La Feria no te debe nada
Sí. El flamenco es música clásica. Y si eso incomoda, el problema está en la definición de "clásico", no en el flamenco.
23 de abril 2026
Sí. El flamenco es música clásica. Y si eso incomoda, el problema está en la definición de "clásico", no en el flamenco.
Cada abril, puntual como una sinfonía de Haydn —siempre estructurada, siempre predecible en su brillantez—, las redes sociales se llenan de trajes de lunares, manzanilla en vaso corto y de una pregunta implícita que nadie formula pero todos lanzan: ¿y tú, cuándo vas? La Feria de Sevilla se ha convertido en el gran evento de peregrinación laica del sur de Europa. Y como toda peregrinación, ha generado sus propios fieles, sus propios herejes, y —lo más irritante— sus propios influencers haciendo como que siempre han estado allí.
Yo no voy a ir a la Feria de Sevilla. Y quiero hablar de música clásica, que en el fondo, me parece mucho más interesante.
Empecemos por lo segundo, que es lo que me ocupa y lo que, confío, nos llevará de vuelta a lo primero de una manera que no sea completamente arbitraria.
Existe una pregunta que los melómanos de cierta tradición llevan décadas esquivando con elegancia académica: ¿es el flamenco música clásica? La respuesta habitual de quien se ha formado en los conservatorios europeos suele ser una sonrisa condescendiente o, en el mejor de los casos, un "es que son categorías distintas". Lo cual es, musicológicamente hablando, una forma muy sofisticada de no decir nada.
Propongo otra respuesta: sí. El flamenco es música clásica. Y si eso incomoda, el problema está en la definición de "clásico", no en el flamenco.
¿Qué hace clásica a una música? No es la orquesta. Ni el papel pautado. Ni los siglos de distancia ni la barrera del idioma que convierte en solemne lo que en su momento era perfectamente popular. Haendel componía para llenar teatros de comerciantes londinenses. Verdi era el compositor que la gente silbaba por la calle. La distancia temporal es la que ha depositado sobre estas músicas la pátina de lo intocable, no ninguna virtud intrínseca de la partitura.
El flamenco tiene todo lo que define estructuralmente a una música clásica en el sentido riguroso del término: un sistema modal propio y complejo (el modo frigio con la famosa cadencia andaluza, que ningún teórico serio descartaría como sofisticado), una forma estructurada y codificada de transmisión —el palo, la letra, el compás—, una tradición interpretativa con maestros, escuelas y linajes que rivaliza en profundidad con cualquier escuela de canto barroco, y una capacidad de variación e improvisación que no tiene nada que envidiarle al jazz ni a la cadenza del concierto romántico.
La soleá tiene la gravedad de un movimiento lento de Schubert. La bulería tiene la energía desbocada y matemáticamente controlada de un finale de Beethoven. El cante jondo —ese grito que viene de muy adentro y que Lorca intentó explicar y no pudo del todo— es tan difícil de ejecutar correctamente como un lied de Wolf. Quizás más, porque no hay partitura que salve al cantaor mediocre.
Lo que ocurre es que el flamenco no viajó a Viena. No se dejó transcribir cómodamente. No tiene una iconografía de pelucas y salones que lo haga fácilmente exportable como marcador de clase. Y eso, en el imaginario cultural europeo, lo ha dejado en una especie de limbo: demasiado complejo para ser folclore, demasiado popular para ser clásico.
Ese limbo, sin embargo, es exactamente donde vive la música más interesante.
Y ahora volvamos a la Feria. Porque hay una conexión.
La Feria de Sevilla es, entre otras cosas, el evento donde el flamenco debería estar más vivo y donde, paradójicamente, más se ha convertido en decorado. Las sevillanas que se bailan en las casetas —que son preciosas, que tienen su dignidad propia, que no merecen el desprecio de nadie— no son flamenco. Son música de feria. Alegre, festiva, colectiva. Pero confundirlas con el flamenco es como confundir una polonesa de salón con las Polonesas de Chopin: comparten nombre, comparten raíces, pero no son lo mismo.
El problema de la Feria convertida en contenido es que consolida exactamente esa confusión. La influencer que lleva su primer traje de gitana —comprado en marzo, fotografiado en abril, devuelto en mayo— no está descubriendo el flamenco. Está consumiendo una estética. Lo cual está perfectamente bien si uno es honesto al respecto, pero se convierte en algo más perturbador cuando se presenta como una experiencia auténtica de la cultura del sur.
La autenticidad, claro, es otra trampa. No hay nada más auténtico que una cosa cambiando con el tiempo. El flamenco ha absorbido influencias árabes, gitanas, judías, castellanas, americanas, y sigue siendo reconociblemente flamenco. La Feria ha cambiado mil veces desde el siglo XIX y sigue siendo reconociblemente la Feria. El problema no es el cambio. El problema es la estetización sin comprensión: usar la superficie de algo sin tomarse la molestia de asomarse a su interior.
No todo el mundo tiene que ir a la Feria de Sevilla. Esto es algo que, escrito así, parece una obviedad, pero que las redes sociales han conseguido convertir en una postura radical. Puedes vivir perfectamente sin haber comido pescaíto en el Real, sin haber bailado en una caseta hasta las seis de la mañana, sin haberte puesto un traje que cuesta lo mismo que un mes de alquiler. La experiencia no es obligatoria. La cultura no funciona por obligación.
Lo que sí me parece interesante es la pregunta de por qué ciertos eventos culturales —la Feria, el Coachella, San Fermín— generan esa presión de asistencia que otros no generan. Nadie te pregunta con condescendencia si has ido a la Feria de Jaén o has escuchado el Réquiem de Brahms esta temporada. Pero la Feria de Sevilla sí activa ese mecanismo. Y sospecho que tiene que ver con que la Feria de Abril, a diferencia del Réquiem de Brahms o la Feria de Jaén, es fotografiable de una manera que el algoritmo premia.
El Réquiem de Brahms, sin embargo, también debería ser obligatorio. En el sentido estético, no en el logístico. Como debería serlo escuchar a Camarón. O a Enrique Morente, que fue probablemente uno de los músicos más interesantes que dio este país en el siglo XX y que supo ver, antes que nadie, que el flamenco era tan clásico que podía dialogar con la Vanguardia sin romperse.
La Feria es una fiesta. El flamenco es música clásica. Las dos cosas pueden coexistir sin que ninguna le deba nada a la otra. Y ninguna de las dos te debe a ti una experiencia auténtica si no estás dispuesto a escuchar de verdad.
Este año, mientras medio país se fotografía en el Real, yo voy a poner una soleá. Y voy a intentar explicarle a alguien que eso también es clásico. Que también merece la misma escucha que ponemos cuando suena una sinfonía. Que la diferencia entre un cantaor y un Winterreise es, básicamente, de geografía y de prejuicio.
Y que no hace falta ir a Sevilla para entenderlo.
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