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Nada le puede salir mal a una España que bebe así
Marcos Llorente fue el encargado de proveer de los mejores vinos a los futbolistas españoles mientras celebraban la Copa del Mundo.
24 de julio 2026
Cuando uno era un joven confuso e inexperto soñaba con ganar el Mundial, reventar Las Ventas, conquistar Roland Garros o llegar a los Campos Elíseos con el maillot amarillo. Ahora que ya han pasado algunos años, sigo soñando lo mismo y envidiando a esos tipos que alcanzan la gloria. Pero también lo hago con la bodega de Marcos Llorente, lejos de conspiraciones, luces rojas y demás devaneos intelectuales del futbolista, lo que hay que aprender de este tipo es a beber.
Fue él el encargado de proveer de los mejores vinos a los futbolistas españoles mientras celebraban la Copa del Mundo por las calles de un Madrid ardiente. Me gusta que además de ganar sepan festejar, se entreguen al desenfreno y muestren su lado más natural y placentero. Media España se mamó tras verlo en televisión, ellos, que son los protagonistas, con más motivo.
Llorente eligió varias joyas para el momento, todo de origen francés, porque no hay nada más de aquí que aprovecharse de lo bueno que tiene tu vecino. Se decantó por un blanco y una selección inigualable de champán, que, como dice Guardiola: “Es lo mejor que se puede beber en cualquier ocasión”. Además de conseguir la segunda, bebieron estrellas. Nada le puede salir mal a una España que bebe así.
El blanco era un Meursault 2016 de Coche-Dury, una botella de culto que para muchos aficionados representa la cima de la Borgoña. Chardonnay desnudo, sin maquillaje, elaborado por un productor convertido en leyenda, con una producción tan escasa como codiciada. Hay quien espera años por una botella y quien paga por ella lo mismo que por unas vacaciones. Un vino para celebrar que acababan de hacer historia.
Después llegaron las burbujas, y ahí quedó clara la excelencia. Salon S 1997 Le Mesnil Blanc de Blancs Brut, ese champán que sólo nace cuando la cosecha merece la pena y que presume de no necesitar mezclas para rozar la perfección. Un Krug Grande Cuvée, complejo, profundo e inconfundible; donde cada botella parece contener décadas de paciencia. Un Cristal de Louis Roederer, nacido para los zares rusos y convertido con el tiempo en uno de los favoritos de Julio Iglesias y de todos aquellos que pueden pagarlo. Y un Perrier-Jouët Belle Époque, elegante y reconocible incluso antes de descorcharlo por las anémonas que decoran su casco.
Nada de postureo ni etiquetas escogidas por Instagram, había conocimiento, gusto y una selección que cualquier gran sumiller firmaría sin pestañear. Eso sí, hay que rascarse bien la cartera.
Las victorias también se cuentan por cómo se celebran. España fue campeona y brindó sin complejos, con alegría y con esa felicidad desordenada que solo aparece cuando todo un país empuja en la misma dirección. Ojalá más días así. Menos trincheras y más copas compartidas, menos empeño en dividirlo todo y más hedonismo y orgullo.
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