Libros

Químicas piedades y amnióticas infrarealidades: Ketamina y otros sintonizadores cuánticos

Socializar la química es tan urgente como socializar las tecnologías

8 de abril 2026 · 6 comentarios


“La lengua de la Revelación es el lenguaje de la Revolución”


Esta es una de las últimas afirmaciones que contiene Químicas piedades (Cielo Santo, 2026), una investigación desplegada por la escritora y pensadora madrileña Marta Echaves. También coordinadora de actividades de la editorial Caja Negra, sus ideas llevan años retumbando bajo los suelos de la vanguardia del pensamiento nacional. Con especial atención al cibergoticismo, el feminismo, las nuevas formas del poder o el tardo-capitalismo (al que tranquilamente podríamos llamar, con Armen Avanessian, neofeudalismo), lo cierto es que a su práctica siempre ha subyacido un intenso interés por las sustancias químicas, las drogas y su interacción con la cultura humana. Químicas piedades, aunque principalmente habla de la ketamina, trata sobre eso. Es un ensayo en clave —sorprendentemente— impersonal que evidencia, de forma brillante, el modo en el que los mecanismos del poder han controlado, explotado o inhibido históricamente y según conveniencia las potencialidades y los dones de las sustancias psicotrópicas. Es también una reflexión polémica, urgente y necesaria sobre las piedades de esos dones y las desgracias que acarrea utilizarlos para optimizar la fuerza de trabajo y el rendimiento económico.


A lo largo del escrito, Echaves lleva al lector por un recorrido alucinado y metódico hacia el presente, en el que la meta histórica es la implementación de la ketamina en forma de Spravato (esketamina) como medicamento antidepresivo. Esta droga recreativo-disociativa, ha sufrido profundas y dispares lecturas y relecturas por parte de diversos agentes —médicos, chamánicos, marketinianos, teóricos, políticos, creativos— desde que se sintetizase en 1962. Aunque ahora la conocemos por sus usos festivos, en discotecas y mañaneos infinitos, a finales de los noventa ya era un producto que arrasaba en las pistas de baile. Sus efectos disociativos, alucinógenos y delirantes son parte de la narrativa rave de esa época y su combinación (nada recomendada) con otras sustancias, una alquimia spinoziana que ha recorrido experimentos farmacéuticos como anestésico, analgésico, terapias para el PTSD; el TOC… durante las décadas de los setenta y ochenta.


La ketamina es, en tal sentido, ubicua. Sus efectos, que son todavía imposibles de rastrear a escala general, se relacionan milagrosamente con el inconsciente colectivo1 de una época y de una sociedad asediadas por la hiperestimulación, la Hedonia depresiva, el malestar generalizado y lo que se está llamando de manera francamente tramposa la “epidemia de salud mental”. Bajo este paraguas alarmista se enfoca el problema sobre los individuos que formamos parte de las distintas partes del norte global, pero como bien señala Echaves con su ejemplo de la neurastenia (icónico), la privatización e individualización de la salud mental esconde e invisibiliza con herramientas de la burguesía arribista las problemáticas y agonías propias de la supervivencia en un modelo capitalista. Si existe una forma en la que una droga se puede usar dentro del ámbito social, es gracias a las propiedades que se pueden traducir a un contexto de productividad y acumulación del capital; a la continuación del prosumo. Café, azúcar, comida uberizada, pantallas táctiles, vapers, plataformas de streaming… Son solo algunas de las miles de cosas con las que mantenemos una relación de dependencia y adicción sin que estén particularmente mal vistas. Antes lo fueron otras. La cocaína fue legal hasta 1914, aproximadamente, y las anfetaminas se vendían en farmacias hasta hace no tanto como adelgazante (que le pregunten a Sánchez Ferlosio y sus años más prolíficos y paranoicos de escritura). Los opiáceos se recetaban como si fuesen gominolas y han producido una crisis de salud en Estados Unidos. El tabaco se comercializó con anuncios falaces durante décadas.

Seguramente esta pobre damisela prefería hallar la muerte derivada del cáncer que soportar a su marido y su nuevo proyecto fordista.

A lo largo de los dos últimos siglos hemos visto centenares de medicamentos milagrosos entrar y salir del mercado, provocando enfermedades crónicas o virulentas, malformaciones en fetos o generando síndromes de abstinencia salvajes en niños y niñas (el uso de anfetaminas o derivados en infantes con TDAH es una práctica muy normalizada). El intento del droog2 por controlar y tamizar las sustancias que las poblaciones consumen, es en verdad un proyecto prospectivo de mercado. Una start-up que de manera hipersticional3 busca domar los efectos de un producto exótico o entendido para “abrir la mente”, aprovechando solamente ciertas cualidades que mejoran o posibilitan el rendimiento. Una vez obtenida la síntesis o la traducción de dicha sustancia, se comercializa como la solución a una serie de problemas actuales (ansiedad, depresión, psicosis…) que, como tal no estaban perfectamente acotados, sino que se definen casi de manera negativa; por los síntomas o las “dianas” sobre las que actúa el medicamento. Y el droog es hipersticional precisamente por eso: funciona con la praxis del mercado, creando una “falsa” necesidad (el sufrimiento no es falso, lo que seguramente es falso es su origen) que viene a cubrir, a modo de apósito y de manera solucionista, permitiendo que las personas podamos seguir siendo funcionales, continuar en la batalla cognitiva, tolerando la muerte lenta bajo el statu-quo pequeñoburgués. La gran mayoría de la farmacopea del norte global es un producto de marketing, al nivel del cine de Marvel y financiado seguramente por un lobby sionista.

El Spravato ha sido comercializado por Janssen Pharmaceutical Companies of Johnson & Johnson4. Ponemos la imagen del revés para que la puedas imaginar como una cruz invertida con connotaciones satánicas.

En su libro, Marta Echaves le dedica capítulos, a modo casi de cartas —No tan alejadas del tono entusiasta e íntimo con el que Chris Kraus interpelaba a Dick— a icónicos psiconautas y figuras del pensamiento contemporáneo como Marcia Moore, Sadie Plant, Paul B Preciado, Evgeny Krupitsky o McKenzie Wark (que escribe el prólogo del propio ensayo). La intención que parece aglutinar estos “intercambios” es la búsqueda de una dietética propia de los usos y abusos de las sustancias psicoactivas, o lo que es lo mismo; una forma de convertirlas en dispositivos que generen un puente entre la revelación y la revolución. Con estos invitados busca una mirada menos reduccionista, utilitarista, aséptica e inhumana hacia los productos que han acompañado a diversos pueblos y civilizaciones desde hace miles de años A través de estas misivas, casi todas ellas truncadas, vamos averiguando estrategias —más o menos new age, más o menos científicas— y modos de acercarse a The special K, desde una concepción del pharmakon más tradicional y entendiendo las experiencias propias y personales, aunque parezcan alucinatorias o delirantes, como una parte integral de la interacción con el compuesto.


Entrar en un k-hole, además de ser algo difícilmente descriptible, implica una confrontación casi segura con “la muerte del ego” y una percepción microscópica de los quehaceres de la materia. Los autores en torno a los que gira Químicas piedades, tratan de honrar esos estados alterados de conciencia, preguntándose por la forma y el fondo de sus visiones, experimentos y ejerciendo muchas veces de auto-cobayas. Wark, por ejemplo, enmarca a el femmunismo ketadélico; Krupitsky, en palabras de Echaves, inventa un protocolo que es “el destello de una pharmacomístika anticapitalista en los albores del fin de la Historia”; Mark Fisher se vuelve algo nostálgico (qué mal le sentaría oírlo) al forzar una parte del comunismo ácido; Moore concibe la K como un canal para liberar el potencial espiritual humano. A través de todos ellos nos aproximamos no sólo a una serie de experiencias disímiles y privatizadas de un trip alucinante, sino a una conciencia común de su poder y su fuerza, a una herencia compartida y comunitaria desde la que deconstruir y reinterpretar la experiencia humana e incluso interespecie (los experimentos de John C. Lilly merecen artículo aparte). Las sustancias psicoactivas son, entonces, herramientas o canales de sintonización. Wark las apoda “demonios” que “abren las puertas de tu cuerpo a una sombra”. A través de esa posesión transitoria, estas entidades conectan a los usuarios con una interfaz5 cognitiva o espiritual en la que pueden percibir la realidad desde una perspectiva distinta, ampliada, inusual. Una que les permite, en ocasiones, imaginar la realidad material desde otro enfoque, con otros órganos y sensibilidades. Evidentemente, estos demonios son también peligrosos yLa mayoría querrá instalarse”. Pero es en ese éxodo sensorial donde reside una parte importante de la posibilidad de subversión. No en su estetización punk y adicta, más bien en su potencial para dislocar lo cotidiano, para entender la arbitrariedad de las normas y limitaciones culturales bajo la égida del realismo capitalista/terapéutico.


En el último capítulo se cita El Corán y su referencia al Árbol del Loto, que simboliza el límite del conocimiento humano. La ketamina ejemplifica esa zona liminal y ese impasse entre lo que podemos llegar a percibir o intuir en algún sentido, pero que no podemos entrar a racionalizar o explicar. Es el caballo de Troya de otros mundos posibles. Se cita igualmente al-ghaib6, que recuerda en clave pop a la spice visionaria de Dune, una serie de libros altamente influenciados (no tenemos pruebas, tampoco dudas) por el DMT. Por alguna razón la referencia al Árbol del Loto nos conduce a un cuadro de Marcel Duchamp, El Árbol del manzano japonés. En un tren de pensamiento bastante ketoso, recordamos que hace poco se viralizó un meme sobre Foucault y los Epstein Files que nos hizo pensar que a Duchamp le habría encantado probar la ketamina. Su concepto de lo infraleve, sus dinámicas ambiguas, travestismos de segunda y su producción entre el mundo de lo unreleased o el de lo sutil, siempre nos han hecho pensar en él como un agente involuntariamente revolucionario; a pesar de ser un cretino ladrón.


Resulta esencial, para ir acabando, entender ese concepto de robo o esa estrategía de hurto, explotación e invisibilización que es inherente al mundo de las drogas, sean legales o no. Pensando en estos y otros psiconautas, al igual que en artistas, creadores y entrepreneurs, parece imposible no percibir lo que Sayak Valencia llama la “ingenuidad del privilegio”. El capitalismo y la producción de bienes son también un proyecto de aniquilamiento y borrado de personas y tradiciones que son deshumanizadas. Como nos recuerda Echaves: “fueron los cuerpos de las mujeres, las migrantes y las pobres las cobayas en las que se llevaron a cabo los primeros experimentos médico-farmacológicos utilizando agentes químicos de efectos todavía desconocidos”. A esta ceguera experimentada por el norte global, podemos llamarla Distancia prometeica. Con suficiente espacio geográfico, higienización y descontextualización somos incapaces de imaginar o comprender el tormento y la miseria ajenas que requieren nuestro estado de bienestar y la producción de nuestros gadgets y caprichos. No hace falta irse tan lejos, en Estados Unidos a los inmigrantes se les llama Aliens. Este “renacimiento psicodélico” que implica ya el lanzamiento de miles de clínicas de meditación y desintoxicación (de las sustancias, de las pantallas) en el mundo anglosajón es una nueva forma de Montaña mágica, una commodity no apta para la clase trabajadora y que borra las huellas que unen el despotismo colonialista a la calma chicha del pi-hippie blanco y nepobaby promedio.


Socializar la química es tan urgente como socializar las tecnologías (una cuestión, la de la IA o los datos manejados por multinacionales, que creemos que no admite discusión). La legalización de la marihuana y la proliferación del CBD son sólo un ejemplo del reformismo cobarde con el que droog mantiene a raya y se lucra del consumo de estos productos. Las piedades propias de las sustancias están, al igual que nuestra data, en manos de multinacionales que buscan el expolio material y vital para acumular riqueza. Resulta irónico y también otro tren de pensamiento algo psicodélico pensar que, si le añadimos el prefijo pro- (uno que se usa de manera desgastante en el imaginario empresarial) a la palabra piedades, obtengamos como resultado dos significados altamente capitalistas u orientados al lucro. Las propiedades de las sustancias químicas se usan para explicar sus efectos y beneficios para el cuerpo humano, así como para describirlas analíticamente y catalogarlas. Las propiedades o la propiedad dentro del mercado se utiliza para señalar lo que es propio de alguien, lo que le pertenece. Pero no hace falta inhalar ketamina o perderse en el DMT para entender que estos elementos y estos saberes no deberían definirse por la posesión. De hecho, basta con tomar hasta el medicamento más inocuo para ver cómo este se adueña de nuestro cuerpo alterando su química. El destino de nuestros cuerpos y el de la “civilización” no nos pertenece, tampoco las tierras o el planeta que habitamos. Siendo conscientes de esta interdependencia, el viaje se torna distinto.


“El resplandor crepuscular de la ketamina irradia ante nuestros ojos: es solo ahora que la comprendemos como una doula de la muerte planetaria.”


Marta Echaves (2026) Químicas Piedades, España: Cielo Santo. Página 262


1 En 2022 se publicó en castellano de la mano de Caja Negra El tercer Inconsciente de Franco “Bifo” Berardi. El ensayo especula de manera altamente interesante sobre los cambios y transformaciones psíquicas que las poblaciones del norte global han sufrido tras la pandemia y la cuarentena del COVID-19.

2 La expresión droog se utiliza en el Químicas piedades para “señalar el modo en el que el pensamiento colonial —desde este primer intento por nombrar lo indomesticable— ha expropiado históricamente y reducido la pluralidad y ambivalencia de saberes milenarios”. Con esa labor de extracción, se aseguraban productos pretendidamente controlables, drenados que “se transformaban en reserva muda de materia prima, disponible para su explotación al servicio de la acumulación de capital, los flujos de las mercancías globales y la necropolítica del complejo militar-imperial”.

3 La hiperstición es un concepto acuñado por la CCRU (Cybernetic Culture Research Unit) que trata de describir y analizar ficciones o narrativas que no existen pero que son capaces de convertirse en reales a través de la difusión cultural y las creencias populares. Estas ficciones imitan la estructura de la publicidad y pueden también entenderse como profecías autocumplidas.

4 Compañía que en el 50 aniversario del estado de Israel recibió el Jubilee Award por apoyar su economía e inversiones.

5 Para profundizar en el concepto de interfaz como espacio de interacción y contaminación positiva, recomendamos otro libro recientemente publicado por Caja Negra, Mentes paralelas, de Laura Tripaldi. En él se aproxima a los que haceres de la ciencia y la tecnología desde una lente extraordinariamente novedosa y particular, con una ontología casi ahumada.

6 “El término al-ghaib, a menudo traducido erróneamente como «el No-Visto», se refiere a todos aquellos aspectos de la realidad que se encuentran fuera del alcance de la percepción humana y que, por lo tanto, no pueden ser demostrados ni refutados mediante la observación científica, ni incorporados dentro de las categorías de pensamiento especulativo aceptadas.”


¿Qué opinas?

6 comentarios
Deja un comentario...
Cargando comentarios…

Únete a la conversación

Para comentar necesitas una suscripción activa. Accede o abónate para participar.


Suscríbete a sustrato.
Apoya el trabajo de Miguel Pardo

Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.

VER PLANES