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Disfrutemos, mientras podamos, los días sin rumbo
¿Es ridículo hacer una reseña de una novela cuarentaiún años después de su fecha de publicación? Tal vez
18 de mayo 2026 · 1 comentario
¿Es ridículo hacer una reseña de una novela cuarentaiún años después de su fecha de publicación? Tal vez
Pienso en mi muerte con frecuencia moderada: dos o tres veces al día. Si consigo mantenerme entre el descuido y el abuso es porque me he jurado extinguirme post-centena, esto me da algo de margen y facilita la sugestión. Sucede, también, que hago ejercicios de fuerza, me modero en los pasteles, fumo solo cigarrillos que robo a (des)conocidos en las puertas de los bares y mis padres aún pululan por ahí. Según el orden natural de los acontecimientos, me queda rato en la fila. Y aún con eso, cada noche, bocarriba en la almohada, abro los ojos a la oscuridad y escucho, amortiguada por los tapones, la respiración del hombre que tengo al lado ralentizarse hasta la inconsciencia. ¿Quién de los dos morirá primero?
A finales de marzo mi salud no era tan sólida: mostraba síntomas recurrentes de nubosidad y empachamiento, abulia de escritura e intoxicación de voyeurismo y novedad editorial. Mi invierno había consistido en una sucesión de días sin rumbo en los que no pasaba nada de importancia. Alguna diría que esto es lo propio del invierno, el sustrato criogenizado bajo una capa de hielo y bla bla bla, pero a mi alrededor —es decir, en mi pantalla portable—, todo el mundo parecía estar en la cumbre del lifestyle, creando duro, rozando la trascendencia con la yema de los dedos. Ellas haciendo avanzar la acción; yo, puro escenario. Cada día, sin falta, escribía «escribir» en mi lista de tareas, sin convencimiento, solo para dejarla en pendientes al final de la jornada. ¿Es una vida sin incidentes el final de la escritura, en la era de la narrativización de la experiencia? —me acusaba mi reflejo cepillándose los dientes con un cepillo extrablando—. ¿Es una vida sin trama la experiencia vivible más similar a estar muerta?
Esta tendencia decadente se revirtió en un vermú en el que un amigo obsesionado con las novelitas filosóficas me leyó el pasaje del establo de White Noise. Quizá tuvo la culpa el alcohol en el estómago vacío o el sol del final del invierno, el caso es que me pareció increíble y salí de ahí eufórica, impregnada de aura, rendición espiritual y complacencia. Como soy prejuiciosa por carácter —la intensidad de mi prejuicio suele ser directamente proporcional a mi desconocimiento de un asunto— y tengo una opinión sobre las literaturas contingentemente crípticas y su fándom onanista, me espantaba la asociación Pynchon-DeLillo-Foster Wallace. Decidí comprarlo en Vinted por 1 €. Por si acaso. Fue una suerte encontrar una edición en tapa blanda color negro, con un pictograma de auriculares verde-alien y un crucifijo en medio, bastante sucia y bastante sexy, que me envió una chica desde Italia. Este detalle no tiene relevancia para la historia, lo cuento solo para resultar interesante. ¡Ey! ¿Veis cómo participo de las dinámicas de sacralización y vasallaje a los objetos que son la tónica de nuestro tiempo?
Recibí el paquete una semana más tarde y lo abandoné en la pila que alimento en un rincón a ver si un día llega al techo, porque acababa de empezar el último hit autoficcional de Anagrama. Su lectura, como la del penúltimo y los anteriores a este, me nauseó de simulacro. Por eso lo rescaté de allí, por la esperanza de recrear el efecto del pasaje del establo. Ya sabéis, chasing the dragon. Y ahora estoy dentrísimo.
Asumamos la premisa de que queda alguien ahí fuera que no sabe de qué va esto. White Noise de Don DeLillo, en español Ruido de fondo, es la comedia de autoderrota de Jack Gladney, un hombre técnicamente muerto —como tú, como yo, como todas— incapaz de resignarse a su mortalidad. White Noise es también un libro manoseado de 375 páginas, editado por Picador, que alguien puso en Vinted porque en él no pasa nada, es una novela sin trama, plotless. O tal vez porque no ofrece posibilidad de identificación emocional con ningún personaje, ya que la autoconciencia pegajosa de Gladney (la primera persona que narra la historia) es una especie de residuo biológico que poluciona al resto. En ese sentido, es un candidato terrible a lectura de club. Y aún así, ese elenco de personajes performativos, falsos, incomunicados, desesperadamente sedientos de trascendencia, no es más que una representación hiperrealista de la sociedad en que vivimos. Todas andamos preocupadas por la muerte en la edad del sitcom. Tú también. Por eso, este catálogo de vías de escape te va a encantar.
Gladney disfruta de observar el entorno, de hacer listas y de los días sin rumbo, porque está convencido de que cada vez que intervenimos en una trama nos acercamos más a la muerte. Él, un ejemplar común y cobarde de la especie, sobrelleva su angustia de muerte parapetándose en fama, pues ha conseguido ser un profesor reconocido a nivel internacional por su fundación de los estudios hitlerianos. Como esta estrategia es ineficiente para acallar por completo el runrún de la finitud, Gladney apuesta por un estilo de vida ortodoxo y crea una familia enorme, muy ruidosa, compuesta por Baba, su compañera de pelo importante, varias exmujeres y una colección de hijos propios y ajenos con los que habita una unifamiliar llena de trastos donde se escucha siempre la tele en off. Gladney afronta su angustia de muerte por la vía de la acumulación, como si construyendo un yo masivo, inalienable, pudiera posponer eternamente el desenlace.
No es el único. Baba consume productos dietéticos y hace running en las escaleras del estadio. Conserva una pequeña esperanza de seguir con vida mientras Wilder, su último hijo, siga dependiendo de ella. Un parapeto de utilidad, que diríamos. El círculo de emigrados neoyorkinos, compañeros de Gladney y expertos en cultura audiovisual, acumulan datos recónditos de la cultura pop. Parapeto del pack, del gregarismo. Orest Mercator, el colega adolescente de su hijo Heinrich, entrena para batir el Guiness de encerrarse por más tiempo en una jaula con serpientes venenosas. Parapeto de la confrontación. Steffie, la hija de 7 años, es actriz voluntaria del SIMUVAC, una organización que ensaya estrategias de evacuación en caso de catástrofe natural o sanitaria. Parapeto de la esperanza tenue en que la representación ficcional del evento sublime al evento real, y lo desplace. Etcétera.
Ninguna vía es funcional, claro, principalmente porque, ya sabes, las tramas acaban en muerte pero, sobre todo, porque todas las estrategias se basan en un mecanismo representativo: ver y ser visto. Mirarse a una misma desde fuera, estetizarlo todo, volverse un personaje de ficción. Todas menos una, mi favorita. La propone Winnie Richards, una especialista en neuroquímica brillante y escurridiza, mientras mira con Gladney la puesta de sol en lo alto de una colina. Consiste en mutar esa angustia a la muerte, vaga y no referencial, por un miedo real (es decir, físico), como el que te produciría encontrarte con un oso pardo enorme en medio de un bosque. El miedo a ser desmembrada entre los árboles, arrollada por un alud, aplastada en una estampida. Solo un miedo así, electrizante, horrible, adrenalínico, es capaz de reconectarte contigo misma:
—(...) la bestia, levantada sobre sus patas traseras, te ha permitido ver quién eres como por primera vez, fuera de tu entorno conocido: solo, inconfundible, completo. El nombre que le damos a este complejo proceso es miedo.
—El miedo es la autoconciencia elevada a un nivel superior.
—Exacto, Jack.
—¿Y la muerte? —pregunté.
—Yo, yo, yo. Si logras ver la muerte como algo menos extraño y menos desprovisto de referencia, tu sentido del yo en relación con ella disminuirá, y también tu miedo.
¿Es ridículo hacer una reseña de una novela cuarentaiún años después de su fecha de publicación? Tal vez. Más aún cuando la novela no se rescata de un cajón, tiene hasta peli en Netflix. Yo qué sé, no tengo excusa. Llego tarde a los sitios. El caso es que no puedo dejar de pensar que esto de 1985 solo habla de nosotras, 2026. De la pasión por la autoficción y la archivística. De querer ser importante, necesaria. De la percepción convertida en acción y la realidad, inalcanzable. De masificar la identidad como antídoto a la muerte. De coleccionismo. De la afición a las figurillas de PVC y a los animales feos. Del tarot y la carta astral. De los carritos cargados de mercancías de colores brillantes. De historias de extraterrestres y de fenómenos sobrenaturales, vitaminas milagrosas y remedios para el cáncer y la obesidad. De los cultos de los famosos y los muertos.
Por mi parte, tras leerla, me siento mucho mejor. La falta de dirección de mi invierno ha perdido gravedad, me veo fuerte y muy capaz de disfrutar los días largos, los atardeceres primaverales desde la colina. Estoy dispuesta a probar con la estrategia de encarnación.
* El diálogo de Winnie y Gladney, así como el resto de citas de WN que hay esparcidas en cursiva por este texto, han sido traducidas de la versión original por mí, un poco como me ha venido en gana.
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