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Cuando la barriga era un trofeo
Llevaban a gala y con orgullo la protuberancia de su tripa, como la mayor inversión de su vida, a lo que le habían entregado más tiempo y dinero.
10 de julio 2026
Llevaban a gala y con orgullo la protuberancia de su tripa, como la mayor inversión de su vida, a lo que le habían entregado más tiempo y dinero.
Crecí en un mundo que no era tal, pero en los dibujos que veía y las viñetas de la prensa se seguían representando los ricos con barriga prominente, sombrero de copa y un gran cigarro entre sus dedos. Personajes pantagruélicos que lo único que querían en su existencia era sumar, “más, más, más”. Donde el tío Gilito se zambullía de cabeza en su oro, tenía la avaricia por bandera y disfrutaba de comidas gloriosas y pecaminosas a la vez, porque es algo que suele estar muy ligado. Estudié a sátrapas y reyes opíparos, que con sus banquetes mostraban su poder a la vez que disfrutaban y creaban la Historia. Repudié y me quedé admirado de Jesús Gil y esa barriga que parecía que quería independizarse de su dueño a cada paso. Conocí y compartí mesa con amigos de mis padres, padres de mis colegas y gente dispar que llevaban a gala y con orgullo la protuberancia de su tripa, como la mayor inversión de su vida, a lo que le habían entregado más tiempo y dinero, sabiendo, además, que a ellos se lo estaba restando.
Ese mundo donde todo aquel que aspirase a la felicidad, el estatus y reconocimiento tenía que franqueárselo, en los últimos años de su vida, adquiriendo cada vez más tejido adiposo. Gordos poderosos y alegres, que conseguían hacer de todo su empeño laboral una razón para el hedonismo y una hernia umbilical.
Tantos momentos así, afianzando estas convicciones y forjando ficciones y esperanzas de resistir, hasta ahora. En este mundo líquido y frágil, cercano a la distopía, pensé que esa simbología permanecería intacta hasta que llegó el Ozempic y demás medicamentos para cambiar aquello en lo que forjábamos nuestro futuro.
Ahora son los pobres los pasados de peso, ya no por tratar de alcanzar el imposible placer a cada bocado, sino porque no consiguen alimentarse de una forma correcta, porque tienen que recurrir a productos ultraprocesados y de la peor calidad, porque no tienen la capacidad de formarse en el disfrute que es comer, en saber que es mucho más que alimentarse para seguir vivos y que alguien se aproveche de su trabajo. La obesidad ha dejado de ser un signo de abundancia para convertirse en un síntoma de desigualdad.
Nunca ha sido tan fácil llevar una talla S y tan difícil pasarlo bien. “Más ‘cierraelpic’ y menos Ozempic”, que dice siempre Rosa Belmonte. Hicimos de la comida un signo de rango, para tratar de acabar con todo para verse bien en los segundos de fama que regalan sin cesar las redes sociales.
Ya no prevalece ni el michelín. Durante siglos la barriga fue un trofeo y ahora un fracaso. Menuda la que estamos liando.
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