Gastronomía

El otoño está para comérselo

Estos meses que pueden parecer tristes, taciturnos y sombríos se convierten en un regocijo para los sentidos, pero para ninguno tanto como el del gusto

6 de noviembre 2026


Entre vermús al sol, comidas en terraza y sobremesas en las que cuando uno salía no hacía falta ponerse chaqueta nos sorprendió el frío y el cambio de hora. Llegaron como esa banda de guante blanco que trata de arrebatarnos cierta felicidad y vida, pero que apenas podían hacer nada porque sabíamos de su llegada, esperábamos con cierta incredulidad que intentasen dar el golpe antes.

Nos despertamos y llegamos a casa de noche, con una oscuridad asimilada, lúgubre y cargada de santos. También con bostezos, y una galbana, producida por el cambio de hora, que ni Mariano Rajoy.

Y en estos días, ¿dónde queda el hueco para el disfrute? Pues, sobre todo, en el paisaje salpicado de colores ocres y amarillos tostados como un buen Zacapa y en la gastronomía, que siempre nos salva como ese asidero perenne del disfrute.

El otoño, como la vida, es maravilloso si uno sabe contemplarlo con el prisma adecuado. Donde las primeras nieves crean la ilusión de un invierno blanco y maravilloso, logrando que todo sea más bonito y aprendamos a mirar.

Brotan las setas, transformando los montes en mapas del tesoro; las trufas aparecen en los escaparates de los mercados, como esa joya absoluta que son; ‘debuyamos’ las primeras fabas, con toda la expectación de la espera; vuelve la caza, con esos guisos con sabor a monte y unos pájaros sabrosos y escurridizos en la boca; las berzas crecen altas, con hojas tersas y sabrosas; los oricios llegan a las mesas, golpeándonos como una ola del Cantábrico y protegidos por espinas a modo de cinturón de castidad que cuida del placer; los potajes no se perdonan, porque nunca deberíamos hacerlo; los caldos y sopas sustituyen a ese café o cerveza para templar el cuerpo y afrontar con espíritu los compromisos; las castañas crujientes y a la vez melosas conquistan las calles; las manzanas, que una vez ‘pañadas’ se reparten entre los estómagos y la sidra y aquellos licores que empezamos a mezclar y a crear en la primavera alta empiezan a estar en su punto: la guinda macerada ya tiñó por completo el anís, dándole tonalidades encarnadas y su potente sabor.

Así, estos meses que pueden parecer tristes, taciturnos y sombríos se convierten en un regocijo para los sentidos, pero para ninguno tanto como el del gusto. Mitad hormiga, mitad cigarra, porque “la virtud está en el término medio”, hay que encarar el otoño desde el deleite y la generosidad que da el compartir mesa. Que, como dijo Peyró, es el segundo lugar donde pasan las cosas más importantes.

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