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Apoteosis en el Café Central
Entre amigos, calamares y patatas, todo de verdad, uno descubre que la felicidad tampoco necesita demasiados argumentos.
14 de agosto 2026
Hay sabores, sensaciones, placeres, que uno se encuentra de repente. O más bien, ellos te encuentran a ti, te atrapan y permanecen ya para siempre como un brillo de luz en el pensamiento y las papilas gustativas.
Ayer, tras un vermú y reencuentro con amigos en el Café central en Gijón, decidimos picar algo, porque el reloj pasaba de las tres y los días de verano son muy largos. En dos mesas altas, que usamos previamente para unas cañas, alguna manzanilla y algo de vermú; organizamos la comida. Todo sobre la marcha, pero la convicción de que en esa casa siempre dan bien de comer, de que no nos iban a dejar desatendidos y hambrientos. Ni a nosotros ni a nadie que traspase esa puerta giratoria que recibe en el café y que hace a uno sentirse como si fuese un ciudadano del Imperio Austrohúngaro y dota de cierta nobleza y buen gusto.
Vimos pasar unos calamares en su tinta, y no dudamos en pedirlos. La fuente blanca y esa negrura de la tinta brillante y azabache aprehendió las miradas de todos los parroquianos de esta catedral del comercio y del bebercio. A ello se unió el rollo de bonito, que es también uno de los triunfadores de cada verano.
Los calamares, cortados en trozos pequeños, tersos y suaves, sabrosos y equilibrados, obscuros y lúcidos, eran una delicia que mejoraban a la vez que la ración llegaba a su fin. Venían acompañados de unas patatas (de las de verdad) doradas, crujientes y con el punto de sal correcto para no conquistar el sabor del principal. Qué disfrute con cada bocado, que apoteosis sencilla y sublime organizada sobre la marcha y sostenida por Esther y su maestría a los fogones. Cuántos recuerdos y ese sabor a casa golpeando en la puerta de la nostalgia.
Sencillez, buena mano y gran producto, no hace falta mucho más para dar de comer espectacular y fundar un lugar de referencia gastronómica en Gijón, un sitio donde se guisa de comer y se maneja la coctelería de forma clásica, precisa y refinada. El punto de encuentro perfecto para cualquier ocasión, pero más ahora que es verano y la ciudad exprime sus fiestas, donde todos los momentos son los perfectos y necesarios para celebrar.
Y así, entre amigos, calamares y patatas, todo de verdad, uno descubre que la felicidad tampoco necesita demasiados argumentos. A veces basta una mesa, una cocina que sabe lo que hace y una tarde de verano que se alarga sin pedir permiso. Lo demás es hambre y memoria.
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