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Xiringüelu y nada más
Estaré con los míos en el prao Salcedo, sin móvil. Para cualquier cosa pueden encontrarme en la peña Espantayu, parcela 3, calle río Nalón.
7 de agosto 2026
Estaré con los míos en el prao Salcedo, sin móvil. Para cualquier cosa pueden encontrarme en la peña Espantayu, parcela 3, calle río Nalón.
Estoy contento y nervioso a la vez porque el domingo es el Xiringüelu. El mundo mira y los relojes se detienen un domingo al año, cuyo epicentro es el prao Salcedo, en Pravia. Es imposible que les cuente lo bueno que es este día, lo felices que nos hace a tantos, si no lo han vivido. Conozco a gente que vino desde el lejano Oriente para tomar unos culetes de sidra, dejarse achicharrar por el sol, recibir unos abrazos y respirar ese polvillo de la arena y quitar mocos negros dos o tres días después.
Los que me leen y no saben de qué les hablo, empecemos diciendo que el Xiringüelu es la mejor fiesta de prao que existe, se come a todas las romerías del mundo con facilidad.
Es difícil y fácil de explicar, a la vez. Un prao, sidra y amigos. Gente disfrutando de esa cosa tan manida que llamamos vida.
Cuando era pequeño y pasaba los veranos en ese paraíso que es San Román de Candamo, deseaba inquieto y atento pisar ese prao e ir con la caseta del Espantayu, que es la mía. Veía con ojos muy abiertos y brillantes, como si fuesen héroes mitológicos, a toda esa gente que llegaba de la fiesta con la camiseta sucia, arrastrando los pies y una sonrisa en la boca. Crecí, sin darme cuenta, con el veneno –que luego entendí y supe que era antídoto– del Xirin corriendo por mi sangre y metido en los huesos.
Al Salcedo uno va a muchas cosas, pero por encima de todo hay que estar predispuesto a beber mucha sidra. Para eso baja uno a las ocho de la mañana, en uno de esos pocos madrugones que prestan, de los que uno puede sentirse orgulloso y no los que se tiene que ir a trabajar. Muchos de nuestros artistas, genios en lo suyo, desarrollaron su faceta laboral para no madrugar. Pero es que no conocían esta maravillosa fiesta ni la atmósfera que se crea cuando uno bien temprano recorre las casetas y no sabe si está en Asturias o en un poblado de Nairobi. Tratando de dormir esa noche en la que uno pasa más nervios que en la de Reyes, cavilando unas expectativas que siempre se quedan cortas: ese día es mucho mejor de lo que cualquiera pueda imaginarse.
Es un lugar en el que lo paso tan bien que todo lo que escriba se queda corto. Es el momento del año en el que bebo tanta sidra que en lugar de repunarla hace que quiera más, así funciona esta bebida en ese instante. Siendo un intensificador de sentimientos y emociones que permite que un chabolo con cuatro palos y maderas supere al mejor club del mundo.
El Xiringüelu no es sólo beber hasta la extenuidad –que también–, es volver a estar con tu gente, sentirte en casa y querido, seguir los pasos de aquellos que te precedieron y quieres, escanciar mucho, comer algo menos, no parar de bailar, dar putivueltas –pese a llevar casado años y ya no hacer pesca sin muerte, sino que ni sacas la caña y lo que te renta es saludar– y escanciar y escanciar.
El domingo, estaré con los míos en el prao Salcedo, sin móvil. Para cualquier cosa pueden encontrarme en la peña Espantayu, parcela 3, calle río Nalón. Pasando un gran día y disfrutando. Me encontrarán en el fragor de la batalla con una sidra en la mano. Donde siempre quiero estar.
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