La música es un vínculo esencial

Por
Bardají
11/2/2026

Puedo tratar de forzarlo, pero de donde no hay banda sonora no se puede sacar.

Evento relacionado
al
·

Para ti,
aún escribo tu nombre cuando pruebo un bolígrafo.

“Calling your goodbye with the safest words to

Words to use to tell me

What the answer is

In this song and dance, darling”

- Arthur Russell - Answers Me (1986)

La memoria autobiográfica es el pilar que sostiene nuestra identidad. Anhelamos una continuidad coherente sobre nuestras experiencias que justifique quiénes somos. El yo tiene exigencias narrativas. Veneramos el “érase una vez”, el nudo, el desenlace. Hacemos las cosas por la trama. Necesitamos –quizás más que el aire– una estructura lineal que nos permita presentarnos como suma de un pasado y presente moldeado, ahora reinterpretado.

Aunque cambiemos, olvidemos y perdamos, esa suma aparentemente inconexa de recuerdos y objetos nos da cohesión identitaria. Nos vemos en los álbumes de fotos, en las listas de reproducción, y pensamos: “soy yo”. No soy ninguna y soy todas. Soy su decadencia y su progresión. Están todas muertas y vivas. Prescritas y por escribir.

El recuerdo es maleable, difícilmente comprobable. No es más que la eterna edición de la transcripción del momento. Recordamos y narramos el mismo episodio, el mismo amor, pero lo retorcemos según el contexto y el oyente. Es una paranoia agotadora, pero lo que entendemos por nuestra vida es una traducción eternamente deformada de la experiencia. Es arcilla que nunca seca. El tópico se impone: no recordamos lo vivido, sino la última vez que lo recordamos, que lo exageramos. Somos tiempo y percepción.

En la reminiscencia, enlazamos contexto y emoción. Creamos versiones remasterizadas, apelando a la banda sonora. Con los otoños, los detalles perceptivos y emocionales se van acumulando. Los sonidos, dolores y olores se enredan con la veracidad del recuerdo. Nuestra vida se vuelve una historia escacharrada. Hay días en los que creo que nos quisimos más y nos hicimos sufrir menos. Por mucho detalle y convicción que aportemos en la narración; por mucho esfuerzo que invirtamos, nadie puede garantizar su sujeción a la realidad. Somos la peli que nos contamos.

Nos permitimos esa licencia artística. Reconocemos que nuestra selección puede no coincidir con la de la contraparte. Quizás no nos quisimos tanto. Quizás nuestro “gran amor” sea exagerado. Quizás no bailamos Los Jaibos, sino Los Panchos. Pero es irrelevante, porque si suena Toda una vida, todavía pienso en ti. 

Cada uno hace su propia documentación histórica y la archiva. Como testigos, nos aferramos a fragmentos del instante para retener el tiempo perdido. En cada narración póstuma, todo vuelve. Sumamos nuestras percepciones y nos acercamos a algo que se asemeje a la verdad. La rozamos sin tocarla. Somos límites matemáticos.

Es bello recurrir a la música para recordar, para trazar un vínculo, para decir lo que no sabemos pronunciar. Es un hilo biográfico, un arco del personaje. Es una forma de crear batallas, de fraguar identidades. Es el “lololó” con todo el pueblo, y el “te quiero” en el baño. Toda película, toda vida, tiene banda sonora.

Sientes más cerca a aquellos con los que hoy escuchas en altavoz lo que un día sólo sonó en tus cascos. En una cita, hablas de cómo convertiste ese álbum en tu personalidad para desvelar quién fuiste. Preguntas con qué álbum llora para saber quién es. Con tus amigas, recuerdas la canción que bailasteis cuando os colasteis en ese garito siendo menores. Con tu madre, lo que sonaba cuando te llevaba al colegio. Con tu ex, no sé qué decir. Quizá es mejor que un ex nunca te ponga delante el acuerdo de custodia compartida musical.

Aunque también puede que olvides, que busques entre los cajones qué escuchaba tu padre y seas incapaz de recuperarlo. Puede que olvides aquella coreografía que montaste con tu hermana. Puede que no sepas cuál fue el primer CD que compraste, ni qué escuchaste para salir del último episodio depresivo. Y te lapidas. Olvidarlo es perder trozos de ti misma por el camino.

Un día, quizás, te das licencia para recordar. Un martes cualquiera, acudes a esa lista de reproducción que hicisteis después de aquel viaje. Te plantas ahí esperando que te detone mil bombas, que te mutile, que te traiga todo lo que tú no puedes encontrar. Pero terminas por sujetarte las entrañas: hay canciones que no recuerdas ni por qué te hicieron feliz. Ex post, te paras, y piensas: “joder, es que me he olvidado hasta de ti”.

Sin embargo, el olvido no es la antítesis de la memoria. No borra el recuerdo, sólo lo oculta. Olvidar es un espectro progresivo y reparable, que aun así nos tortura. Para los griegos, era uno de los cinco ríos del Inframundo. Beber de las aguas del Leteo provocaba la pérdida inmediata de los recuerdos; permitiendo a los muertos una reencarnación en la que no recordasen sus vidas pasadas. Comprensible metáfora.

Desde las garras del duelo, la memoria es un abismo al que no siempre conviene asomarse. Hay muchas curvas del recuerdo plagadas de señales de aviso por posible desprendimiento emocional. Por mucho arnés que nos sujete, por mucha píldora de la demencia que traguemos, hay intersecciones en las que el pasado nos tiende una emboscada. Todos hemos anhelado lanzarnos de cabeza a sus corrientes, con piedras atadas al cuello, suplicando olvidar, para sólo así poder resucitar.

Si bien, si algo se olvida –bien por supervivencia, por selección neurocognitiva o por error– esto no significa que el recuerdo se haya arrojado al Tártaro. Con el detonante correcto, en el momento más inesperado, te pega un tiro estilo Soprano. Pensabas que habías olvidado, pero te pusieron la canción. Ni siquiera sabes cuál es, pero aún te sabes la letra. 

Las compuertas se abren, y te inundan no sólo las imágenes sino también las sensaciones. Las vísceras se incendian. El pulso se acelera. La bilis se te atraganta. Las notas actúan como pólvora, como conectores. No sólo recuerdas; revives, mueres. El corpus de la neurociencia define este asalto como “memoria involuntaria”, Proust como una magdalena, y yo como una putada cerebral. 

La música es, junto con el olor, el detonante más lacerante. Para bien o para mal, con el control del altavoz, podemos ser los directores de la orquesta del duelo eventual, del after. Podemos producir y componer la banda sonora, preconstituir prueba ante la ausencia. Nos da control sobre cómo queremos recordar, cómo nos queremos tatuar. Quizás lo hagamos con premeditación y alevosía, poniendo canciones a la cola de la nostalgia, de la melancolía. 

Si la carga eléctrica y emocional es la correcta, miraremos la lista de reproducción y sabremos que ese setlist porta el autógrafo de aquella emoción, aquella compañía. Admitimos que, de ahora en adelante, si escuchamos ciertos acordes, buscaremos desesperadas a nuestras amigas en el bar para perrear; que nos subiremos a una tarima desde la que corear “otra oportunidad”. Analizamos las canciones que hemos añadido a la cola y, antes de que suenen, ya anhelamos el tiempo perdido. “Jesús se angustió profundamente y afirmó: – les aseguro que uno de ustedes me va a traicionar”. Amén.

Esta fusión entre la música y la intimidad es un prerrequisito para entrar en mi bar. Su ausencia cava una trinchera que me separa del Otro de forma terminal. Me es imposible trazar conexiones sinceras en las que la música no sea un pilar. Es el hilo de mi identidad. Creo que la gran tragedia moderna es amar sin música diegética. Puedo tratar de forzarlo, pero de donde no hay banda sonora no se puede sacar.

Me aterroriza cerrar puertas de vínculos en silencio, saliendo a hurtadillas de madrugada, sin llevarme como souvenir un disco que convierta al Otro en mi miembro fantasma. Ansío que llegue el Wrapped y me apuñale con: “el día que lo dejasteis escuchaste Liability 516 veces”. Mi mayor fobia sería verme abocada a recurrir a la generalidad, a la marca blanca musical, al Top 50 España, con tal de evocar.

El pasado se desvanece, pero no nos abandona. Si la memoria autobiográfica es un prerrequisito de la representación mental del yo, evocarlo es lo que nos da continuidad. Creo en el “debí tirar más fotos”, pero también considero que es un dogma incompleto, que aspira a más. El detonante de la memoria involuntaria es sensorial, por lo que es un imperativo moral cosechar nostalgia musical.

Debí ir a más conciertos, incluso sola. Debí escuchar sus recomendaciones. Debí cantar más, más alto. Debí sacarte a bailar, quedarme hasta el cierre. Debí traer el altavoz. Debí guardar el iPod nano. Debí haber hecho más Shazam. Debí admitirle que si suena esto, al contacto cero le sigue un “pero”.

En cuanto a la imagen, las redes sociales promueven la eterna captura de la vivencia. Entendemos que el momento se esfuma, que una imagen vale más que mil palabras. Pero eso obvia el rol identitario del sonido a la hora de borrar las fronteras entre pasado y presente. Falta reivindicar que la música contiene y retiene nuestra vida.

Deberíamos admitir que hay temas que forman parte de nuestro setlist vital, que hay ausencias que nos sumen en un asfixiante silencio emocional. Sólo porque quizá merezca la pena reconocer que hay personas que son samples en nuestra identidad. Al fin y al cabo, la música es un vínculo esencial.

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Puedo tratar de forzarlo, pero de donde no hay banda sonora no se puede sacar.
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Para ti,
aún escribo tu nombre cuando pruebo un bolígrafo.

“Calling your goodbye with the safest words to

Words to use to tell me

What the answer is

In this song and dance, darling”

- Arthur Russell - Answers Me (1986)

La memoria autobiográfica es el pilar que sostiene nuestra identidad. Anhelamos una continuidad coherente sobre nuestras experiencias que justifique quiénes somos. El yo tiene exigencias narrativas. Veneramos el “érase una vez”, el nudo, el desenlace. Hacemos las cosas por la trama. Necesitamos –quizás más que el aire– una estructura lineal que nos permita presentarnos como suma de un pasado y presente moldeado, ahora reinterpretado.

Aunque cambiemos, olvidemos y perdamos, esa suma aparentemente inconexa de recuerdos y objetos nos da cohesión identitaria. Nos vemos en los álbumes de fotos, en las listas de reproducción, y pensamos: “soy yo”. No soy ninguna y soy todas. Soy su decadencia y su progresión. Están todas muertas y vivas. Prescritas y por escribir.

El recuerdo es maleable, difícilmente comprobable. No es más que la eterna edición de la transcripción del momento. Recordamos y narramos el mismo episodio, el mismo amor, pero lo retorcemos según el contexto y el oyente. Es una paranoia agotadora, pero lo que entendemos por nuestra vida es una traducción eternamente deformada de la experiencia. Es arcilla que nunca seca. El tópico se impone: no recordamos lo vivido, sino la última vez que lo recordamos, que lo exageramos. Somos tiempo y percepción.

En la reminiscencia, enlazamos contexto y emoción. Creamos versiones remasterizadas, apelando a la banda sonora. Con los otoños, los detalles perceptivos y emocionales se van acumulando. Los sonidos, dolores y olores se enredan con la veracidad del recuerdo. Nuestra vida se vuelve una historia escacharrada. Hay días en los que creo que nos quisimos más y nos hicimos sufrir menos. Por mucho detalle y convicción que aportemos en la narración; por mucho esfuerzo que invirtamos, nadie puede garantizar su sujeción a la realidad. Somos la peli que nos contamos.

Nos permitimos esa licencia artística. Reconocemos que nuestra selección puede no coincidir con la de la contraparte. Quizás no nos quisimos tanto. Quizás nuestro “gran amor” sea exagerado. Quizás no bailamos Los Jaibos, sino Los Panchos. Pero es irrelevante, porque si suena Toda una vida, todavía pienso en ti. 

Cada uno hace su propia documentación histórica y la archiva. Como testigos, nos aferramos a fragmentos del instante para retener el tiempo perdido. En cada narración póstuma, todo vuelve. Sumamos nuestras percepciones y nos acercamos a algo que se asemeje a la verdad. La rozamos sin tocarla. Somos límites matemáticos.

Es bello recurrir a la música para recordar, para trazar un vínculo, para decir lo que no sabemos pronunciar. Es un hilo biográfico, un arco del personaje. Es una forma de crear batallas, de fraguar identidades. Es el “lololó” con todo el pueblo, y el “te quiero” en el baño. Toda película, toda vida, tiene banda sonora.

Sientes más cerca a aquellos con los que hoy escuchas en altavoz lo que un día sólo sonó en tus cascos. En una cita, hablas de cómo convertiste ese álbum en tu personalidad para desvelar quién fuiste. Preguntas con qué álbum llora para saber quién es. Con tus amigas, recuerdas la canción que bailasteis cuando os colasteis en ese garito siendo menores. Con tu madre, lo que sonaba cuando te llevaba al colegio. Con tu ex, no sé qué decir. Quizá es mejor que un ex nunca te ponga delante el acuerdo de custodia compartida musical.

Aunque también puede que olvides, que busques entre los cajones qué escuchaba tu padre y seas incapaz de recuperarlo. Puede que olvides aquella coreografía que montaste con tu hermana. Puede que no sepas cuál fue el primer CD que compraste, ni qué escuchaste para salir del último episodio depresivo. Y te lapidas. Olvidarlo es perder trozos de ti misma por el camino.

Un día, quizás, te das licencia para recordar. Un martes cualquiera, acudes a esa lista de reproducción que hicisteis después de aquel viaje. Te plantas ahí esperando que te detone mil bombas, que te mutile, que te traiga todo lo que tú no puedes encontrar. Pero terminas por sujetarte las entrañas: hay canciones que no recuerdas ni por qué te hicieron feliz. Ex post, te paras, y piensas: “joder, es que me he olvidado hasta de ti”.

Sin embargo, el olvido no es la antítesis de la memoria. No borra el recuerdo, sólo lo oculta. Olvidar es un espectro progresivo y reparable, que aun así nos tortura. Para los griegos, era uno de los cinco ríos del Inframundo. Beber de las aguas del Leteo provocaba la pérdida inmediata de los recuerdos; permitiendo a los muertos una reencarnación en la que no recordasen sus vidas pasadas. Comprensible metáfora.

Desde las garras del duelo, la memoria es un abismo al que no siempre conviene asomarse. Hay muchas curvas del recuerdo plagadas de señales de aviso por posible desprendimiento emocional. Por mucho arnés que nos sujete, por mucha píldora de la demencia que traguemos, hay intersecciones en las que el pasado nos tiende una emboscada. Todos hemos anhelado lanzarnos de cabeza a sus corrientes, con piedras atadas al cuello, suplicando olvidar, para sólo así poder resucitar.

Si bien, si algo se olvida –bien por supervivencia, por selección neurocognitiva o por error– esto no significa que el recuerdo se haya arrojado al Tártaro. Con el detonante correcto, en el momento más inesperado, te pega un tiro estilo Soprano. Pensabas que habías olvidado, pero te pusieron la canción. Ni siquiera sabes cuál es, pero aún te sabes la letra. 

Las compuertas se abren, y te inundan no sólo las imágenes sino también las sensaciones. Las vísceras se incendian. El pulso se acelera. La bilis se te atraganta. Las notas actúan como pólvora, como conectores. No sólo recuerdas; revives, mueres. El corpus de la neurociencia define este asalto como “memoria involuntaria”, Proust como una magdalena, y yo como una putada cerebral. 

La música es, junto con el olor, el detonante más lacerante. Para bien o para mal, con el control del altavoz, podemos ser los directores de la orquesta del duelo eventual, del after. Podemos producir y componer la banda sonora, preconstituir prueba ante la ausencia. Nos da control sobre cómo queremos recordar, cómo nos queremos tatuar. Quizás lo hagamos con premeditación y alevosía, poniendo canciones a la cola de la nostalgia, de la melancolía. 

Si la carga eléctrica y emocional es la correcta, miraremos la lista de reproducción y sabremos que ese setlist porta el autógrafo de aquella emoción, aquella compañía. Admitimos que, de ahora en adelante, si escuchamos ciertos acordes, buscaremos desesperadas a nuestras amigas en el bar para perrear; que nos subiremos a una tarima desde la que corear “otra oportunidad”. Analizamos las canciones que hemos añadido a la cola y, antes de que suenen, ya anhelamos el tiempo perdido. “Jesús se angustió profundamente y afirmó: – les aseguro que uno de ustedes me va a traicionar”. Amén.

Esta fusión entre la música y la intimidad es un prerrequisito para entrar en mi bar. Su ausencia cava una trinchera que me separa del Otro de forma terminal. Me es imposible trazar conexiones sinceras en las que la música no sea un pilar. Es el hilo de mi identidad. Creo que la gran tragedia moderna es amar sin música diegética. Puedo tratar de forzarlo, pero de donde no hay banda sonora no se puede sacar.

Me aterroriza cerrar puertas de vínculos en silencio, saliendo a hurtadillas de madrugada, sin llevarme como souvenir un disco que convierta al Otro en mi miembro fantasma. Ansío que llegue el Wrapped y me apuñale con: “el día que lo dejasteis escuchaste Liability 516 veces”. Mi mayor fobia sería verme abocada a recurrir a la generalidad, a la marca blanca musical, al Top 50 España, con tal de evocar.

El pasado se desvanece, pero no nos abandona. Si la memoria autobiográfica es un prerrequisito de la representación mental del yo, evocarlo es lo que nos da continuidad. Creo en el “debí tirar más fotos”, pero también considero que es un dogma incompleto, que aspira a más. El detonante de la memoria involuntaria es sensorial, por lo que es un imperativo moral cosechar nostalgia musical.

Debí ir a más conciertos, incluso sola. Debí escuchar sus recomendaciones. Debí cantar más, más alto. Debí sacarte a bailar, quedarme hasta el cierre. Debí traer el altavoz. Debí guardar el iPod nano. Debí haber hecho más Shazam. Debí admitirle que si suena esto, al contacto cero le sigue un “pero”.

En cuanto a la imagen, las redes sociales promueven la eterna captura de la vivencia. Entendemos que el momento se esfuma, que una imagen vale más que mil palabras. Pero eso obvia el rol identitario del sonido a la hora de borrar las fronteras entre pasado y presente. Falta reivindicar que la música contiene y retiene nuestra vida.

Deberíamos admitir que hay temas que forman parte de nuestro setlist vital, que hay ausencias que nos sumen en un asfixiante silencio emocional. Sólo porque quizá merezca la pena reconocer que hay personas que son samples en nuestra identidad. Al fin y al cabo, la música es un vínculo esencial.

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