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El Mundial es mejor en los bares
La mejor forma posible de disfrutarlo.
19 de junio 2026
Con la llegada del Mundial, por mucho que con el paso del tiempo uno se vaya desenganchando del fútbol y de esa pasión infantil y juvenil que lo inundaba todo de balón, vuelvo a sentir esa pasión primigenia por el deporte rey. Uno se ilusiona con España, como no puede ser de otra manera y por poco o nada nacionalista que se sea, pero también simpatizamos con otros combinados que sentimos afines o tienen jugadores a los que admiramos. Por esto, una competición sin Italia pierde emoción, belleza y elegancia. Lo peor es que hay una generación entera que no sabe de qué estoy hablando, doce años sin esos trajes impolutos camino del estadio hacen que proliferen atrocidades tales como el chándal de yonki o el traje de Loewe de la Selección.
Los partidos se viven de muchas maneras, allá cada uno, pero quizá la mejor forma posible -de no estar disfrutándolo desde la grada- sea con una cerveza helada en la mano, rodeado de amigos y en el bar de confianza. Es cierto que una pantalla enorme engrandece la experiencia, pero es algo que el entorno y lo que tomemos pueden paliar ciertas deficiencias de emisión y visibilidad.
La Selección Española de fútbol es capaz de reunir, gracias a un balón y frente a una pantalla, a todas las Españas posibles, funcionando como lubricante y evitando todas las fricciones que genera la política, el trabajo, la vida en general. Los mundiales son ese alivio que cada cuatro años hace que seamos menos cainitas, que abramos nuestra mente y disfrutemos de un fútbol que no conocemos y que abandonemos los localismos y momentáneamente a nuestros equipos —se puede cambiar de todo menos de pasión— para remar y apoyar en una sola dirección, para que disfrutemos todos bajo unos mismos colores.
Aquí es donde los bares brillan, como punto de encuentro y reunión de una manada dispersa que bajo el cobijo de la barra puede entregarse al completo a apoyar a los suyos, crear vínculos y soñar con alzarse con la copa y volver a ser felices y eternos durante unas horas.
Frente a la duda de si quedarte en casa o no para ver el siguiente encuentro, vence a la pereza, lánzate a la calle y comparte esa comunión total de verlo rodeado de gente. Si son tus colegas: sublime. Pero si no, déjate mezclar con los demás parroquianos, ábrete y comenta las jugadas sin miedo a hacer el ridículo —todos llevamos un seleccionador nacional dentro— para acabar, tras el momento del gol y la victoria, en pleno orgasmo balompédico bañado por birra.
El Mundial, como casi todo, es mejor en los bares y rodeado de gente a la que sientes cerca.
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