Gastronomía

Pimientos y piparras

Todo empezó a cambiar sobre agosto. La copiosidad ocasionaba que las plantas arquearan el tallo por el peso.

16 de octubre 2026


La huerta hace que sienta la corporeidad a borbotones, que la condición de ser racional que acompaña a todos los humanos, por tanto también a mí, me abandone por momentos y me sienta un animal movido por instintos y con tierra húmeda entre mis manos. Una atracción, una pulsión atávica que hace que ese terruño me atrape y me convierta en salvaje para luego mostrarme cabal, lógico y ecuánime. El trabajo físico y manual con los aperos, por una subsistencia digamos que cuasi autónoma, logra que los dedos corran más veloces sobre el teclado mientras son azuzados por la cabeza.

Este cuidado y observación hortícola centran mi interés durante varios meses: pendiente del agua, del sol, del crecimiento, de los depredadores y plagas. De la idea que uno tiene en julio a lo que luego se da, puede haber un abismo. Las plantas no sé si son sabias, pero sí delicadas y caprichosas. Las hay más, como el tomate, y menos, como el calabacín, que si uno se descuida y no regala los suficientes, pasa todo el verano alimentándose de ellos.

Las alegrías también están presentes. Y me dirán que en qué clase de hombre me he convertido para que un simple huerto me dé alegrías, pues ya ven. Este año, por encima de todo, los responsables son las piparras y los pimientos de Padrón –ya sé que, en verdad, son de Hebrón. Cuando los plantamos, decidimos hacerlo en una cantidad muy similar. Las plantas crecían, pero parecía que la cosecha se retrasaba, que no generaban tanta producción como los años anteriores. La razón no la sabíamos, aunque padecíamos su escasez y disfrutábamos como se disfruta lo bueno cuando hay poco: con entrega y deleite.

Todo empezó a cambiar sobre agosto, pimientos y piparras brotaban profusamente de las lánguidas ramas. Los frutos se engrosaban y alternaban con flores pendientes de convertirse en ellos. La copiosidad ocasionaba que las plantas arquearan el tallo por el peso. Un desliz a la hora de recolectar, unos días fuera, y aquellas pequeñas matas lucían como pequeños árboles navideños cargados de alamares.

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Esperábamos que en septiembre, con el invierno mandando ya sus primeros batallones del pasmo, todo fuese a menos. Nos equivocamos. Con este otoño disfrazado de verano, siguen dando y dando: cestas y bolsas enteras cada vez que vamos a recolectar. Desconozco hasta cuándo va a seguir dándose esta situación, no obstante quiero confiar en que no se acaben nunca, que permanezcan estas pimenteras para siempre. Ya sé que va a ser un deseo difícil de cumplir: para eso está la fe. 

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