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Eduardo Jordá: «Dylan es equivalente a Mozart»
Bob Dylan ha conseguido ser, al mismo tiempo, el más famoso y un auténtico desconocido.
23 de septiembre 2026
Bob Dylan lleva más de sesenta años consiguiendo algo que parece imposible: ser uno de los hombres más conocidos del mundo y, al mismo tiempo, un auténtico desconocido. Detrás de las canciones, los escenarios y las mil máscaras permanece escondido Bobby Zimmerman, un hombre que ha hecho de la huida y de la reinvención una forma de vida. Eduardo Jordá se acerca a esa contradicción en ‘Número Cero’ (Ed. Libros del Asteroide), un retrato que se aleja de los tópicos para intentar entender al hombre que se esconde detrás del mito. El músico, el poeta, el bufón, el fugitivo, el artista que necesita al público tanto como teme sus miradas. Un Dylan distinto, pero reconocible.
¿Por qué un libro sobre un tipo del que se ha escrito tanto?
La idea surgió a raíz de un artículo que escribí en ABC sobre la película de 'A Complete Unknown'. El director de Libros del Asteroide lo leyó y me propuso hacer el libro. Me encantó la idea. Es un libro para cualquiera interesado en Dylan, tanto si le gusta su música como si le interesa su figura apabullante.
Han definido ‘Número cero’ como “una aproximación para principiantes a la figura de Dylan”. ¿Era su intención acercarlo a quienes todavía no lo conocen bien?
Dylan tiene tantos seguidores fanáticos que probablemente cualquier libro sobre él será comparado con el que ellos ya han construido mentalmente. Yo no pretendía hacer un libro para principiantes, sino acercarme a una figura que puede interesar incluso a quien no conozca demasiado su música o sus letras.
¿Es Bob Dylan una obsesión para usted?
No, y eso que tiene algo muy extraño: crea obsesos fanáticos, seguidores iluminados. Tiene algo hipnótico que se apodera de algunas personas. En mi caso no ha ocurrido, tengo una gran atracción por su obra y lo he seguido mucho, pero no obsesión
El título, ‘Número cero’, nace de esa forma en la que Dylan se identificó frente a Leonard Cohen en un taxi como el origen de todo. ¿Está Dylan fuera de toda comparación?
Yo creo que sí. Hay una falsa modestia engañosa que en realidad es un orgullo ilimitado. Me pareció una forma extraordinariamente inteligente de identificarse, colocarse como el origen de todo desde una aparente insignificancia.
En el libro lo compara con Mozart. ¿No es una comparación demasiado grande?
En el siglo XX, dentro de todo lo que podemos llamar música, pop o rock, Dylan es el equivalente de Mozart. Tiene unos conocimientos musicales ilimitados, un oído portentoso y una memoria brutal. Capta todo y luego reconvierte las canciones, las hace mutar y las transforma en canciones propias. Una canción que escuchó en la radio puede reaparecer treinta años después convertida en otra cosa.
La importancia de la música tradicional norteamericana que escuchaba en la radio es clase para entender su música.
Es imprescindible. Quien no entienda eso no entenderá jamás a Dylan. Para él todo viene de la radio, de las horas y horas escuchándola. Oye una canción y queda activada en su memoria. Todo ese legado de la música tradicional norteamericana lo recopila, lo transforma y lo transmuta hasta convertirlo en su propia obra.
Con apenas diez años escribió su primer poema. ¿Ya había entonces una determinación de convertirse en alguien?
Me llamó la atención que técnicamente ya era muy bueno. A los diez años escribió un poema con una rima consonante y una métrica perfectas, son pentámetros yámbicos, el metro de Homero. Llama muchísimo la atención la técnica poética que demuestra siendo un niño.
¿Hay mucha diferencia entre Bobby Zimmerman y Bob Dylan? ¿Se llevan bien entre ellos?
Bob Dylan se ha comido a Bobby Zimmerman. Existe como un fantasma, oculto dentro de las múltiples máscaras e identidades que Dylan ha ido adoptando por su temor a ser escrutado por el público. Dylan ha construido muchas identidades para protegerse de esa mirada ajena que tanto le aterroriza.
Se ha reinventado continuamente. ¿Cuántos Bob Dylan existen a lo largo de su carrera?
Son imposibles de cuantificar. Ni él mismo lo sabe. Está continuamente reinventándose, adoptando nuevas formas, máscaras e identidades.
Uno de los hombres más famosos del mundo ha conseguido ser, al mismo tiempo, un auténtico desconocido. ¿Cómo lo ha hecho?
Ha querido preservar su intimidad. Le tiene terror a que periodistas e investigadores metan las narices en su vida privada. Incluso ha conseguido que sus amantes hayan hablado muy poco de él. Mantiene esa obsesión por conservar su vida privada en secreto y, cuando alguien amenaza con romperlo, recurre incluso a los abogados. Su objetivo siempre ha sido que detrás del mito artístico siga existiendo una persona que no pueda ser escrutada por el público.
Hay una contradicción fascinante: está obsesionado con proteger su intimidad y, sin embargo, parece no saber vivir sin actuar. ¿Por qué necesita tanto el escenario?
La música es su modo para comunicarse con el mundo e incluso consigo mismo. Necesita la letra, la poesía, componer y actuar. Saber que el público lo quiere, lo acepta y lo admira. Pero, al mismo tiempo, necesita mantenerse a salvo de las miradas entrometidas. Vive en esa contradicción entre la exposición para comunicarse y el temor de exhibir su vida íntima.
La carretera, los hoteles y los escenarios parecen haberse convertido en su verdadero hogar. ¿Es ahí donde consigue ser más libre?
Sí. Va a actuar a un casino o a cualquier otro lugar y permanece dentro de ese anonimato, sometido a la necesidad de ser reconocido como artista. Necesita que la gente sepa que sigue actuando, tocando en directo y publicando discos. La carretera, los hoteles y los escenarios forman parte de ese espacio en el que puede ser reconocido como artista sin tener que revelar quién es como persona.
Usted lo define como “un maestro de la mentira”, pero también dice que tiene “la rara virtud de decir la verdad mucho más a menudo de lo que creemos”. ¿Cómo conviven esas dos cosas?
Dice la verdad y consigue que creas que está diciendo una mentira. Ese juego de engañarnos, de hacerse pasar por quien no es, es fundamental. Una de las máscaras más importantes que ha adoptado es la del bufón, el joker, el que se ríe, te engaña y te hace creer una cosa cuando puede ser otra. Nunca sabes del todo si lo que te está contando es verdad o mentira.
¿La máscara le permite precisamente decir la verdad?
Es la única forma de desnudarse ante los demás, haciendo creer que es mentira. Dylan ha insistido muchas veces en que no es un profeta ni un líder mesiánico, que no viene a enseñar a nadie el camino. Él hace sus canciones y al que le gustan, muy bien, y al que no, pues paciencia. No quiere transmitir la idea de que existe un mensaje oculto que los demás deban seguir.
No fue a recoger el Nobel de Literatura y tampoco acudió a recoger el Princesa de Asturias. ¿La huida es su manera de responder a esa exposición pública?
Estaba encantado de recibir el Nobel. Lo sé por uno de sus músicos, que estaba con él cuando llegó la noticia. Después pensó en la exposición que supondría ir a Estocolmo con periodistas, estudiosos y entrevistadores encima de él. Eso le aterroriza. La gente lo interpretó como soberbia o desprecio, pero yo creo que fue miedo a una sobreexposición que para él resultaba destructiva.
¿Fue merecido el Nobel de Literatura?
Claro, Dylan es un gran poeta. Cualquiera que haya seguido su obra sabe que lo es. A veces incomprensible, otras torrencial, críptico, muy bello o elegante. Hay muchísimos Dylans y muchísimas canciones distintas, pero tiene una importancia enorme, no podemos entender el siglo XX sin él.
Existe una imagen de Dylan como un hombre tremendamente seguro de sí mismo, incluso prepotente o chulesco. ¿Cuánto hay de personaje en esa imagen?
Él sabe que es una persona con un talento infinito, no hablaría tanto de engreimiento o soberbia como de alguien que vive en otro mundo. Luego, si te tomas una cerveza con él, puede ser una persona con la que te lo pases muy bien. Debe tener un gran sentido del humor, pero hay que encontrarlo en un momento en que esté predispuesto.
A los 85 años sigue girando y actuando con una intensidad extraordinaria. ¿De dónde saca las fuerzas y las ganas?
Es su energía. Y eso que estar girando continuamente, tiene que agotarte. Lleva haciéndolo sesenta años, es su vida. Empezó prácticamente desde que se fue de casa y se ha mantenido así durante décadas.
¿Le gustó el biopic protagonizado por Timothée Chalamet?
No me gustó nada, pero reconozco que el trabajo de Chalamet fue extraordinario, se empapó por completo del personaje. También Monica Barbaro, que interpreta a Joan Baez, lo hizo espléndidamente. El problema es que la película estaba mal concebida. Quería contar la historia de Dylan como un triángulo sentimental entre el artista, la musa y la novia. Y la vida de Dylan no se puede reducir a un triángulo sentimental. Es mucho más compleja.
¿Qué otra película recomendaría para entender mejor a Dylan?
‘I'm Not There’, que es un caos, pero precisamente por eso resulta muy buena. Hay siete actores que representan a Dylan, incluida Cate Blanchett haciendo el Dylan psicodélico. Cada uno representa una faceta diferente. Es un caleidoscopio, un rompecabezas de Dylan. También ‘Renaldo and Clara’, dirigida por el propio Dylan, que retrata una gira y muestra cómo extraía de su caos cotidiano el material para crear sus canciones.
Si tuviera que quedarse ahora mismo con un disco y una canción de Dylan.
Es dificilísimo porque me gustan muchísimas y además depende de la versión, cambia continuamente las canciones cuando las toca en directo. Pero ahora mismo podría decir ‘Desolation Row’, de ‘Highway 61 Revisited’. Aunque probablemente, inmediatamente después de decírtelo, me arrepentiré.
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