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HARRIA marca el camino
Ya tiene parroquia: los de los jueves, los de los viernes, los que bajan “a tomar una y nos vamos” y acaban cenando entre risas
27 de febrero 2026
En "el cogollo del meollo del bollo" de Oviedín, en una plaza del Fontán que respira vida, mercado, oventensidad y bullicio por todos sus flancos, ha prendido una liturgia nueva. Se llama HARRIA OYSTER BAR y, aunque apenas lleva pocos meses con la persiana levantada, ya funciona como esos lugares que parecen haber estado siempre. Un bar de ostras, vinos, mariscos y conservas en el corazón de Asturias: la herejía perfecta. Y, sin embargo, el éxito.
Detrás de la barra está Marcos García Blanco, vasco de Bilbao, hedonista confeso, domador de ambientes. Hay tipos que dan de beber y otros, como él, que crean escenas y ambientes. A su barra peregrinamos con devoción laica, alternando de pie, cambiando de mesa, conversando con desconocidos que pronto se vuelven amigos. La gastronomía como punto de encuentro, la barra como plaza pública.
La historia empieza lejos del Cantábrico. Hace cuatro años, en Tarifa, Marcos levantó The Little Oyster, un ensayo general de lo que hoy es HARRIA. “Soy un loco del comer y el beber”, dice sin impostura. Después de mucho mantel y ceremonia, quiso otra cosa: producto excelso, sí, pero sin corsé; calidad sin rigidez; placer sin protocolo. Años de sur, viento y salitre, hasta que el norte tiró de la sangre. De Bilbao a Asturias, con Bárbara —asturiana— como cómplice y brújula sentimental. El Fontán apareció casi como una epifanía: “Tuve la suerte de que me apareció este local. Y dije: aquí”.
HARRIA —piedra en euskera— no es una metáfora gratuita. Hay algo sólido en el proyecto, una convicción que no se finge. Once, doce clases de ostras —francesas, irlandesas, portuguesas— que se abren como quien descorre una cortina y se asoma al mar. También las gildas, hasta once variaciones que convocan el vino como campana de salida. Y el vino. Ay, el vino. Nada comercial, nada obvio: pequeños viticultores, botellas que cuentan historias antes de descorcharse.
Marcos abre y sirve una ostra, observa el gesto del comensal como quien espera el veredicto de un jurado íntimo. Quiere ver la sorpresa, el silencio breve, la sonrisa que confirma que todo ha merecido la pena. “Para mí lo más importante es que alucinen”, resume. Y alucinan.
HARRIA ya tiene parroquia: los de los jueves, los de los viernes, los que bajan “a tomar una y nos vamos” y acaban cenando entre risas. Se ha creado una sinergia rara y hermosa: clientes que son familia, familia que lo es todo. En una ciudad donde el mantel pesa como tradición, propone la ligereza de la barra sin renunciar a la excelencia. Comer de pie, alternar, picar aquí y allá. Disfrutar sin solemnidad. Aquí se viene a beber bien, a comer mejor y, sobre todo, a celebrar que la vida sabe como a mar cuando se comparte.
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