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El regreso de los puros
Me gusta encender un cigarro los fines de semana, cuando estoy contento y rodeado de gente que merece la pena.
26 de junio 2026
Me encanta el olor de los puros, esas volutas de humo espesas, entre gris y blanco, que se elevan pesadas y a la vez ligeras dibujando figuras imposibles. Ese olor a cigarro, calor y trabajo huele a felicidad, huele a mi padre.
Mi infancia fue en una casa de fumadores, donde mis padres encendían un Winston antes de desayunar. Dejaron de fumar cuando el cáncer les obligó, no hubo fuerza ni voluntad: sí necesidad. Y mi casa no es la única, así pasó en muchas. Dejan de fumar cuando la muerte asoma la patita. Cuando se fumaba en mi casa todos éramos felices: mis padres eran jóvenes y yo era un niño. Mi casa olía a tabaco, a vino y risas.
Pasaron los años, ya muchos, quizá demasiados. Mi madre se murió y mi padre ya no fuma cigarrillos, pero sí ha vuelto a los puros, y con una entrega absoluta tras su jubilación. El olor de un buen habano sabe a juventud, a triunfo, a victoria. Es una tarde de fútbol eterna y goles en carrusel, partidas de continental que vertebraban las sobremesas, Juan Carlos Ferrero ganando una Davis en Sevilla. Es para mí una vuelta a ese paraíso artificial que fabrica y entrega la familia y llamamos infancia.
Nunca he fumado en mi vida, he hecho mis pinitos con los porros, pero no hice más que atragantarme y toser, eso sí, con mucha determinación. Por desgracia, no sirvo para ser un bohemio, escribir poesía y fumetear.
Pero desde hace un tiempo, he decidido sumarme a ese selecto y detestado por tantos club de fumadores puros. No todos los días, por supuesto, ni en todas las ocasiones. Me gusta encender un cigarro los fines de semana, cuando estoy contento y rodeado de gente que merece la pena. Puede ser al vermú, como preludio de todo lo bueno que está por llegar. O sentado a una mesa, en ese instante mágico cuando las copas saben mejor, porque aún no se han materializado y forman parte de nuestro deseo. También en casa, tras un día largo, cuando la noche ya conquista el cielo y observo tranquilo desde el balcón.
Lo hago por mi padre, por los detectives de cine negro a los que siempre volvía locos una rubia con cuerpo de reloj de arena, por las tertulias de ‘Qué grande es el cine’ con Garci blandiendo un pitillo por estética, por buscar la pausa como hacía Josep Pla, por las fotos de John Kennedy.
Lo hago porque quiero.
Ahora que el tabaco está mal visto y los fumadores arrinconados, como apestados, deben dar salida a su vicio de forma furtiva, me gusta lanzar bocanadas al aire. Pocas cosas hay tan buenas y baratas como un habano. No es ninguna clase de insumisión o rebeldía, simplemente es disfrutar la vida.
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