Libros

¿Por qué es importante leer a Ishiguro?

Porque nunca deja lugar a la esperanza, siendo Los restos del día el ejemplo más claro de esto

14 de mayo 2026 · 4 comentarios


Porque este es el autor al que le he dedicado más tiempo últimamente, no habiendo sido yo nunca un chico fácil, al menos en temas literarios, y me ha parecido de lo más excepcional que he leído en los últimos años. Es probablemente el escritor que mejor ha sabido retratar a gente que cree entender su vida, que la tiene ordenada, justificada y más o menos bajo control, cuando en realidad no ha entendido nada. Además, lo hace sin necesidad de grandes giros, sin escenas de epifanía ni discursos explicativos, dejando que el lector llegue, tras pasar una incómoda penitencia, a conclusiones que los propios personajes nunca terminan de asumir, todo ello con una elegancia tan contenida que casi molesta.


Ishiguro nació en Nagasaki en 1954 pero se crió en Reino Unido desde los cinco años, hecho absolutamente definitorio en su escritura y en su personalidad (al final sí que va a ser verdad lo de la verdadera patria del hombre, las tonterías de Rousseau y todas las corrientes enaltecedoras de la importancia de los primeros años). No termina de ser japonés, pero tampoco es británico, y esa posición intermedia, ese estar siempre un poco fuera de sitio, se traduce en una forma de contar que consiste en mirar las cosas desde una ligera distancia, como si no acabase de creerse del todo lo que tiene delante. Sus narradores funcionan así, no son personas que te cuenten su vida con pasión o con dramatismo, sino con una calma sospechosa, como si todo tuviese sentido y encajase perfectamente. Y claro, al principio te lo crees, pero según avanzas empiezas a notar que hay cosas que no cuadran del todo, pequeños silencios que dicen mucho, decisiones que no se explican bien, emociones que se esquivan y así, poco a poco, te va envolviendo en una asfixiante telaraña que te hace desear que llegue de una vez la araña y puedas acabar con todo.


El mejor ejemplo de este envenenamiento por goteo se encuentra en Nunca me abandones. En esta novela, Kathy recuerda su infancia y su juventud con una serenidad y una distancia que, a medida que avanzas en la lectura, más rara se vuelve. Lo que cuenta es cada vez más incómodo y distópico (cualquier intento de explicar el argumento la arruinaría por completo) pero ella lo sigue narrando como si fuese lo más normal del mundo, dándote golpecitos poco a poco, hasta que llega el momento de la gran revelación y lo que parece un libro sobre el amor adolescente y la difícil labor de crecer, se vuelve una distopía cruelísima y, sobre todo, muy creíble. Y ahí es donde la novela se vuelve bastante más dura de lo que parece, porque no hay rebelión: Así que la sensación había vuelto, por mucho que yo había intentado apartarla. Y se resumía en lo siguiente: lo estábamos haciendo demasiado tarde. Había habido un tiempo para ello, pero lo habíamos dejado pasar, y había algo de ridículo, e incluso de censurable, en el modo en que ahora concebíamos y planeábamos nuestro futuro.”), no hay discursos emotivos ni momentos de ruptura, sino una aceptación progresiva de algo que, contado de otra manera, sería insoportable. Ishiguro no necesita exagerar nada, le basta con dejar que los personajes asuman su realidad para que el lector se incomode, se cuestione a sí mismo y termine aceptando el peso de la realidad.


Porque nunca deja lugar a la esperanza, siendo Los restos del día el ejemplo más claro de esto. Stevens, un mayordomo inglés convencido de su propia dignidad profesional, se pasa el libro explicando por qué ha hecho lo que ha hecho, por qué ha sido leal a quien ha sido leal y por qué todo tenía sentido y, en el fondo, estaba bien, que es muy parecido a como todos vivimos nuestra vida, justificación tras justificación. Y tú, al principio, compras el discurso sin demasiados problemas, porque es razonable, bien explicado y no hay nadie gritando que eso sea un desastre. Sin embargo, poco a poco empiezas a ver que esa lealtad era bastante cuestionable, que esa dignidad era en realidad una forma de esconder cualquier emoción y que, en el fondo, lo que hay es alguien que ha sacrificado su vida entera por una idea bastante discutible de lo que debía ser, la flema inglesa y el saber estar. “Después de todo, no se puede estar siempre mirando hacia atrás. Uno se da cuenta de que ha de adoptar una actitud más optimista y tratar de sacar el mejor partido posible de lo que queda del día.”


Esta realidad, la inexorabilidad de la muerte y la reflexión previa a la misma de que has tirado la vida por la borda, es probablemente mi mayor miedo. Pocas existencias se me ocurren más desgraciadas que la de una persona que nunca se atrevió, nunca lo intentó y que se arrepiente de ello cuando el árbitro está a punto de pitar y se da cuenta de que ya es tarde, que la chica que le gustaba se casó con otro, que el mediocre obtuvo su trabajo soñado y que su hijo prefiere pasar las Navidades con su familia política.


Porque en Klara y el sol introduce una narradora que, en teoría, debería ser completamente distinta, pero que encaja a la perfección con todo lo anterior. Porque Klara, siendo una inteligencia artificial, observa a los humanos con una mezcla de ingenuidad y precisión que les deja bastante en evidencia, como si al quitarle el ruido emocional a las cosas quedase más claro de lo que parece lo que está pasando. Esta novela habla además de la IA desde un punto de vista exclusivamente emocional, haciendo una interesantísima reflexión acerca de qué significa querer, cuidar o sustituir a alguien, lo que se representa en el personaje de Klara, ya que ésta no funciona como un robot frío ni como un artefacto futurista espectacular, sino como una especie de espejo bastante incómodo en el que los humanos quedan retratados sin necesidad de que nadie levante la voz, lo que se aprecia en frases demoledoras como “Hasta hace poco no creía que los humanos pudieran elegir de manera voluntaria la soledad. No sabía que a veces hay fuerzas más poderosas que el deseo de evitar la soledad”. Se ve aquí también una constante en las novelas de Kazuo, ese ejercicio de eliminación de capas de autoengaño que todos necesitamos para funcionar, y que cuando lo concluye, deja al descubierto que muchas de las decisiones que se toman no tienen tanto que ver con la lógica o el afecto como con la necesidad de no enfrentarse a ciertas cosas de manera directa. Asimismo, como sucede también en Nunca me abandones, nos enfrenta a unas contradicciones morales magníficamente contadas y plantea la incomodísima pregunta de qué es lo que nos hace ser como somos y hasta qué punto eso es replicable y trasladable.


Porque escribe Cuando fuimos huérfanos, que a mí me parece una absoluta catedral de novela. Cuenta la historia de un joven japonés, Christopher Banks, que, tras la desaparición de sus padres, se ve obligado a emigrar a Inglaterra. Años más tarde y convertido en un prestigioso detective, decide volver a su país de origen para encontrar el rastro de sus padres, que desaparecieron en mitad de un escándalo relacionado con el tráfico de opio, la siempre cruel injerencia inglesa en sus colonias (incluso las que formalmente no lo eran) y la relevancia que tienen los amigos de la infancia. Lo que en apariencia podría leerse como una novela de detectives más, con su misterio inicial, su pasado traumático y su regreso al origen para resolverlo todo, en realidad se convierte en algo bastante más oscuro y desolador. Christopher Banks no es tanto un detective resolviendo un caso como alguien intentando reconstruirse a sí mismo a través de una historia que necesita que tenga sentido, jugando la novela con esa tensión entre lo que el protagonista cree que está ocurriendo y lo que el lector empieza a intuir que está pasando realmente, terminando la novela de manera durísima y descorazonadora. Al final, lo que queda no es tanto la resolución del misterio como la sensación de que hay cosas que no se pueden recuperar, por mucho empeño que pongas y que intentar hacerlo, además, puede ser una forma bastante eficaz de no enfrentarse a lo que importa. De verdad, qué final, qué desesperanza, y qué manera de plasmarse a uno mismo en unas míseras hojas de papel. “Mi impresión es que piensa tanto en sí misma como en mí cuando habla de un sentido de misión y de lo vano que resulta intentar escapar de ella. Acaso hay quienes son capaces de vivir su vida libres de tales inquietudes. Pero para quienes no somos capaces de hacerlo, nuestro destino es encarar el mundo como huérfanos, huérfanos que a lo largo de los años persiguen las sombras de sus desaparecidos padres.”

Porque en 2017 le dieron el Premio Nobel, y sin querer ponerme pesado con el tema, (alejándome de mi tendencia habitual), en este caso tiene bastante sentido. No es un autor especialmente prolífico ni ruidoso, pero tiene una coherencia y un control bastante poco habituales y, sobre todo, no necesita publicar mucho para que todo lo que escribe tenga peso.


Porque conviene decir también que no es para todo el mundo (aunque su estilo sí resulta sencillo de leer), no es entretenido en el sentido más inmediato, ni busca enganchar con giros constantes o tramas espectaculares. Sus novelas avanzan despacio, con una calma que puede desesperar si no entras en el juego, pero hay que entrar, igual que la mayoría de las cosas en la vida exige una cierta intención de dejarse seducir y de aceptar el juego que te plantea.

Finalmente, quiero comentar una cosa a mi legión de fans, debido a la multitud de mensajes que he recibido últimamente preguntándome si había dejado de escribir y si no pensaba sacar nuevos artículos. Procedo a aclarar las dudas que sin duda pueblan sus noches de insomnio.

En el futuro me encantaría dedicarme de manera aún más profesional (ya que la plataforma que nos da Sustrato me hace sentirme a un nivel muy alto) al tema este de escribir sobre literatura, de dar mi opinión, o mi chapa, acerca de los libros que leo y transmitir, en la medida de mis capacidades, el inmensísimo amor que tengo por la literatura.

Hay infinidad de autores de los que he leído un libro o dos y, aunque podría recomendarlos con el entusiasmo y la frescura que me caracterizan, prefiero hacerlo más adelante, cuando me haya adentrado más en su obra y pueda hablar desde una posición de mayor conocimiento. Así que tranquilos todos, hay artículos de Por qué es importante leer a para rato, simplemente no quiero que pasen cuatro o cinco años y que me arrepienta de una opinión que he dado por desconocimiento, ya que por atrevimiento me arrepiento todo el rato. Quiero poder dar mi punto de vista de manera informada (ojalá formada pero mis padres, probablemente con buen criterio, vieron regular que estudiase Literatura Comparada) y para ello me parece imprescindible conocer con un cierto nivel de profundidad las obras de los autores a los cuales les dedico estas páginas.

A modo de teaser, espero sacar próximamente Vázquez Montalbán, Dostoievski, Coetzee, Roth, y muchos más, pero, de momento, me dedico a leer tranquilamente y a seguir disfrutando.

Haced lo mismo, por favor, y leed más. Abrazo y nos vemos pronto,

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