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No-plan is the plan
Este verano voy a mirar el techo. Este verano no me vais a ver hacer nada productivo y me vais a respetar por ello
9 de julio 2026
Este verano voy a mirar el techo. Este verano no me vais a ver hacer nada productivo y me vais a respetar por ello
Hay una moda este verano — más una filosofía que una moda, quizás — que consiste en no hacer nada. Nada de nada. No tienes que leer los veinte libros que te habías propuesto en enero. No tienes que aprender el francés que ibas a rescatar del bachillerato. No tienes que terminar el curso online de Coursera que empezaste en marzo y del que has visto tres vídeos. No tienes, de verdad, que apuntarte al gimnasio. No tienes que hacer ese viaje a los Balcanes que llevas dos años planificando. No, no y no.
El no-plan es el plan. La agenda vacía es la agenda. Y en TikTok y en Instagram y en los reels que la gente comparte con esa mezcla de ironía y verdad que define a la generación que ahora está entre los veinticinco y los cuarenta, se ha convertido en un pequeño manifiesto: este verano voy a estar tumbado. Este verano voy a mirar el techo. Este verano no me vais a ver hacer nada productivo y me vais a respetar por ello.
Yo, que llevo unos meses dándole vueltas a este tipo de cosas, tengo una noticia buena y una noticia mala para los defensores de esta filosofía.
La noticia buena es que tenéis razón. La noticia mala es que la razón la tenéis desde hace ciento nueve años y os la robó un tal Erik Satie sin que os hayáis enterado.
En 1917, en pleno París ocupado por el ruido de la Primera Guerra Mundial, Erik Satie —compositor francés, excéntrico documentado, alcohólico funcional, misántropo activo— inventó un género musical al que le puso un nombre que era en sí mismo una provocación: musique d'ameublement. Traducido: música de mobiliario. Y no era una broma. Era exactamente lo que decía ser. Música pensada para no ser escuchada. Música compuesta para funcionar como una mesa, una lámpara o una silla — es decir, para estar ahí sin exigir nada del que la usa—.
Satie estrenó las primeras piezas en un intermedio teatral. Antes de que empezaran a sonar, subió al escenario y anunció a la audiencia lo siguiente, con esa solemnidad que él manejaba como un arma: por favor, hablen. Muévanse. No presten atención. La música no está aquí para que la escuchen.
La gente, por supuesto, se calló. Y entonces Satie se puso furioso. Empezó a gritarles desde el escenario: ¡hablen! ¡hablen! ¡no escuchen, por Dios!. Los espectadores, más desconcertados aún, permanecieron en silencio, mirando el suelo, sin saber qué hacer con la orden imposible de un compositor que les pedía por favor que ignoraran su propia obra.
Esa escena, cómica y desesperada, contiene una de las revoluciones estéticas más importantes del siglo XX. Y contiene también, sin que Satie pudiera saberlo, una crítica anticipada a todo lo que nos ocurre en este verano de 2026.
Voy a intentar explicarlo despacio, porque me parece importante.
Satie no compuso musique d'ameublement como capricho ni como performance dadaísta. La compuso como reacción filosófica contra algo muy concreto: la música clásica del siglo XIX, la que él había aprendido en el Conservatorio de París y que odiaba con una intensidad casi teológica. La música de Wagner, de Beethoven tardío, de Mahler, de los grandes románticos. Esa música se había construido, durante todo un siglo, sobre una premisa muy exigente: obligar al oyente a estar presente. A concentrarse. A vivir la música como experiencia total. A no distraerse. A no salir. A no pensar en nada más.
Wagner, del que ya hablé aquí hace unas semanas a propósito de otro asunto, es el ejemplo cumbre: apagó las luces del teatro, escondió a la orquesta, prohibió los aplausos durante los actos. Todo diseñado para que el espectador no tuviera escapatoria. La música te secuestraba durante cuatro horas y no te devolvía hasta que había terminado.
Satie miró aquello y dijo, básicamente: no.
No a la solemnidad. No al secuestro. No a la obligación de estar presente. Y compuso una música que era exactamente lo contrario: una música que renunciaba a ser el centro. Una música que se retiraba. Una música cuya única ambición era acompañar al oyente en cualquier cosa que estuviera haciendo, sin exigirle nada. Ni atención. Ni comprensión. Ni presencia. Nada.
Era, si se piensa, la primera vez en la historia de Occidente que un compositor hacía algo así. Durante siglos, componer música era una operación de exigencia: yo hago esto, tú lo escuchas, y algo importante ocurre entre los dos. Satie propuso otra cosa: yo hago esto, tú vives tu vida, y no hace falta que ocurra nada. La música puede estar ahí sin ser importante. Y esa renuncia era, paradójicamente, una liberación.
Y aquí es donde conecto con el verano de 2026 y con la filosofía del no hacer nada.
Porque lo que Satie estaba defendiendo en 1917 con su música de mobiliario era exactamente esto: el derecho a que las cosas existan sin exigirte que seas parte activa de ellas. El derecho a que un cuadro cuelgue de la pared sin que tú tengas que interpretarlo. El derecho a que una música suene sin que tú tengas que emocionarte. El derecho a que un libro esté encima de la mesilla de noche durante todo julio sin que tú lo abras.
El derecho a que la vida ocurra sin proyecto.
Nosotros hemos perdido eso a una velocidad que Satie no habría podido imaginar. Este verano, la persona que se tumba en la playa sin hacer nada tiene la sensación de que está siendo improductiva. La persona que se pasa una tarde entera mirando el ventilador tiene remordimientos. La persona que decide no leer nada durante tres semanas se pregunta si se está atrofiando. Vivimos en una cultura donde incluso el descanso ha sido colonizado por la lógica del proyecto: descansa para rendir mejor, duerme para optimizar, medita para reducir el estrés que te impide producir. El propio ocio se ha convertido en trabajo — trabajo de recuperación para volver al trabajo—.
Y contra eso, precisamente contra eso, va la filosofía del no-plan.
El no-plan reivindica lo mismo que Satie reivindicaba en 1917: que las cosas pueden existir sin propósito. Que un verano puede pasar sin dejar detrás un aprendizaje. Que tres semanas pueden transcurrir sin que tú aproveches nada, y eso no significa que las hayas desperdiciado. Significa que las has vivido en la única modalidad que en el fondo importa: sin que tuvieran que rendirte cuentas.
Es una idea vieja. Muy vieja. Pero cada tanto tiene que ser redescubierta, porque cada generación la vuelve a olvidar en cuanto el mercado le mete otra vez la cabeza en la máquina.
Ahora bien — y aquí llega la parte incómoda del artículo —, hay una ironía cruel en todo esto que merece señalarse antes de terminar.
Satie inventó la música ambiental en 1917. Cien años después, esa invención se ha convertido en la banda sonora del hipercapitalismo. Spotify tiene playlists llamadas lo-fi beats to study to, música para concentrarse, ambient para productividad, deep focus. Millones de personas escuchan cada día, mientras trabajan, música diseñada para no ser escuchada — música que ocupa el espacio sonoro sin distraer, exactamente como Satie soñó—. Pero el uso es el opuesto. Satie inventó la música de mobiliario para liberarnos de la solemnidad y devolvernos el tiempo. Nosotros la usamos para exprimir cada minuto de nuestra jornada laboral. La usamos como combustible. La usamos como cafeína acústica.
Es decir: hemos tomado el gesto liberador de Satie y lo hemos convertido en su contrario. La música que él quiso para que dejáramos de rendir, la usamos para rendir más. La música que él quiso para que la vida ocurriera sin proyecto, es ahora la banda sonora del proyecto permanente.
Por eso el gesto del no-plan de este verano me parece más profundo de lo que sus propios defensores probablemente creen. No es solo un capricho generacional. No es solo cansancio de la cultura del éxito. Es, aunque nadie lo formule en estos términos, la reivindicación de una manera de estar en el mundo que un compositor francés medio loco defendió hace más de un siglo y que hemos ido perdiendo por el camino.
Recomiendo hacer un experimento este verano. Va en serio.
Poner las Trois morceaux en forme de poire de Satie en el altavoz — o cualquiera de sus Gymnopédies, que son más conocidas y funcionan igual—. Sentarse en una silla. No hacer nada. Ni mirar el móvil. Ni abrir un libro. Ni pensar en la lista de la compra. Ni planificar lo del sábado. No. Nada.
Escuchar. Sin escuchar del todo. Dejar que la música ocupe el espacio como ocupa una lámpara. Dejar que pasen los quince o veinte minutos que dura la pieza. Y al final, no hacer nada tampoco. Ni aprender, ni concluir, ni tomar notas, ni compartir en Instagram el descubrimiento cultural.
Levántate de la silla exactamente igual que te sentaste. Sin cambios. Sin proyecto cumplido. Sin objetivos alcanzados.
Ese es, en el fondo, el único plan digno que le podemos oponer al verano de la productividad total. Y también, según parece, el mismo plan que Satie propuso en 1917 gritando desde un escenario para que la gente le ignorara.
Ciento nueve años más tarde, seguimos sin haberle hecho caso. Pero este verano, quizás, empecemos.
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