Saber esperar

Ojalá llegué el día en el que todos los que se van puedan volver

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Una de las historietas que más recuerdo del tío Luis es la del chino y la salema. Contaba que en el Real Club Naútico de Cádiz hubo una vez un marinero chino que, debido a su paciencia asiática, todos los días echaba una tanza a uno de los pantalanes en los que se encontraba una salema, la única que había entre todas las lisas que habitaban junto a los cascos de los barcos. La salema no es que sea un pescado sabroso desde luego, de hecho, su piel viscosa lo hace bastante repugnante, pero las finas líneas amarillas que rodean su lomo las hacen más llamativas que las lisas, y claro, ya saben que en el mundo de los ciegos el tuerto es el rey.

Los demás marineros intentaron un par de veces capturar la salema sin éxito alguno. En cambio, el chino lo siguió intentándolo día tras día hasta que consiguió hacerse con aquel botín marino. La fábula, al fin y al cabo, quiere enseñarnos a esperar hasta el momento preciso aunque nos cueste más de la cuenta. 

Hoy, siete de enero, miles de jóvenes se abrazan en estaciones y aeropuertos de todo el país para irse a trabajar lejos de los suyos. En la cabeza de muchos suena El Emigrante de Juanito Valderrama, pero no lo saben. Algunos llevan por compañera a la paciencia y se agarran a la esperanza de que les llegue una oportunidad para volver, como el canterano que calienta en la banda esperando su turno. Realmente no piden mucho, o eso creo. ¿Desde cuándo volver al sitio del que eres se ha vuelto un privilegio? En la espera uno puede aburrirse, desesperarse o, tristemente, acabar tirando la toalla.

Estrofa de El Emigrante de Juanito Valderrama

Recuerdo cuando el bueno de Luis Agúndez me contó que había encontrado un trabajo que le gustaba y me dijo aquello de “ya me tocaba, macho”. Y me alegré mucho, pero también envidié aquella paciencia china. Debemos estar al acecho en todo, pero no siempre salen las cosas como queremos. Aguantar los golpes hasta encontrar el hueco y meter la mano precisa que haga besar la lona a nuestro oponente no es tan fácil como creemos.

Esperar es un arte que no está a la altura de todos. Y ojalá llegué el día en el que todos los que se van puedan volver y digan aquello de “Me encanta cuando los planes salen bien”. Porque todo llega, si no que se lo digan al chino que capturó la salema.

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Una de las historietas que más recuerdo del tío Luis es la del chino y la salema. Contaba que en el Real Club Naútico de Cádiz hubo una vez un marinero chino que, debido a su paciencia asiática, todos los días echaba una tanza a uno de los pantalanes en los que se encontraba una salema, la única que había entre todas las lisas que habitaban junto a los cascos de los barcos. La salema no es que sea un pescado sabroso desde luego, de hecho, su piel viscosa lo hace bastante repugnante, pero las finas líneas amarillas que rodean su lomo las hacen más llamativas que las lisas, y claro, ya saben que en el mundo de los ciegos el tuerto es el rey.

Los demás marineros intentaron un par de veces capturar la salema sin éxito alguno. En cambio, el chino lo siguió intentándolo día tras día hasta que consiguió hacerse con aquel botín marino. La fábula, al fin y al cabo, quiere enseñarnos a esperar hasta el momento preciso aunque nos cueste más de la cuenta. 

Hoy, siete de enero, miles de jóvenes se abrazan en estaciones y aeropuertos de todo el país para irse a trabajar lejos de los suyos. En la cabeza de muchos suena El Emigrante de Juanito Valderrama, pero no lo saben. Algunos llevan por compañera a la paciencia y se agarran a la esperanza de que les llegue una oportunidad para volver, como el canterano que calienta en la banda esperando su turno. Realmente no piden mucho, o eso creo. ¿Desde cuándo volver al sitio del que eres se ha vuelto un privilegio? En la espera uno puede aburrirse, desesperarse o, tristemente, acabar tirando la toalla.

Estrofa de El Emigrante de Juanito Valderrama

Recuerdo cuando el bueno de Luis Agúndez me contó que había encontrado un trabajo que le gustaba y me dijo aquello de “ya me tocaba, macho”. Y me alegré mucho, pero también envidié aquella paciencia china. Debemos estar al acecho en todo, pero no siempre salen las cosas como queremos. Aguantar los golpes hasta encontrar el hueco y meter la mano precisa que haga besar la lona a nuestro oponente no es tan fácil como creemos.

Esperar es un arte que no está a la altura de todos. Y ojalá llegué el día en el que todos los que se van puedan volver y digan aquello de “Me encanta cuando los planes salen bien”. Porque todo llega, si no que se lo digan al chino que capturó la salema.

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