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Guerra y paz con los higos
Tengo una batalla diaria contra las avispas y los pájaros.
29 de agosto 2026
El final del verano en Asturias está cargado de melancolía, cierta resaca crónica de todo lo vivido durante estos meses, lluvias salvajes, cuerpos morenos que se resisten a palidecer y la recogida y disfrute de los higos. De todas estas sensaciones y experiencias, la de los higos es la que más me está costando; tengo una batalla diaria contra las avispas y los pájaros que se abalanzan por los frutos maduros y sabrosos antes que nadie y con una voracidad infinita.
Escribo con conocimiento absoluto de que esta guerra frente a la naturaleza la tengo perdida de antemano, porque es algo que se repite desde que empecé a recordar. Da igual a primera hora de la mañana, bajo un sol de justicia a media mañana, cuando el aguacero empieza a descargar o en ese momento en el que la noche le vence al día. Su capacidad para distinguir y atiborrarse de los mejores frutos me obliga a contentarme con alguno que aún no está en su punto o con alguno picoteado y mordido de pasada.
Además, con la llegada de las velutinas, que aniquilan todo a su paso, la cosa ha ido a peor. Con la ventaja para ellas de que soy alérgico, y por mucho que me pueda la glotonería y el deseo, puede más mi deseo de vivir y de mantener mi integridad física.
He de reconocer que, debido a esta afrenta con el mundo animal y a que aún muchos están madurando, disfruto más de cada higo que consigo coger y zampar. Lo disfruto como el mayor de los manjares que es. A pie del árbol, retiro el pedúnculo, lo parto a la mitad y deslizo mis dientes entre su carne y la piel. El dulzor y el sabor intenso llenan la boca, su textura granulada pasa desapercibida cuando esa pulpa suave y almibarada se acomoda contra la lengua y el paladar. Acto seguido, repito con la otra mitad. Recién cogida, con los pies en la tierra o en la hierba y al cobijo de las ramas, es la forma más placentera de comerse una fruta, da igual cuál sea.
Hay una forma de felicidad en saber que uno nunca tendrá todo lo que quiere y, aun así, encontrar un instante de plenitud en lo poco que consigue. Un higo maduro, recién arrancado del árbol, con la piel todavía caliente y el dulzor pegado a los labios, parece poca cosa y, a la vez, lo es todo.
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