds, Javier Blánquez… O Philip Sherburne, que siendo crítico musical hacía sesiones de ambient y coordinaba el sello Balmat. Pero principalmente entendí esto cuando empecé a ver el papel que desempeñaban las personas socializadas como mujeres en la escena. En el club trabajé con una de ellas, Lola Conde, cuya pasión era equitativa al nivel de invisibilización que había recibido por los agentes protagonistas de cara a la galería. Como en En la confidencia de Eloy Fernández Porta, la brecha entre el discurso hegemónico y el rumor no es más que una distinción de género; una herramienta de poder y control discursivo. Sentí lo mismo cuando Garikoitz Gamarra e Ylia presentaron Los ritmos de Mark Fisher en Condeduque. La aproximación sintiente a la música rave de los 90 que la artista formada en Andalucía realizó me condujo a las lágrimas, sobre todo cuando revivió el fantasma de la madre de Tricky con Aftermath.

Ahora escucho mucha más música, si cabe, que en 2016. Mi pareja y yo llamamos al quinto día de la semana “viernes de promos”, dedicándolo a escuchar decenas de maquetas, adelantos de discográficas y lanzamientos guardados en Bandcamp. Si la tarde está inspirada y el inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina ha hecho su efecto, compro o pirateo lo que más me ha gustado e intento enlazarlo durante unas horas en la cochambrosa controladora que compré en 2025. Poco antes de aquello anulé mi suscripción de los tres agregadores de reseñas en los que estaba: Metacritic, Album Of The Year y Rate Your Music. En dichas plataformas, la gente seguía (y sigue) puntuando y cuantificando desenfrenadamente discos, a una velocidad muy superior a la que yo lo hacía en mis años más prolíficos. Esta pieza, en cierta medida, también funciona como un análisis y una jerarquización de una década que en verdad, es sólo una acumulación de experiencias arbitrarias, sonidos encontrados y bonitas casualidades. Con una aproximación siempre diletante (“todo en todas tus relaciones en la vida es así, amateur”2) a la música he logrado, a ratos, amar bastante más lo que hago y lo que hacen las artistas que me apasionan. Si tuviese un pelo blanco por cada lanzamiento escuchado, no me preocuparía la alopecia filogenética heredada de mi padre. Pero hay que ver la cabellera en diversos tonos —de castaño oscuro a argento— que tiene mi madre. Por otras cien mil canas más.



1 Para comprender mejor los cuatro estados de la ironía consultar este artículo del colectivo ultrarracionalista Homo Velamine.

2 Hermosa respuesta que me dio la artista sueca Molly Nilsson en una entrevista que le hice sobre su disco Amateur el año pasado.

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