Vamos a intentar escribir todo esto sin desvelar nada. ¿Podría ser una crítica? Diría que no roza ni siquiera la reseña. Fui al cine y ahora me doy cuenta que no solo hacía mucho que no iba al cine, hacía mucho que no hacía nada “cultural”. Quiero decir, que llevaba mucho sin consumir uno de estos productos culturales, cualquiera, de los que paradójicamente intento vivir.
Detecté hace algún tiempo un fenómeno, para ahora intuir que me está pasando también a mí: cuando perteneces, en el sentido más orgulloso, leal o legal, a una editorial, a una generación, a un medio en el que fundamentalmente se escribe, terminas leyendo un montón de textos, de un montón de autores que, a su vez, se leen entre ellos. Y por heterogéneos, especiales, únicos que seamos, de alguna forma, se va creando un estilo.
Vi esta película, Marty Supreme, que es un copioso mix de frutos secos, malo será que alguno no te encante, producida para más inri por una productora independiente. Para empezar, tiene todas y cada una de las piezas del puzle que revienta una taquilla. Tiene el sueño americano de fondo, algo de family issues, un talento innato y la fijación por cumplir un sueño asociado a un triunfo deportivo. Una pasión obsesiva que eleva a su protagonista, tan encantador como insoportable, al pedestal de los incomprendidos. Ah, bendita marginalidad, maravillosa ética de la minoría que permite al discurso de la ambición volverse heroico, legítimo. Viva el ping-pong. Viva, sobre todo en los años 50 en EEUU, cuando el malo, aún más odioso que nuestro protagonista, por rico, por déspota, pregunta “¿Eso es un deporte?”. Y ya nos tienen bailando con el juego del lenguaje, mientras unos lo llaman ping-pong, él se recompone y dice, elegante, tenis de mesa.
Este estilo de sustrato que nos encanta a Fer y a mí, dice muchas cosas de nosotros, pero sobre todo nos gusta tanto porque, intrínsecamente permite decir muchas cosas. Es, con sus comas, con sus párrafos a veces versos, (sus paréntesis), las repeticiones, un par de referencias cruzadas, un campo de pruebas perfecto para hablarme de las croquetas de tu abuela, de las anchoas del cantábrico, de tu nuevo trabajo o del fin del mundo, mientras me reseñas, mil veces mejor de lo que lo estoy haciendo yo, la última película de Carla Simón, el nuevo disco de Frank Ocean (o de Taylor Swift), libros libros libros, o la arquitectura del Bernabéu. Es una generación hablando. Diciendo, no solo cómo ve el mundo a través de sus ojos, si no tratando de explicarse, definiendo cómo son exactamente esos ojos que miran. Y, en la mayoría de los casos, protegidos con una gafitas de humor que los editores mantenemos (tratamos de mantener) bien a salvo del cinismo.
Es maravilloso lo que, después de muchas horas, muchos días seguidos trabajando, una película hipnótica (no encuentro otra palabra, Fer) hace en tu cerebro. Concentrada, se activa aquello que corre en automático tras los mecanismos de la felicidad, y se enciende: debería escribir sobre esto. Y oh, hace cuánto que no escribo, cómo es que esta película está despertando las ganas de escribir, de llamar a mi madre, de venir más al cine. Tiene, como decía, todas las piezas del puzle: la amante embarazada, derogada a un segundo plano en pos de la famosa pasión. Tiene algo de El Padrino, mafiosos, tiros que rompen lunetas, fajos de billetes manoseados, al amigo bueno, al corrupto malo. Tiene, por supuesto, presente la Segunda Guerra Mundial (porque lo único más oscuro que las guerras, son sus sombras alargadas) y esa extrañísima incomodidad que provocaba Parásitos, basada seguramente en estereotipos ahora, espero, desfasados. Es complicadísimo dejar de mirar. Tiene un perro secuestrado, a una Gwyneth Paltrow espectacular y un padrastro tirano que, en el fondo, apostaba por ti.
Las ganas y el impulso de escribir en sustrato abruman y ahora, desde dentro, emociona ver con cuánta gente las compartía. Diría, si no me hubiera enamorado, que es lo más romántico que me ha pasado este año. Más que el mero hecho de ganar, trato de hacerlo lo mejor posible porque de verdad creo en ello, podría decir en un momento Marty Supreme. Y esto sirve para todas las cosas que estoy tratando de hacer lo mejor posible, porque justo coincide que ahora mismo solo estoy haciendo cosas en las que creo, afortunada de mí. La necesidad de compartir de alguna forma lo que les atrae de fuera, y lo que tienen dentro, esa es la marca sustrato. Ironía por aquí, experimentación por allá, inquietudes nacidas de leerse entre ellos, de los anzuelos que lanza Fer por el grupo de Whatsapp, o de los cebos que genuinamente pone la mismísma Actualidad.
En la crónica de la película, en la de verdad, hablan del bigotillo y las gafas de un en-su-mejor-momento, Timothée Chalamet, en primer plano el 70% del tiempo. Y envolviendo todo esto, una banda sonora digna de Tiburón, por si tus sentidos no estaban encapsulados ya, permitiendo además que sea una película en la que sí, se pueden comer palomitas.
Es ahí, justo ahí, cuando todos tus sentidos se encuentran atrapados, cuando tu concentración de pronto, sin esfuerzo, no te permite estar en otro lugar, pero tampoco en ti misma, ahí, dice de pronto el niño que leyó de pequeño, o la chica que siguió leyendo de mayor: esto debería escribirlo yo.
Termina bien, con lágrimas claro, no diré cómo por mantenerme fiel al párrafo inicial. Y todas las piezas del puzle encajan, según yo, que todo lo que sé de cine lo he aprendido leyendo a nuestros autores queridos. Aquí no sé si decir Porque o Aunque tiene, además, el favor de la crítica, que pide ya un Oscar para Chalamet. ¿Qué pasará cuando la película empiece a recibir tremendos elogios? Empezaremos entonces a odiarla, por esta extraña ética de la minoría, que nos rebela contra lo popular. Es un gran problema este, chicos, el del complejo de la notoriedad. Se hablará de los conflictos sociales que ignora, o de los que idealiza, de los planos que copia a aquel clásico, del dinero que costó para ser independiente, de quién la financió, de a quién le ha gustado, y quién fue a la premier, de cómo era Kylie Jenner antes de operarse, de si él la querría si no fuera una Kardashian, de la masculinidad, de la fama, del poder. ¿Y la película?¿Cuándo hemos dejado de hablar de la película?¿Pero a ti te gustó la película?¿Dirías que es mala si provoca en la gente el deseo de volver al cine?¿Qué es mala?¿No es más probable que alguien se haga cinéfilo de calidad si se engancha a través de películas palomiteras?¿Sigo hablando de cine?¿O es que solo sé hablar de libros? Muy fan también, marca sustrato, de estos textos tan llenos de preguntas, que lo que tienen es, si acaso, alguna afirmación. Todo lleno de preguntas, porque así nacen los textos, preguntándonos cosas sobre cosas, sobre preguntarnos cosas, sobre las mismas preguntas, a veces nos pasamos, puede ser.
He aprendido tanto de sustrato. Y pienso, ¿busco ya solo este estilo en el atracón diario de candidatos? La respuesta es No. Buscamos, obsesionados con ella como Marty, la pasión. Mails, muchos mails, y la nueva vida de la Nave Bellver me tienen completamente abstraída, felizmente cautiva y ha tenido que ser, nada menos que una noche en el cine, la que me ha dejado salir. Ay, de verdad, qué bueno, qué bien, qué alegría, escribir.