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Mediterráneamente. Parte I: 2009 - 2017
La época en la que Damm se inventó, casi de la nada, una mitología estival.
18 de junio 2026
La época en la que Damm se inventó, casi de la nada, una mitología estival.
Hay un día exacto, entre la agonía de mayo y los primeros sudores de junio, en el que internet sufre una especie de embolia colectiva. Da igual la edad, la ciudad o a quién voten: de repente, todo el mundo se pone de acuerdo para escribir la misma frase exacta en sus redes: «Ya es verano».
Y una mierda. No lo es.
Por las noches aún te quedas pajarito si vas en manga corta, el curso escolar colea como un zombi y las playas tienen ese aspecto desolador de decorado a medio montar. Pero da igual la realidad. Ha salido el puto anuncio de Estrella Damm y funciona como un decreto ley: a partir de este minuto, y hasta que el otoño nos arrastre, se nos obliga a vivir de otra manera.
Llevamos diecisiete años atrapados en este bucle. Como menorquín que contempla el drama desde la distancia un poco trambólica de la península, llevo casi dos décadas intentando entender cómo una marca de cerveza ha conseguido lo que nosotros, la gente de allí, jamás logramos: empaquetar nuestra existencia, meterle un filtro cálido de Instagram y convertir nuestra forma de estar en el mundo en un código universal, reproducible y, sobre todo, vendible.
A mí no me hace falta que un puñado de actores guapos me expliquen qué es el verano. Yo lo tengo incrustado en el cuerpo; lo veo cada vez que vuelvo a Menorca en julio. Pero la mayoría de la gente que se pone tierna viendo el anuncio no ha pisado en su vida una caleta de sa Costa Nord. No saben lo que es que te salpique el sudor de un caballo negro en mitad de un jaleo mientras te pones hasta arriba de pomada barata. No tienen ni idea de que el Mediterráneo real huele a los pinos salvajes que se mueren sobre el mar en el Camí de Ronda. No se han pringado los dedos con el azúcar de una ensaimada de verdad en un patio de Palma, ni saben el frío limpio que te mete la tramontana en el cuerpo mientras te tomas un cremat a pie de playa en Calella.
Y sin embargo, lo sienten. Experimentan una nostalgia rarísima por un sitio en el que jamás han estado. Y eso es lo que me vuela la cabeza.
Así que voy a dedicar dos artículos a destripar la banda sonora completa de estos diecisiete años. Canción a canción, año a año, intentando entender qué clase de Mediterráneo nos están encasquetando y por qué nos lo tragamos tan a gusto. Este primer texto cubre los años de la fundación: de 2009 a 2017. La época en la que Damm se inventó, casi de la nada, una mitología estival. Habrá observaciones musicales, pajas mentales filosóficas y, sobre todo, mucha víscera. Porque al final de todo este circo, lo único que me interesa salvar es mi propio recuerdo de los veranos en la isla.
2009 — Summercat, de Billie the Vision & the Dancers.
Aquí es donde empezó la broma. Y empezó con una de esas decisiones de despacho que, sobre el papel, tenían que oler a suicidio comercial.
A ver, piénsalo: Damm se iba a gastar los cuartos en su primer gran anuncio estival y, en lugar de meter a Estopa o a Manolo García a reventar los bafles, van y eligen a un grupo sueco del que no se acordaban ni en su casa. Unos tipos de Malmö cantando en inglés, con una producción que sonaba a maqueta casera y una voz de resaca a media tarde. Escogieron a un pavo que le cantaba a un gato en mitad del verano, con una guitarra que pedía afinarse a gritos y un micrófono que parecía metido dentro de una caravana.
¿Por qué coño funcionó? Pues porque el anuncio no quería retratar el Mediterráneo desde dentro. Qué nos iban a contar a nosotros. Quería retratarlo desde fuera, con esa mirada del turista que viene a enamorarse y a ponerse rojo como un cangrejo. La canción de los suecos tiene exactamente esa vibración emocional: la mezcla de incredulidad y gratitud del que baja del avión y descubre, de golpe, que existe un rincón del mundo donde la vida va más despacio. Summercat no suena a Mediterráneo; suena a un guiri del norte sintiendo el Mediterráneo por primera vez. Y esa era la droga que Damm necesitaba camuflar en los botellines.
Si la destripas, la canción es de una sencillez que roza lo insultante. Cuatro acordes en bucle que te sé tocar hasta yo: Mi mayor, La mayor, Si mayor, Mi mayor. Un ostinato, que dirían los finos: un patrón que se repite hasta la náusea mientras el cantante susurra encima sin matarse mucho. Es el mismo truco que usó Pachelbel en su Canon para mantener a la peña atrapada durante compases y compases, y la misma mierda que el pop lleva haciendo desde los Beatles para que una melodía se te meta en el cerebro y no puedas sacártela ni a patadas.
Pero el verdadero golpe de gracia de Summercat no está en las notas. Está en el tempo. Va clavado al ritmo de un paseo humano sin prisa. Si quieres fabricar un tema que el cerebro asocie con ir andando por la arena con las chanclas en la mano, es exactamente esa velocidad. Ni música para pegarte el baile de tu vida, ni una balada para llorar en la cama. Caminar. Eso es lo que nos vendían: el Mediterráneo como un paseo eterno que no se acaba nunca.
Casi dos décadas después, hay miles de tías y tíos que escuchan los primeros acordes de Summercat y se van directos a su propio verano de 2009. A su propia playa, a su propio rollete de tres semanas, a su primera Estrella en la arena. Nos compusieron el recuerdo antes de que lo viviéramos. Y eso ya no es marketing; es una genialidad bastante perversa.
2010 — Applejack, de The Triangles.
El año en que el anuncio se rodó en mi puta isla. Lo digo con orgullo y con un pelín de asco al mismo tiempo. Orgullo porque ver Cala Mitjana y la Cova d'en Xoroi en los televisores de toda España fue, para un menorquín de mi quinta, un momento rarísimo y emocionante. Desconfianza porque ya entonces intuía lo que hoy, casi dos décadas después, es una puta obviedad: que la Menorca del spot no era la Menorca real, sino una versión con filtro cuqui, idealizada y esterilizada para consumo del visitante hambriento de autenticidad.
La canción era de The Triangles, otro grupo del que no tenías ni idea —esta vez australianos—. Damm consolidó aquí la estrategia que iba a explotar durante años: bandas minúsculas, sin un duro, con un sonido melódico brillantito. La marca paga dos duros por los derechos, los músicos consiguen salir del pozo de la invisibilidad y el tema suena fresco porque nadie lo tiene quemado en Spotify. Negocio redondo.
Si destripamos Applejack, lo que tenemos es un folk-pop solar puro. Un mecanismo que funciona gracias a dos trucos de ingeniería pop que conviene diseccionar:
Las armonías vocales en tercera y sexta: Es decir, dos notas distintas cantando a la vez con esa distancia perfecta. Es la puta fórmula del optimismo californiano de los Beach Boys o de los Mamas & the Papas. Puro sol sesentero inyectado en vena. Y las palmas en el segundo y cuarto tiempo: El backbeat de toda la vida. La rítmica con la que el rock and roll nos puso a mover el esqueleto desde los cincuenta. Si suena eso, tu pie se mueve solo, no puedes evitarlo.
Puntas estas dos cosas —armonías perfectas y backbeat — y lo que te queda no es una canción. Es una receta de laboratorio diseñada para fabricar la ilusión de una noche perfecta con tus amigos. Por eso el tema funciona aunque la letra no diga absolutamente nada. Nos la suda la letra; el truco musical ya te ha comido el tarro antes de que empiece el estribillo.
Casi veinte años después, Applejack sigue flotando sobre los veranos de la isla. Se canta en Ciutadella, en Mahón, en Mercadal y en cualquier rincón donde a alguien se le ocurra arrancar el puto “Pa pa, pa pa paraaara, pa pa, pa pa paraaara”. Es nuestro himno de plástico, nos lo coló una marca de cerveza, y así seguirá siendo nos guste o no.
2011 — Tomorrow Can Wait, de The New Raemon.
El año en que nos volvimos unos jodidos pretenciosos. El año en que Ferran Adrià se planta en el anuncio y España entera empieza a masturbarse mentalmente con la idea de que la nuestra es la mejor cocina del planeta. A ver, que sí, que lo es. Pero el spot de ese año es, con diferencia, el más megalómano de toda la puta saga: une el mito del Mediterráneo con el mito gastronómico nacional, metiéndote al cocinero más famoso del mundo sirviendo platos imposibles en una mesa al aire libre. Todo muy idílico, todo muy para dar envidia al resto de Europa.
Tomorrow Can Wait es la primera canción de la saga compuesta por un artista catalán, The New Raemon. Ojo, que esto es importante: Damm empieza a darse cuenta de que el Mediterráneo que nos está vendiendo necesita también voces locales, que no vale solo con importar nórdicos rubios que no han visto una solana en su vida. La canción sigue cantada en inglés, vale, pero el giro simbólico está ahí: el indie costero empieza a hablar con acento de aquí. Y encima le meten un ukelele, el instrumento más "isleño" y machacón de la década.
Musicalmente, Tomorrow Can Wait es una balada en compás de 6/8. Y aquí viene la genialidad que seguramente les salió de potra: el 6/8 es el compás de la barcarola.
Para los que no os hayáis fumado las clases de música clásica, una barcarola es una pieza diseñada expresamente para imitar el movimiento de una góndola en el agua. Mendelssohn escribió unas cuantas, Offenbach se marcó la más famosa en Los cuentos de Hoffmann y Chopin hizo lo propio. La razón por la que el 6/8 te huele a mar es pura matemática: los seis pulsos del compás se dividen en dos grupos de tres, creando una sensación de vaivén en dos tiempos largos. Es, tal cual, lo que hace una barca flotando en la superficie: arriba-abajo, arriba-abajo, con una pequeña ondita en medio.
Al elegir ese compás, The New Raemon conectó de golpe con tres siglos de tradición europea imitando el agua. Por eso la canción, cuando la pegas a las imágenes de Formentera, encaja de una forma casi enfermiza. No hay otra opción. Tú la escuchas y, aunque estés tirado en el sofá de tu piso de cincuenta metros cuadrados, sientes que estás flotando en una barca.
Por si el ritmito no fuera suficiente, la letra te machaca con la misma idea una y otra vez: tomorrow can wait. Mañana puede esperar. Que es, básicamente, la filosofía del 6/8 traducida para bobos: no corras, déjate mecer, el tiempo no importa una mierda. Y eso, amigos, es exactamente de lo que iba la milonga de vivir "mediterráneamente".
2012 — You Can't Say No Forever, de Lacrosse.
Otra banda sueca. A ver, la peña de Damm se ve que tenía un fetiche serio con el indie nórdico durante estos años. Es una de las grandes ironías de la década: el sonido que define el imaginario del Mediterráneo español de los dosmildiez lo fabricaron, en buena medida, tíos que se congelan a las cuatro de la tarde.
You Can't Say No Forever es una balada de twee-pop con ese aire de inocencia de postal que define la estética. El twee-pop es un cajón de sastre muy específico que nació en el Reino Unido a finales de los ochenta y se asentó en Escandinavia en los dosmil, con bandas como Belle and Sebastian o Camera Obscura. Su movida fundamental es la inocencia adulta: músicos que cantan como si tuvieran quince años aunque ya peinen canas y tengan treinta y largos. Voces que parecen romperse, instrumentos de juguete y melodías que recuerdan a tu primer año tocando la guitarra en tu habitación.
Para una saga que te vende el verano como ese espacio sagrado de retorno a una pureza emocional que ya has perdido, el twee-pop es el puto guante a medida. La canción no va de un adulto recordando su juventud con nostalgia. Va de un adulto fingiendo, de manera muy consciente, que sigue siendo joven.
Y esa pequeña impostura, ese autoengaño colectivo, es exactamente el núcleo de lo que te está vendiendo Estrella Damm: la fantasía de que durante dos semanas en agosto vas a volver a ser el de antes. El que eras antes de tener deudas, de tener que aguantar a tu jefe y de arrastrar esa fatiga crónica que te da la vida adulta. Un oasis de plástico, pero compramos la entrada encantados.
2013 — Vuelta al ruedo, de Love of Lesbian. Anuncio: "Las pequeñas cosas".
Segundo año consecutivo tirando de producto nacional, y vaya si se nota. Love of Lesbian, nacidos en Barcelona, llevaban ya más de una década picando piedra, haciendo indie con letras ácidas y melodías bastante más finas que la media. Eso sí, para el anuncio seguimos cantando en inglés, aunque a nosotros nos importara una mierda y en los festivales solo supiéramos berrear a pleno pulmón aquello de “¡¡¡Fantáaaaasticoooo, para pa pararara, Fantáaaaasticoo!!!”. Con Vuelta al ruedo se rompe el molde de los guiris rubios y se abre la veda para todo lo que vendría después: Joan Dausà, Rigoberta Bandini, Bad Gyal.
Musicalmente, traen a la mesa algo que las bandas anteriores ni olían: densidad. Hasta entonces, las canciones nórdicas eran limpias, cuquis, casi minimalistas. Aquí no. Vuelta al ruedo tiene capas, texturas, guitarras eléctricas que rascan, una batería que te pega en el pecho, sintes discretos y voces dobladas. Es una producción que mira mucho más al rock de los noventa que al twee-pop de parvulario de los suecos.
Pero lo verdaderamente jugoso está en la letra. Por primera vez, la canción no te pinta el verano como una fiesta eterna e ideal; te habla de esa tensión tan adulta de tener que volver a casa cuando se acaba lo bueno. Te mete la nostalgia en el cuerpo antes siquiera de que hayas hecho las maletas.
Es la primera vez que la saga se quita la careta y admite, aunque sea de reojo, que el verano mediterráneo no es solo jijí-jajá. Es también la puta conciencia de que todo se va a acabar. Y esa pequeña puñalada de melancolía es la que hace que el anuncio de 2013 golpee distinto.
Armónicamente, Love of Lesbian mete acordes con tensiones añadidas: séptimas, novenas y virguerías técnicas. Olvídate de los cuatro acordes tontos del pop de gasolinera. Usan texturas que rozan lo que en el jazz se llaman acordes alterados, aportando una sofisticación bastante madura a la melodía.
Es decir: a partir de 2013, la marca deja de hablarle al chaval de veinte años que vive de alquiler compartido y empieza a apelar al tipo de treinta y cinco con resacas de tres días. O Damm madura con su público, o ahí es donde empezamos a oler el pastel: esas vacaciones idílicas de barco y cala privada ya no se las puede permitir cualquiera.
2014 — If you Wanna, de The Vaccines.
Giro de timón geográfico y estético. Los de Damm mandan a paseo el twee-pop nórdico e introspectivo y se plantan en Londres para fichar a uno de los grupos con más mala leche del indie rock británico del momento: The Vaccines. La jugada tenía todo el sentido del mundo porque el anuncio de 2014 iba de festivales de música, y la pista de baile te pedía algo que los suecos susurrando en una caravana jamás podrían darte: euforia colectiva, guitarras que rascan y cuerpos sudando en movimiento.
Y ojo al dato: la saga, que hasta entonces se la había jugado buscando joyitas escondidas o temas exclusivos, decide por primera vez meter un temazo que ya estaba superquemado en el circuito indie internacional. Cambiazo de estrategia total.
Musicalmente, If You Wanna es indie rock de guitarras de toda la vida. Directo a la encía, sin vaselina. Funciona por dos elementos clave que hay que destripar:
La rítmica del rock clásico acelerada a velocidad de festival: Es la escuela de los Strokes o de los Libertines, toda esa oleada de bandas británicas y neoyorquinas que nos hicieron creer a principios de los dosmil que el rock había vuelto. Cuando ese ritmo atruena en unos altavoces de festival, tu cuerpo no piensa: salta por puro instinto animal. Y guitarras saturadas con riffs cortos y obsesivos: The Vaccines pasan de virguerías y construyen el tema sobre tres notas que se repiten hasta la náusea. Un riff pegajoso machacado sin descanso es mil veces más efectivo para mover a las masas que una armonía sofisticada. En un recinto con quince mil personas borrachas, no buscas que la peña analice la melodía; buscas un mantra que todo el mundo pueda corear mientras se le cae el cubata encima.
Para una saga que hasta 2014 te había vendido el verano como un balcón contemplativo —mira el mar, déjate mecer por el oleaje, susúrrame al oído—, meter If You Wanna es un puñetazo en la mesa. El verano ya no es una cala solitaria para ti y tus amigos guapos; el verano es una masa humana apretujada, sudando bajo el sol abrasador de cualquier festival de provincia.
Damm claudica ante la realidad y asume que su imaginario mediterráneo no puede vivir solo de postales idílicas de Instagram. También tiene que nutrirse de los macroeventos multitudinarios que, para bien o para mal, se han convertido en el principal motor turístico y en el parque de atracciones estival del país.
Para mí, es una de las elecciones musicales más raras y marcianas de toda la saga porque dinamita la línea estética que llevaban años puliendo. Pero, seamos honestos, también es una de las más reales. Si en 2014 querías retratar a qué coño sonaba el verano de la juventud española, sonaba exactamente a esto: a indie británico a todo trapo en un escenario principal, mientras quince mil chavales saltaban como locos con un vaso de plástico en la mano.
2015 — Vale, de Joana Serrat.
El año del «Vale». Y, si me preguntas a mí, uno de los cortometrajes más jodidamente importantes a nivel conceptual de toda la saga. ¿Por qué? Porque es el momento exacto en el que Estrella Damm deja de venderte el Mediterráneo como si fuera un catálogo de agencia de viajes para guiris y empieza a empaquetarlo como algo mucho más goloso: una religión que se hereda y se contagia.
Conviene pararse a mirar la jugada que nos coló Alejandro Amenábar en 2015, porque ahí está el truco de magia. El corto nos mete en una casa idílica frente al mar donde un grupo de amigos nativos recibe a una visitante extranjera (Dakota Johnson). Los colegas, con esa hospitalidad nuestra que es una mezcla de espontaneidad y de códigos no escritos que llevamos grabados a fuego, la van arrastrando a su secta estival. Le plantan un pan con tomate en la cara, le meten un botellín en la mano sin preguntar, la tiran al agua y la ponen a bailar.
Y luego está Quim Gutiérrez, haciendo de ese típico tío que se siente desplazado porque no mastica el inglés, pero que está coladito de la guiri. Al final, a través de un juego tonto de preguntas sobre cine, ella se da cuenta de que el chaval, aunque esté callado, vibra en la misma sintonía. Todo se sella con esa palabra que usamos cincuenta veces al día sin pensar: «Vale». Cuando Dakota Johnson acepta irse a ver las estrellas con el tímido soltando un «Vale», no está diciendo un sí cualquiera; está diciendo «quiero ser de los vuestros».
Lo que Amenábar retrata aquí no es el Mediterráneo: es su puta evangelización. Es el arte de enseñarle al de fuera cómo coño hacemos las cosas aquí, pero sin solemnidades ni masterclasses; simplemente viviendo fuerte delante de su cara hasta que se le pega el acento y la desidia.
Hasta 2014, los anuncios te enseñaban a peña viviendo el verano. En 2015, te enseñan a peña compartiéndolo. Y ahí está la frontera que separa el turismo rancio de la cultura real. El «vale» del título es el carnet de identidad de esta lógica. Vale, voy. Vale, ponme otra. Vale, nos liamos. Ese monosílabo no es una simple afirmación; es el momento en el que dejas de mirar las calas como si fuesen un museo y te conviertes en parte del paisaje.
Como menorquín os lo digo porque lo veo cada maldito año: da igual que vengan de Madrid, de Berlín o de Estocolmo. A los siete días ya están apalancados en la misma terraza de siempre, a la misma hora, cenando lo mismo que nosotros y perdiendo por completo la noción del tiempo. La transmisión funciona porque no se explica en folletos: se contagia como un virus.
Damm nos vendió en 2015 la versión adulta y madura del verano. La capacidad de abrirle la puerta a un extraño y regalarle algo mucho más valioso que una postal bonita para sus redes: una forma completamente distinta de habitar el tiempo.
Y la canción de Joana Serrat clava ese bajón tierno y esa calidez emocional como ningún tema anterior lo había conseguido. Básicamente porque, por primera vez en la historia de estos anuncios, la música no está ahí para seducirte ni para obligarte a saltar en un festival. Está ahí para sentarse a tu lado y acompañarte mientras aprendes a bajar las revoluciones.
2016 — Those little things, de Ramón Mirabet.
Probablemente uno de los puñetazos más salvajes de toda la saga, y por una razón que en su momento nos dejó a todos picuetos: Jean Reno. Ver al puto Léon (el profesional), el icono más chungo y magnético del cine europeo de los noventa, metido en una cala de Mallorca fue una especie de cortocircuito cultural. ¿Qué hacía este señor ahí? La respuesta que nos pegó el corto en la boca fue brillante por lo inesperada: estaba ahí por obligación, de una mala leche descomunal y sin la más mínima intención de disfrutar de nada.
En el corto de 2016, dirigido por Alberto Rodríguez, hay conflicto, hay tensión y, sobre todo, hay peña hablándose a la cara. Reno interpreta a un actor endiosado y cascarrabias atrapado cuatro días en la isla por un retraso en su rodaje. El tío odia que le laman el culo, se niega a compartir mesa, pasa de hacer buceo y mira con un desprecio soberbio el guion de cortometraje que Laia Costa, su guía joven y entusiasta, le entrega con toda su timidez.
Es, en realidad, un choque generacional a tumba abierta. En la primera mitad, Reno es el viejo cínico y desconectado, ese adulto incapaz de habitar el presente porque tiene la cabeza llena de ruido. Y es Laia Costa la que, con una madurez que desarma, le lee la cartilla en una terraza: «¿Por qué le cuesta tanto disfrutar? No pueden parar de pensar, como usted». La réplica de Reno es un hachazo: le suelta que su guion y su juventud son una vacuidad «pueril, superficial e innecesaria» porque, con una vida tan corta, ella no tiene ni puta idea de la vida.
Y aquí viene la verdadera pirueta filosófica de ese año. Damm te planta una tesis que va a la contra de lo habitual: el Mediterráneo y sus placeres no te vienen de serie por tener billetes, éxito o canas. Es un puto aprendizaje. Al personaje de Reno se le ha olvidado cómo se vive. Necesita que una tía joven, que se mueve en una furgoneta destartalada, lo arrastre a una boda de pueblo, le encasquete un plato de pan con tomate y le obligue a compartir mesa con desconocidos para que su coraza de estrella de Hollywood empiece a agrietarse.
La elección de Jean Reno es magistral precisamente por ese arco de redención. Cuando ves a este paisano de vuelta de todo, con esa mirada cansada de haber filmado mil batallas, claudicar finalmente ante la sencillez de una guitarra, una cerveza fría y las risas de cuatro mallorquines, el invento de Vivir Mediterráneamente cobra una fuerza brutal. Si el cínico de Jean Reno puede bajar las armas y detenerse, cualquiera de nosotros puede hacerlo. Laia Costa no es la típica comparsa cuqui; es la puta maestra que le devuelve la verdad a un tío atrapado en su propia impostura.
Y ahora vamos con la música, que es una jodida delicia.
Those Little Things es de Ramón Mirabet, un cantautor de Barcelona que se tiró años tocando en el metro de París antes de que nadie le hiciera caso. Esa biografía se le nota en las costillas: el tío te hace un híbrido perfecto entre la chanson française, el folk americano y el aroma de cantautor mediterráneo que encaja de forma milimétrica con esa dualidad franco-española del corto. Era una canción que parecía estar esperando este anuncio para existir.
La letra te machaca como un mantra discreto: those little things. Las pequeñas cosas. Y ahí es donde el anuncio te remata. Al final, tras largarse y dejar a Laia con el molde, Reno le devuelve el guion corregido con una nota manuscrita donde admite que era un gilipollas, se reconcilia con ella y decide usar su estatus para producirle el corto. Cuando vuelve al set de rodaje, esa frase que al principio escupía llamándola «frase de libro de autoayuda» —«lo mejor de la vida está en saber disfrutar de las pequeñas cosas»— la pronuncia con una verdad y una emoción que te cortan la respiración.
Es, sin discusión, el mejor matrimonio entre imagen y música de toda la saga. Básicamente porque no te vende la postal idílica desde el segundo uno. Te enseña el viaje psicológico de un hombre que cura su cinismo a base de cerveza, una mesa al sol y la generosidad de una juventud que no le pide nada a cambio.
En 2016, todo encajó. Y conviene reconocerlo, porque las marcas normalmente meten la pata: los presupuestos no dan, la dirección creativa patina o los actores no se creen el papel. Ese año, por una de esas carambolas raras que pasan cuando aciertas todas las decisiones a la vez, el mito de Damm tocó techo.
2017 — Don't Fight It (Feel It), de AronChupa y Josh Parker, y Live Now, de Toni M. Mir.
Si el anuncio de 2016 jugaba con el realismo, la pieza de 2017 es la apuesta más arriesgada, surrealista y puramente metafórica de toda la saga Mediterráneamente. Y empieza con un golpe de efecto que en su momento dejó a medio país preguntándose lo mismo: la presencia de Peter Dinklage, en el pico absoluto de su fama mundial gracias a Juego de Tronos. ¿Qué hacía Tyrion Lannister metido en un thriller de detectives hollywoodiense que, de repente, se cruza con un drama de jóvenes en Mallorca?
La respuesta que Raúl Arévalo nos ofrece desde la dirección es una pirueta narrativa brillante: Dinklage no es una persona real. Es la voz de la conciencia del protagonista.
El cortometraje rompe con la linealidad vacacional que la saga había venido cultivando. Antón (Álvaro Cervantes) se encuentra en Ámsterdam — una ciudad gris, fría y lejana—. Se ha mudado allí persiguiendo su "sueño profesional", pero para hacerlo ha tenido que cortar los lazos con su vida mediterránea: dejar atrás a su mejor amigo y a su gran amor. La trama se activa cuando Antón debe regresar a Mallorca solo un fin de semana para vender su barca. Es ahí donde entra Peter Dinklage, un detective cínico sacado directamente del cine negro clásico al que solo el espectador y Antón pueden ver.
La genialidad de la propuesta radica en que Dinklage funciona como una proyección mental. Es un espejo incómodo que obliga a Antón a repasar sus recuerdos. A través de este detective que le sigue a todas partes, el anuncio le recuerda algo importante: la memoria es muy tramposa. "Solo quiere que recuerdes las cosas buenas", le dice Dinklage. A partir de ahí, el detective le echa en cara su cobardía, su incapacidad para comprometerse con el amor de su vida, su decisión de huir a Ámsterdam por miedo.
Aquí es donde reside la operación filosófica de 2017, y conviene reconocerla porque es de una madurez inusual para un anuncio publicitario. Damm introduce una tesis melancólica: el Mediterráneo no es eterno si no te atreves a elegirlo. No basta con recordar con nostalgia lo bien que te lo pasabas en verano mientras te congelas en el norte de Europa. Hay que decidir. Hay que comprometerse. Hay que volver. Para avanzar y vivir una vida de verdad, hay que tomar decisiones drásticas, arriesgarse, atreverse a ser feliz. En el clímax, Antón decide no subir al avión de vuelta. Elige cortar el cabo con Ámsterdam y quedarse donde late su vida.
En cuanto a la música, el cortometraje maneja una banda sonora dual absolutamente genial para separar la ficción negra de la realidad mediterránea. Por un lado tenemos Live Now, de Toni M. Mir, una pieza íntima y reflexiva que acompaña la melancolía de Antón en los momentos de introspección. Pero el verdadero motor energético del corto es Don't Fight It (Feel It), una reinterpretación del clásico de Sam Cooke producida por el sueco AronChupa e interpretada junto a Josh Parker.
Es uno de los anuncios más redondos de la saga precisamente porque se aleja de la postal complaciente del verano idílico para meterse en el terreno de las dudas vitales, los arrepentimientos y el peso de las decisiones adultas. Raúl Arévalo consiguió que la mezcla de un detective de Los Ángeles y un drama costumbrista balear no resultara ridícula, sino profundamente emotiva. Cuando Peter Dinklage sonríe, se quita las gafas de sol y le dice a Antón "tienes una vida maravillosa. Atrévete a vivirla", Damm no nos está vendiendo solo cerveza. Nos está lanzando una advertencia vital arropada por un temazo incombustible.
En 2017, la marca demostró algo importante: que su fórmula veraniega también podía hacernos pensar. Y que la sobremesa mediterránea, esa que la saga llevaba ocho años elogiando, puede llegar a ser una decisión existencial — no solo un placer estacional—.
Nueve años. Nueve canciones. Un safari por varios países nórdicos, ni un solo tema en catalán, bandazos estilísticos y una evolución que mutó del twee-pop de parvulario sueco al folk americano, pasando de puntillas por el electropop danés.
Lo que Damm consiguió en ese casi primer decenio no fue solo despachar palets de tercios. Fue inventar un género musical específico —el "indie veraniego mediterráneo"— que antes de 2009 sencillamente no existía, y que después de 2017 se ha convertido en una etiqueta comercial reconocible y clonada en toda Europa.
Como menorquín, lo sufro y lo gozo cada verano cuando vuelvo a casa: chiringuitos que te endiñan estos temas en bucle, peña cantándolos con la guitarra en las calas y parejas que se rozaron por primera vez bajo el machaque de Summercat. El anuncio ha generado una memoria afectiva colectiva con una eficacia que muy pocas operaciones culturales —y hablo de las de verdad, no de las de agencias de marketing— han logrado en las últimas décadas. Nos han inoculado los recuerdos.
El próximo artículo cubrirá los años de 2018 a 2026: la era de las crisis, los experimentos raros y la madurez a golpes. Los años en los que Damm dejó de inventar mitologías con filtros cálidos y empezó a preguntarse qué coño de Mediterráneo quería seguir defendiendo en un mundo que se va a la mierda.
Esa pregunta —y los parches que han ido ensayando durante estos últimos ocho años— es lo que de verdad merece que le metamos el bisturí. Ya no para entender una saga publicitaria con canciones pegajosas, sino para descifrar la propia idea contemporánea de qué significa, hoy en día, eso de vivir mediterráneamente.
Hasta que vuelva a abrir el melón, os dejo una recomendación honesta, sin cinismo: poned Summercat en el altavoz. Cerrad los ojos. Y volved a 2009, cuando todo esto arrancó y ninguno de nosotros tenía ni puta idea de que la broma iba a durar tanto.
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