Coixet no le da al Animal Crossing

Por
La Quimera
16/2/2026

Isabel Coixet, en 'Un amor' (2023) se propuso retratar todas las contradicciones que suponen los deseos de una vida pacífica

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·

Durante el confinamiento de un ya lejano 2020, todas nos sumergimos por completo en en diferentes mundos. Una buena parte la dedicó al ejercicio físico, la meditación, el teletrabajo o el estudio. Pero sigo recordando aún el gran bombo que fueron durante ese periodo videojuegos como Stardew Valley o el novedoso Animal Crossing

Esta ensoñaciones digitales que nos permitieron simular una escapada hacia vidas inperformables: granjas infinitas con recursos limitados pero accesibles, una convivencia lejos de la marginalidad, con inclusión de género, y una banda sonora entrañable. 

Dejamos de estar encerradas e, igualmente, no dejamos ya no solo de disfrutar de estos coquetos mundos virtuales: los comenzamos a consumir a diario. 

Lo cottagecore ya existía en la cultura general, con exquisitos proyectos tales como Over the Garden Wall (2014, dir. Nate Cash) o, simplemente, todas las producciones del estudio Ghibli. Aun así, en las redes sociales de hoy en día de mayor relevancia, como TikTok o Instagram, no había alcanzado la situación de obsesión actual. 

Nos hemos acostumbrado a consumir a diario publicaciones, reels y cualquier tipo de contenido que nos prometa la ilusión constante de la otra vida: la rural. Puesto así en papel (y bastante mojado), puede sonar apetecible comenzar un proyecto de vida con tu pareja en las llanuras de Islandia o, sin ir más lejos, performar la tranquilidad de cualquier pueblo gallego que se preste (o que no pueda hacer nada por evitarlo). 

A contramedida, en las artes cinematográficas, As Bestas (2022, dir. Rodrigo Sorogoyen) ya nos advirtió, de una manera muy inteligente y respetable, sobre el conflicto implicado en el choque del mundo rural contra las clases acomodadas en las ciudades. Aunque el largometraje de Sorogoyen, por muy buena que resultase la trama, no nos desvelaba ninguna verdad que no se hubiese dado ya a conocer por medio de anuncios de Youtube, por Greenpeace. 

Pero una directora alejada del cine de su propia lengua se propuso retratar todas las contradicciones que suponen los deseos de una vida pacífica, y esa sería Isabel Coixet con su largometraje Un amor (2023). 

En el filme, la joven Nat, una sensible traductora, se aleja de la ciudad para aventurarse en su propia fantasía de lo rural. Lejos de recolectar frutos del prado para empezar una interminable y fantasiosa cadena de trueques, es directamente humillada por su casero y su entorno.

Las condiciones de vida esperables en su entorno dependen ahora de su propia mano de trabajo, y no de pantallas de carga o de ningún tipo de elemento digitalista. 

Coixet consigue que podamos apreciar las principales brechas entre la dura realidad de los pueblos y la ficción de las redes sociales: las relaciones sexuales y el distanciamiento emocional. 

Pues, al final, todos los influencers aportan una visión endulzada, monógama y completamente vanilla del sexo. Son parejas felices, se hacen la comida el uno al otro, permanecen fieles y forman familias tradicionales. Y, lo curioso es que, aunque en el campo también existen familias tradicionales, en muchas de esas relaciones no se idealiza el amor romántico ni se representa el sexo como algo consensuado y placentero, sino más bien como algo atravesado por la violencia, la imposición o el abuso.

A todo se le suma la fuerza y brutalidad del personaje de Andreas, un granjero y manitas local. Su personificación, alejada por completo de cualquier tipo de caricatura, refleja, sin ningún miedo a los estereotipos, la crudeza de una vida de pueblo. Sobrevivir el día a día, trabajar sin descanso, sacrificar animales y vivir fuera del marco de los entendimientos emocionales son el pan diario de Andreas. 

Su puesta en escena es vital en el largometraje para que Coixet logre mostrar de la inconsistencia en la propuesta de una vida en el campo. Únicamente es disfrutable por medio de los recursos propios de altas clases sociales y, por ende, de la explotación por su parte. Y, al final, podrás tener una finca o incluso una lujosa morada en Pontevedra y performar una vida calmada desde esa lejanía capitalista. Pero para el resto solo nos quedaría la ilusión a través de una pantalla, respetando la tortuosa realidad de la que algunas personas no han podido escapar y que no conocen más que la tierra, el trabajo con sudor y el dolor del silencio.

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Esta ensoñaciones digitales que nos permitieron simular una escapada hacia vidas inperformables: granjas infinitas con recursos limitados pero accesibles, una convivencia lejos de la marginalidad, con inclusión de género, y una banda sonora entrañable. 

Dejamos de estar encerradas e, igualmente, no dejamos ya no solo de disfrutar de estos coquetos mundos virtuales: los comenzamos a consumir a diario. 

Lo cottagecore ya existía en la cultura general, con exquisitos proyectos tales como Over the Garden Wall (2014, dir. Nate Cash) o, simplemente, todas las producciones del estudio Ghibli. Aun así, en las redes sociales de hoy en día de mayor relevancia, como TikTok o Instagram, no había alcanzado la situación de obsesión actual. 

Nos hemos acostumbrado a consumir a diario publicaciones, reels y cualquier tipo de contenido que nos prometa la ilusión constante de la otra vida: la rural. Puesto así en papel (y bastante mojado), puede sonar apetecible comenzar un proyecto de vida con tu pareja en las llanuras de Islandia o, sin ir más lejos, performar la tranquilidad de cualquier pueblo gallego que se preste (o que no pueda hacer nada por evitarlo). 

A contramedida, en las artes cinematográficas, As Bestas (2022, dir. Rodrigo Sorogoyen) ya nos advirtió, de una manera muy inteligente y respetable, sobre el conflicto implicado en el choque del mundo rural contra las clases acomodadas en las ciudades. Aunque el largometraje de Sorogoyen, por muy buena que resultase la trama, no nos desvelaba ninguna verdad que no se hubiese dado ya a conocer por medio de anuncios de Youtube, por Greenpeace. 

Pero una directora alejada del cine de su propia lengua se propuso retratar todas las contradicciones que suponen los deseos de una vida pacífica, y esa sería Isabel Coixet con su largometraje Un amor (2023). 

En el filme, la joven Nat, una sensible traductora, se aleja de la ciudad para aventurarse en su propia fantasía de lo rural. Lejos de recolectar frutos del prado para empezar una interminable y fantasiosa cadena de trueques, es directamente humillada por su casero y su entorno.

Las condiciones de vida esperables en su entorno dependen ahora de su propia mano de trabajo, y no de pantallas de carga o de ningún tipo de elemento digitalista. 

Coixet consigue que podamos apreciar las principales brechas entre la dura realidad de los pueblos y la ficción de las redes sociales: las relaciones sexuales y el distanciamiento emocional. 

Pues, al final, todos los influencers aportan una visión endulzada, monógama y completamente vanilla del sexo. Son parejas felices, se hacen la comida el uno al otro, permanecen fieles y forman familias tradicionales. Y, lo curioso es que, aunque en el campo también existen familias tradicionales, en muchas de esas relaciones no se idealiza el amor romántico ni se representa el sexo como algo consensuado y placentero, sino más bien como algo atravesado por la violencia, la imposición o el abuso.

A todo se le suma la fuerza y brutalidad del personaje de Andreas, un granjero y manitas local. Su personificación, alejada por completo de cualquier tipo de caricatura, refleja, sin ningún miedo a los estereotipos, la crudeza de una vida de pueblo. Sobrevivir el día a día, trabajar sin descanso, sacrificar animales y vivir fuera del marco de los entendimientos emocionales son el pan diario de Andreas. 

Su puesta en escena es vital en el largometraje para que Coixet logre mostrar de la inconsistencia en la propuesta de una vida en el campo. Únicamente es disfrutable por medio de los recursos propios de altas clases sociales y, por ende, de la explotación por su parte. Y, al final, podrás tener una finca o incluso una lujosa morada en Pontevedra y performar una vida calmada desde esa lejanía capitalista. Pero para el resto solo nos quedaría la ilusión a través de una pantalla, respetando la tortuosa realidad de la que algunas personas no han podido escapar y que no conocen más que la tierra, el trabajo con sudor y el dolor del silencio.

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