Gastronomía

El mercado de los que trabajan la tierra

Una compra sin intermediarios, con la mayor calidad al menor precio.

4 de septiembre 2026


La costumbre y la rutina hacen que uno dé por normal y común aquello que para otros, para una inmensa mayoría, es extraordinario, admirable y fuente de festejo. Toda la vida, en Oviedo o en Grado, he visto cómo diferentes agricultores o productores vendían en el mercadillo los vegetales de su huerta, los frutos de sus árboles o todos aquellos alimentos que han procesado y que nos ofrecen convertidos en verdaderos manjares —a veces, no, pero bueno— gracias a dejarnos un poco de parné.

Entre bragas, calcetines, libros de saldo, bisutería al más puro estilo Zapatero o quincalla a precio de oro, uno puede encontrarse en muchos mercadillos asturianos a mujeres y hombres —tradicionalmente ellas, ahora ya está mucho más equilibrado— que venden su cosecha directamente, sin intermediarios. Uno puede comerse un tomate con su carne tersa y un olor intenso que la tarde anterior fue arrebatado de su planta o, por ejemplo, unos kiwis magníficos que los abuelos de mi colega Litos recolectaron esa misma mañana en su finca de Las Caldas.

Esta es la normalidad más absoluta para mí y para muchos asturianos, que aprendí a valorar y apreciar al salir un poco del terruño, echarme lecturas y observar antes de comer. Estos puestos semanales, repartidos por distintos puntos de la geografía asturiana, no difieren tanto de los mercados biológicos y ecológicos de París o Nueva York.

Una compra sin intermediarios, con la mayor calidad al menor precio, algo que los posiciona por encima de los mercados de abastos y las tiendas gourmet, porque aquí el que trabaja la tierra o atiende al ganado se lleva el fajo. Y con lo maltratado que está el sector primario en este país —es una hazaña que muchos sigan dedicándose a ello—, es de festejar.

Cada vez que atravieso la plaza de Daoiz y Velarde rumbo al Mercadona, se me cae la cara de vergüenza al verme apostando por la rapidez y la facilidad antes de pararme a ver el género de algún puesto y dejarme aconsejar por quienes están al otro lado despachando y mostrándome el resultado de su trabajo.

Eso del Km 0, la cocina de proximidad y el aprovechamiento, como siempre dice Viri, nos lo quieren vender como algo novedoso y revolucionario, pero no es más que la cocina de las abuelas y de una España donde escaseaba el género y sobraba el sentido común.

Así que la próxima vez que vean un tenderete al aire libre en el que le ofrecen lechugas tersas, fabas que son manteca o unas sinceras acelgas: paren, miren, charlen y compren. «Todo lo que no es tradición es plagio», y lo bueno siempre permanece.

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