Gastronomía

Hay fines de semana que caben enteros en una barra

Sirva esto como mi pequeño agradecimiento a todos estos lugares a los que llamo a horas tardías y siempre me reciben con los brazos abiertos.

25 de septiembre 2026


El viernes nos asomamos al fin de semana con todo el cansancio de la rutina convertido en ganas de pasarlo bien, tirarnos a la calle y asaltar los bares. Un sábado cualquiera puede empezar saliendo a mediodía y que poco a poco, aquello se convierta en un vermut torero y termine bastante después de lo previsto. Aparece entonces, como un pokemon mitológico, ese colega que plantea comer algo, ese al que en principio todos miramos con desdén pero después le debemos la salvación.

Aquí, cuando el reloj ya pasa de las cuatro de la tarde, surge la peripecia de lo imposible que puede ser encontrar un sitio en Oviedo para saciar el hambre que da brindar con los amigos. Es una tarea complicada, pero hay barras que nunca fallan.

No hablo de la barra como último recurso, sino como un sitio estupendo para picar y compartir. Sin mantel, sin demasiadas ceremonias y, sobre todo, con esa sensación de que todavía queda tarde por delante y estamos aprovechando el día al máximo.

En Casa Ramón, por ejemplo, Nacho te hace un hueco de última hora y unas croquetas, los fritos de pixín más ricos o unas gambas de Huelva te resuelven magníficamente la situación. El Félix siempre tiene dispuesta la esquina frente a la ventana: un poco pantruque y unos calamares hacen exactamente la misma función. Y luego está El Ovetense, que tiene algunas de esas cosas que uno sabe que siempre funcionan. Empezando por Ana y Natalia, que es imposible ser más majas ni atender mejor; continuando por su pollo al ajillo, el mejor pollo del mundo sin certezas pero tampoco dudas y acabando con el jamón asado al estilo Serafín, ese jamón que pide pan cerca para navegar su salsa a bocados.

Comida de barra, buena, rica, sin complicaciones, siempre gozosa y acompañada de una buena charla y unas risas. Ahí, también, está buena parte de su encanto.

Sin olvidar nunca a los buenos camareros –amigos muchos ya­– que intentan y consiguen que uno se sienta cómodo incluso cuando llega a deshora y con el sitio petado, que siempre hacen sitio para que en un pequeño hueco disfrutemos de una gran experiencia y cojamos fuerzas para enfocar la tarde.

Sirva esto como mi pequeño agradecimiento a todos estos lugares a los que llamo a horas tardías y días imposibles y siempre me reciben con los brazos abiertos. Gracias.


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