Lo alternativo está de moda, y eso es siempre motivo de celebración. No porque sea automáticamente mejor, sino porque aquello que nos obliga mínimamente a pensar, a salir del sofá o que simplemente nos sacude es donde me parece que aparece lo interesante. Me gusta ver donde existe más preocupación por contar que por gustar, aunque esto sea a su vez inevitable. Hay que atender, aunque no sean obras maestras, a esas nuevas formas de mirar, de narrar y de escuchar, sobre todo de escuchar, que emergen tímidamente. Para lo otro siempre hay tiempo.
Cuando Sirat irrumpe en el circuito de cine, comienza a generar debate, discusión, su visionado levanta polvaredas polémicas. Hoy sigue causando el mismo efecto. Como todas las apuestas apuntaban, se ha coronado con dos nominaciones a nada más y nada menos los Oscars. El caso es que viendo las últimas críticas y reseñas que nacen a raíz de este nombramiento, me doy cuenta de que se comenta y se analiza el viaje, el trance, el trabajo en el desierto, las interpretaciones, cómo todo orbita en torno a la muerte. Se habla mucho también, cómo no, del director Oliver Laxe, presente en cada clip promocional, como si las películas brotaran y se crearan a merced de una mente solitaria.
Siempre hay un titular que espera con ansias recoger un nombre propio. Siempre hay un nombre propio.

De todas las características que podría tener la cinta, hoy quiero destacar el sonido. El viaje que propone es más un vaivén de experiencias sensoriales que se generan por el sentido del oído. Los primeros planos del filme así lo demuestran pues estos, normalmente encargados de recoger los rostros protagonistas para dejar claro al espectador quien conducirá la historia, en este caso escudriñan durante unos minutos a muchos altavoces: son los verdaderos protagonistas. El sonido en la película conmueve, vibra, se siente como un latido, pero también como una amenaza. No es un elemento formal más, es su columna vertebral.
Pero claro, entre tanto titular oliverlaxiano hay que traer el dato incómodo (que debería ser titular, pero más bien parece que es una nota al pie con una tipografía muy pequeña): el óscar al sonido no ha sido al director, sino a tres mujeres. Tres. No es ‘‘Oliver laxe convierte/juega/maneja/recrea el sonido’’, sino: Laia Casanovas, Amanda Villavieja y Yasmina Praderas orquestan una sinfonía sonora sensorial llena de texturas y detalles. Ellas tres han hecho historia en los premios, pues nunca tres mujeres habían estado nominadas a esta categoría, ni casi a ninguna.
Si recogemos, de hecho, las principales críticas de la película, afirman que “El sonido es brutal”, “El sonido es inmersivo”, “El sonido te golpea”. Pero el sujeto de la frase siempre es el sonido, como si fuese un ente que hace una aparición estelar, sin manos, como una tormenta. El sonido no tiene criterio ni horas de decisión microscópica. El cine parece que sigue teniendo predilección por el autor, por lo individual, por la imagen. Pero si encima, todo ello lo hace una mujer que además se encarga del sonido, el pregón se hace en voz baja.
Todo esto se trata de exactitud. Si el sonido es tan importante para la película, ¿dónde están esas tres mujeres?

Durante mucho tiempo, las directoras de cine han sido desplazadas de catálogos, revistas y libros de historia. No hablemos, por tanto, de esas otras labores igualmente importantes como el guion, el montaje o el sonido. Para nombrar todo ello, la teórica Bárbara Zecchi propone el término Ginocine, pues evita poner el foco en la acción concreta, para simplemente recoger bajo dicha noción, aquellas prácticas realizadas por mujeres en el cine, sin atender a si son directoras, guionistas o sonidistas. Lo importante es destacar esta labor que hasta ahora se encontraba en los márgenes. Como indicaba Ángel Insua en su crítica de la película, el final nos mueve hacia algo esperanzador. Por ello creo que no debemos perder la fe hacia un cambio de sentido.
Justamente la travesía de Sirat es un intento por atravesar el ruido, lo árido, lo inhóspito, cómo el injusto destino nos mueve a encontrar el sentido a la vida. Nosotros tenemos que tratar de seguir intentando atravesar esta paradójica odisea donde lo importante a veces, no se ve en pantalla, ni en quién sostiene el megáfono. Es tratar de cruzar ese puente, Sirat, hacia un cambio que conduzca a pensar el cine desde la idea de lo colectivo y en dar voz a quien realmente lo merece.
El cine, dicen, es imagen y sonido.
El reconocimiento, en cambio, sigue siendo solo imagen (y casi siempre: masculina).
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La foto de la portada es de El mundo