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Mantras para un mundo en llamas: Reflexiones en torno a 'Inferno' de Boards of Canada
El nuevo disco de Boards of Canada es para su discografía lo que 'A Moon Shaped Pool' fue para la de Radiohead.
26 de mayo 2026 · 1 comentario
El nuevo disco de Boards of Canada es para su discografía lo que 'A Moon Shaped Pool' fue para la de Radiohead.
El pasado viernes, 22 de mayo, tras una serie de piruetas por las vías del tan valorado servicio de trenes peninsular, tuve la ocasión de acudir a uno de los siete eventos que el dúo Boards of Canada organizó alrededor del globo para presentar anticipadamente su nuevo álbum, Inferno. El regreso de los hermanos Sandison después de trece años, del que recelaba nuestro paisano clifford1 y otros colaboradores, ha ido cociéndose con el halo de misterio que caracteriza su propuesta. Dos singles, nada de entrevistas, ni hablar de escuchas anticipadas; pura campaña de expectación ciega. El evento que nos ocupa tuvo lugar, para más señas, en uno de los cines más singulares de la ciudad condal, Phenomena Experience. El ambiente que se respiraba allí era el de una expectación religiosa, devocional y casi sectaria, avivada por una ambientación del espacio cuidada, cargada de sol y sombra (la de Tanizaki, no la del cóctel) y unos tonos cálidos y algo turbadores a la Lynch.
Mi tesis es la siguiente: el nuevo disco de Boards of Canada es para su discografía lo que A Moon Shaped Pool fue para la de Radiohead. Incluso podríamos llamarlo —no sin cierta sorna y con una taxonomía algo irónica, pero afectuosamente— GeoDaddy. El sexto LP de los de Edimburgo es un trabajo en que no sólo continúan expandiendo un universo propio, sino en el que remiten de una forma mucho más explícita a su pasado creativo; pero no al más reciente sino al primitivo. Inferno es, en algún sentido, un anverso temporal de Music Has the Right to Children. Un álbum que devuelve el desenvolvimiento de las percusiones de downtempo a la primera línea, al igual que trabaja con más samples vocales explotando sus facultades rítmicas. Clifford tenía razón, suena nostálgico, pero no en un sentido retro o regresivo de quién idealiza el pasado, sino con la melancolía propia de quien observa el paso de los años dentro de un peculiar viaje psicodélico; un trip arrullado por las capas de sintes que caracterizan el sonido de los Sandison.
En tal sentido y como decía un crítico inmisericorde y bastante poco minucioso en The Guardian, Inferno es un álbum que contiene bastantes clichés de Boards of Canada. Justamente por eso nos recuerda al último disco de Radiohead, que tampoco por tener ciertos clichés nos parece peor (lo que nos parece mal es que no condenen el genocidio en Gaza). Durante los setenta minutos de extensión podemos escuchar cómo Marcus y Michael devuelven mucho protagonismo a los riffs de guitarra —algo que personalmente nunca me interesó mucho, pero que funciona en el conjunto—, e incluso introducen un sitar en Blood In the Labyrinth. Otro recurso algo “exótico” que pudimos escuchar en Naraka es el mantra cantado de Hare Krishna. Con una conexión mental que funcionó más por analogía que por lógica, recordé que en el disco All Things Must Past (un título que remite bastante al ciclo crematorio del tiempo) de George Harrison suena, precisamente, un canto de Hare Krishna. Siendo The Beatles uno de los grupos que llevó la psicodelia a la primera plana del norte global, también me salió pensar un artículo de Pitchfork, de 2018, en el que Simon Reynolds argumentaba que el segundo largo de Boards of Canada era el mejor álbum psicodélico de la década de los 902. Mirar alrededor en la sala de cine fue una forma de confirmar la tesis del periodista británico: un alto porcentaje de los más de trescientos asistentes estaban postrados en sus butacas, con los ojos cerrados, con la mirada extasiada… En trance.
Inferno, entonces, si es nostálgico es porque recuerda esa cualidad psicodélica y alucinada que los hermanos Sandison fueron abandonando después de 2002 y Geogaddi. Mantras mediante, los mejores tracks del álbum (que son bastantes) y los interludios más ambientales colocan al oyente en un estado-purgatorio; retrospectivo, como de quien vive una experiencia cercana a la muerte. Pero este gusano mental no tiende hacia la vasta abstracción que se filtraba en sus dos predecesores. En vez de esa pesimista huida hacia lo etéreo, Inferno apuesta por un retorno a lo telúrico, basado por un sonido más ubicado, encarnado hasta lo naif; pero con unas cadencias y una vividez que rompen el impalpable ritmo de un feed que sólo proyecta noticias alarmantes e imágenes de violencia. La única proyección en la pantalla durante toda la sesión de escucha consistió en el logo de siete hexágonos que el dúo está empleando para esta campaña, girando sobre sí mismo mientras el loop de una llama se movía detrás de las figuras geométricas. Conforme iba terminando la proyección, me vino a la mente un alcohólico francés que tuvo algunas ideas interesantes en el siglo XX, Guy Debord. El pensador situacionista tituló una de sus películas In girum imus nocte et consumimur igni, es un palíndromo en latín que se traduce como: “damos vueltas en la noche y somos consumidas por el fuego”. Siempre he sentido que esta pequeña oración decía mucho sobre el ritmo y la forma de los días y de la vida humana. Viendo girar los hexágonos con los últimos acordes de I Saw Through Platonia, recordé la fuerza que tenía tal afirmación y también comprendí, por un momento, por qué la música de Boards of Canada es tan significativa para tanta gente.
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