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Negación determinada
Carta a nuestra Nada
18 de mayo 2026
“Y repitiendo al final lo que dije al principio:
el hombre prefiere querer la nada a no querer.”
La genealogía de la moral. Friedrich Nietzsche
Hay una frase que escuché de alguien. Me lleva rondando un tiempo pero que no recuerdo del todo bien; decía algo así como “Hay cierta intimidad en compartir este silencio“. Más allá de la trillada fórmula, creo que hay algo de verdad ahí. Hay algo especial en que no suceda algo entre nosotros. Porque a diferencia de todas las demás personas contigo (no) sucede algo. Hay algo ahí que sostiene ese silencio, que nos hace evitarnos sútilmente, vernos a penas de reojo.
Me recuerda extrañamente al concepto de negación determinada, bestimmte Negation. En términos más sencillos de los que lo pondría Hegel, la negación determinada es una negación que no simplemente anula un término sino que nos lleva a un lugar nuevo. Es, por tanto, no la mera contraposición sino la creación. Pedir un café sin azúcar o pedirlo sin leche son sentencias completamente diferentes aunque luego la materialidad del café sea la misma. De la misma manera que no es lo mismo un no-vivo que un muerto. Así, negar es de alguna forma inventar.
Por eso siento que nuestra no-relación es algo más que la nada. Es una Nada propia, sustantiva. Tengo muchas nadas con mucha gente, con casi todo el mundo en realidad, pero la nuestra tiene corporalidad y ocupa un lugar dentro de mí. Últimamente Nada sale fuera de mi y me mira directamente. A veces me pregunto si piensas en nuestra Nada de la misma forma que yo lo hago. Si para ti se ha ido desvaneciendo o si tal vez guardas Nada con cariño en algún rincón olvidado de tu habitación. Una Nada de la que te olvidas por momentos, pero que luego encuentras como quien encuentra una chaqueta que ya no está de moda. Una Nada revoltosa y saltarina como un cronopio. Una Nada pegajosa que te mancha las manos y la ropa, que se te lanza al cuello nada más verte. Antes pensaba que teníamos custodia compartida. Ahora me doy cuenta que esta Nada es más bien mía, que cuando estoy ocupado se esconde pero siempre está ahí detrás, en alguna parte. Unas veces estoy con amigos y la veo de reojo escondida entre la muchedumbre, otras la huelo salir del bus mientras yo tengo los ojos hundidos en mi libro. Sé que es su olor porque usa tu perfume.
No me malinterpretes, no quiero rehabilitar esa negación para formar algo nuevo, y de ahí solo saldría un monstruo grotesco. De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno. Sin embargo, tengo que admitirlo: alguna vez me he acurrucado junto a esa Nada por la noche, le he servido una taza de té del que te gustaba, la he arropado y le he contado cómo me ha ido el día. En esos momentos me planteo cómo sería volverte a ver, si todo sería más sencillo, si acaso no fui un cobarde buscando excusas. Nada me ha acompañado a muchos lados, el otro día fuimos a cenar a aquel mercado asiático cutre donde tuvimos nuestra segunda cita. Nada me acompaña al trabajo. Nada me vio llorar cuando nadie más lo hacía.
Bueno, y por descontado, Nada tiene un plato frente a ella todas las navidades en casa. Un plato rebosante. Un plato que parece decir que están contentos y aceptan a Nada. Aunque yo sé que, en el fondo, preferirían que estuvieras tú. Todos mis primos traen a sus algos y yo traigo siempre a Nada. Por qué demonios tiene que venir otro año más este ser glotón y campestre. Nadie dice nada, pero la miran con cierto desprecio. Tú en cambio, lo tengo claro, te llevarías genial con mi madre. Hablaríais de las tendencias de la próxima temporada, de pequeñas manías que tengo y te enseñaría fotos ridículas de cuando era pequeño. Yo aplacaría todas las lanzas y piedras solo por ver cómo os reís a mi costa. Con ese animal no se puede hablar de nada, solo se atiborra hasta que no queda nada más en el plato. Menudo desperdicio de chaval.
Recordar es agradable, pero conozco los peligros de alimentar los siempre falsos recuerdos. Nada es como un gremlin. Dulce y terriblemente achuchable por eso hay que mantenerla a raya. Con esos ojos saltones que te atraviesan y prometen no abandonarte nunca. No hay que fiarse, conozco a más de uno que se han visto sobrepasados por las peripecias de sus Nadas. Yo, al igual que Odiseo, intento atarme fuertemente al mástil y ordenó a cada uno de mis tripulantes que no me suelten, no importa cuán alto grite. Creeme: hay días en los que grito, suplico a mares por que esa dichosa Nada es capaz de cantar con la dulzura de cien Parténopes.
Las Nadas tienen una increíble habilidad de disfrazarse, manipulan su morfogénesis a su gusto. Nada saca a relucir la mejor de tus sonrisas, tus divertidos pasos de boxeo y tu elegante forma de vestir. Casi podría parecer que te tengo a mi lado pero solo son los restos de tí. Nada solo es una imitadora. Hay días que quiere desmantelarme, me mordisquea, conozco cada uno de sus trucos y aún así más de una vez he caído en ellos. Nada quiere que la abrace, quiere engullirme y que no sea capaz de ver nada más. Ahora la veo pero con cierta distancia.
Estoy aprendiendo a vivir con Nada, y eso, eso ya es mucho.
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