Como bien nos demuestra Coixet, la vida a veces se desenfoca. Solo somos capaces de ver una parte de ella, pero no por ello deja de ser algo que no merezca la pena ver o vivir. Siempre habrá una rendija de luz a la que aferrarse.
Estamos en una conversación y la realidad se cortorcuita con imágenes del pasado, con otros momentos. Sufrimos pequeños flashback, instantes que apenas duran unos segundos pero que nos hacen desconectar repentinamente. En Tres adioses, a la manera de Godard, Isabel Coixet va mostrando un montaje nada narrativo en muchas secuencias, donde se entrecruzan imágenes del recuerdo, miradas, aquello que a veces nos mantiene vivos. No sabemos bien el porqué, solo se cruzan.
Como cualquier director que va cruzando el umbral de ciertad edad, la reflexión sobre la finitud de la vida se asoma. ¿Cómo se afronta la muerte que viene? Yo no sé la verdad sobre el asunto, solo me gusta la manera en la que Coixet nos recuerda que lo mejor es decir «me gustas», «móntame una fiesta», «regala todas mis cosas». Eso me llegó realmente, porque a mi me costaría mucho no poder escoger quién se quedaría mis posters de películas. Pero si decides estar triste y decir a la gente que la vida es un coñazo también está bien. Siempre y cuando tengas en mente la importancia de despejar las dudas a los demás sobre ti.
Cada uno tiene sus propios adioses personales cuando piensa en morir. La protagonista quería despedirse de su ex, de su trabajo y de sí misma. Pero tampoco lo sabemos muy bien porque, como acostumbra la directora, la construcción del personaje femenino se hace desde la incomunicación, introspección y la soledad. El único apoyo real de la protagonista es un personaje de la ficción, encarnado en un trozo de cartón. Como quien tiene una voz ficcional construida en su cabeza con la que conversa y dialoga. Esa nunca decepciona.
Yo creo que mis Tres adioses serían a mi pareja, a mi familia y a mis amigos. También me gustaría despedirme de los libros que me han acompañado, de las fotografías que he hecho y del camarero de confianza que sabe cómo servirme la cerveza. Iría diciéndole adiós a todo el mundo. La vergüenza que tengo quizás se iría. Total me voy a morir. Igual hago cartas o me planto en la casa de la cantante que me gusta. Le pediría por favor a esa persona en el bus que baje el volumen de su teléfono que está molestando. En cualquier caso, lo que más me gusta de la película es que nos enseña que nada tiene un por qué, aunque a veces queramos enfrascarnos en buscarle la lógica a la vida, a las cosas, al amor. Pero si fuese a morir, más que pensar en los adioses, me gustaría que Isabel Coixet grabara mis últimos días porque solo ella es capaz de capturar de manera magistral la nostalgia y la fragilidad. Que ella entremezclara la realidad con mis recuerdos. Que desenfocara la mitad de mi trayecto final y solo abriera una parcela a futuros espectadores. Y los te quiero. Solo me creo los te quiero de sus películas.