La fe no es lo que están buscando
Había tenido con mi amigo Luis la misma discusión de todos los años. Él es un católico orgulloso y entregado cofrade y yo un mísero agnóstico incapaz de entender el misterio.
27 de abril 2026
Había tenido con mi amigo Luis la misma discusión de todos los años. Él es un católico orgulloso y entregado cofrade y yo un mísero agnóstico incapaz de entender el misterio.
LA FE NO ES LO QUE ESTÁN BUSCANDO
La historia, los mapas y los nombres no existen aún. El protohombre se ha despertado en mitad de la noche. Cree haber tenido un sueño muy extraño, pero no consigue recordar. Se siente aturdido y busca sin éxito entre sus iguales a alguno despierto. Se acerca el invierno y los de su grupo duermen alrededor del fuego. Al fondo de la gruta, donde no llegan la luz ni el ruido. Siente que su pecho se expande. Como si sus vísceras estuvieran empujándole a salir de allí. Asciende buscando el frío. Ha dejado de llover pero todo está mojado. Sus ojos se van acostumbrando poco a poco a la oscuridad de la noche y consigue internarse en el bosque. La última vez que estuvo allí, vio morir a varios de sus hermanos. Se los llevó el río crecido. No sabe muy bien lo que busca, pero tiene claro que está allí. La hilera de abedules, el olor del limo, el rumor del agua. Quiere acercarse al lugar donde todo ocurrió. Adentrarse en la muerte para comprenderla. Tantea con cuidado la maleza de las orillas. No quiere dar un mal paso. Camina cada vez más seguro cruzando el bosque hacia el sur. Avanza guiado por una sensación que desconoce. Aferrado a una especie de convencimiento al que los hombres venideros llamarán fe. El terreno es cada vez más desigual, pero logra superar todos los obstáculos. Al otro lado de la espesura, consigue ver la laguna. Nadie antes ha llegado hasta allí. Asciende a un pequeño promontorio y entonces los ve. Los cuerpos de sus hermanos flotan sobre el agua tranquila. Mecidos por la brisa, se desplazan como astros sin órbita. Al verlos, desciende velozmente hasta ellos y comienza a hacer algo que lo cambiará todo para siempre. Uno por uno saca los cuerpos del agua y los reúne sobre la tierra húmeda. Le lleva horas hacerlo, pero no desfallece. Cuando ya los tiene a todos consigo, cae de rodillas frente a ellos y apoya las manos en la tierra. En ese mismo momento, el sol tibio de la mañana se eleva sobre los árboles y baña de luz a los suyos. Intenta tapar sus rostros de alguna manera. Hacer con sus manos sombra suficiente. Entiende que ha de protegerlos de las inclemencias y de las alimañas y mira a su alrededor. Descubre que a pocos metros de allí, el suelo está cubierto de piedras de todos los tamaños. Sin dudarlo, empieza a cubrir con ellas los cuerpos. Los de su grupo ya habrán advertido su ausencia, pero no sabrían llegar hasta allí. Cuando termina, ya casi ha pasado la tarde, pero aún es de día. Consigue encender un fuego junto a las nuevas tumbas. Se siente extenuado, pero bendecido. Decide volver. Quiere compartir con los demás lo vivido. A su alrededor, solo oye sonidos extraños. El camino, ya conocido, se le antoja más largo, pero sus pasos son fuertes y confiados. Llega al asentamiento y se adentra en él sin llamar la atención. Un niño es el primero en descubrirlo y se le acerca en silencio. Se comunican con un lenguaje aún rudimentario, pero en un momento dado, la emoción los traspasa. Se alejan juntos hasta la entrada de la cueva y convocan al resto. Todos miran al recién retornado con inusitada devoción. Incapaces de comprender. El hombre mueve las manos, señala el bosque, se toca el pecho. Su esfuerzo resulta insuficiente. En un gesto imprevisible, agarra una antorcha y la prende en el fuego. Por última vez los invita a ir con él y vuelve con decisión al bosque. Los demás se miran extrañados, pero hay veneración en sus ojos. Saben que han de acompañar a ese hombre y a la mano que enarbola el fuego. Caminan muy cerca unos de otros. Ya solo tienen la luz del guía para defenderse del miedo. Oyen el río caer. Reconocen el límite y aun así lo traspasan. El hombre camina tranquilo junto al niño que vino a su encuentro. A su paso huyen despavoridas las sombras como almas errantes...
Estaba improvisando este texto cuando todo ocurrió. Acabábamos de llegar de la calle. Era Viernes Santo y unos amigos nos habían invitado a cenar. Había tenido con mi amigo Luis la misma discusión de todos los años. Él es un católico orgulloso y entregado cofrade y yo un mísero agnóstico incapaz de entender el misterio. Desde el bar, llenísimo, veíamos pasar los cristos mientras la gente comía pipas, charlaba, bebía o meaba. Lo de siempre. Las mantillas se retocaban, los costaleros flirteaban, los niños coleccionaban estampitas y el policía miraba el reloj. Arriba, sin embargo, en un balcón sin engalanar sobre la esquina del ayuntamiento vi algo que me llamó la atención. Una mano descorrió dos veces el visillo. Una para ver al cristo y otra para ver a la virgen. Apenas intuí entre las sombras a una señora que se persignaba y sentí envidia. Yo que soy incapaz de la fe, mataría por esa seguridad, por esa determinación, por esa confianza. Llevo tanto años cuestionándome algo que para esa señora es evidente. Dios es la respuesta a todas sus preguntas. El destino de todos sus caminos. No le hace falta más. No tiene nada que debatir. Me quedé un rato mirando la luz encendida de su salón. Me tranquilizaba esa luz.
A nuestro lado dos hombres discutían alzando la voz. ¡La Esperanza es más guapa que los Dolores!Gritaba prácticamente el más alto. Yo miré a Luis y Luis sonrió. Todo esto me aleja de Dios. Le dije bajito. Se lo toman como si fuesen equipos de fútbol. Sacan cuatro o cinco pasos cada uno. Como si fuese una competición y rezan, rezan mucho una vez al año, porque se saben de memoria las oraciones, pero yo pienso más en Dios que todos ellos juntos. Bueno, tú todo eso no lo sabes. Cada uno vive la fe a su manera.Se revolvió Luis. ¿Fe? dije yoFe tiene esa señora de allí. Y señalé el balcón, pero ya estaba cerrada la persiana.
Al volver a casa, paramos a comprar un helado y nos lo fuimos comiendo por el camino. Marta me dijo que me ponía muy pesado con el tema y yo que ya llevaba un rato arrepentido, le di la razón. Era agradable volver al barrio temprano, poder aprovechar la mañana del sábado. Hacía una temperatura muy agradable y en las terrazas se alargaban las sobremesas. Ale no quiso ponerse la chaqueta, los niños de cinco años nunca tienen frío. Al llegar a casa, Marta durmió al bebé y yo al mayor. Fue bastante fácil porque había sido un día muy largo. Después me puse a escribir mientras Marta leía un rato en el salón. Traía la cabeza llena de preguntas imposibles y quería hacer algo con ellas. Empecé a escribir algo parecido a un mito, pero no pude terminarlo. Debían ser cerca de las doce cuando Marta empezó a gritar. No eran gritos normales. No estaba llamándome. Una madre no grita si sus hijos están durmiendo. A no ser que tenga que protegerlos. Llegué corriendo al salón. Entraba humo por la ventana de la terraza. Bastante humo, cada vez más. Marta no lo dudó y se fue a despertar a los niños. Me pareció exagerado. Yo mantenía la calma. Siempre reacciono con calma en situaciones así. Ahora sé que no siempre es lo más adecuado. Me puse unos vaqueros y bajé a ver qué pasaba. Vivimos en un segundo. El humo provenía del bajo. Cuando llegué al primero, la situación era otra. Movimientos desesperados y una vecina gritando por el hueco de la escalera “¡Nos vamos! ¡Fuego! ¡Todo el mundo fuera!”. Era un incendio. Cuando lo supe, no tuve tiempo para el miedo. Se activaron en mi cuerpo resortes primitivos imposibles de controlar. Solo quería correr escaleras arriba y sacar a mis hijos y a mi perra de allí. El aire se volvió irrespirable. Conseguí bajar al mayor, que se tambaleaba aún somnoliento, y lo dejé en la calle con una vecina. Los siguientes treinta segundos duraron toda la vida. Subí de tres en tres los escalones intuyendo las distancias tras el humo negro. Al llegar, vi a Marta con el bebé en brazos sin saber si la criatura aguantaría, pero no había otra solución que correr, correr hacia la luz. No podíamos respirar, pero hicimos caso a los vecinos que gritaban desde abajo. ¡Corre, corre! Vi la cabeza de Marta ya casi llegando al bajo y supe que lo había conseguido. Yo pude bajar con la perra corriendo sin tropezar. En la calle nos reunimos todos por fin. Abracé a mi familia y vi nacer el miedo en los ojos de mi hijo mayor. Los bomberos llegaron en ocho minutos, pero ya estábamos todos a salvo en la calle. Dicen que la dueña de la casa en llamas llamó a su hermano. Vio el fuego y pensó en él. Y ese hombre, que vive enfrente, cruzó enajenado la carretera, recorrió de memoria el portal, cogió el extintor, entró en la cocina y consiguió reprimir el fuego. Ella sintió que el miedo la paralizaba y pensó en su hermano. Dicen que él ni siquiera pensó.
Los bomberos terminaron, por fin, de extraer el humo y nos aconsejaron que no durmiéramos allí. Llegamos a la una a casa de mis suegros. Volvimos a dormir a los niños. Marta se quedó con ellos y yo aún estuve un buen rato dando vueltas del salón a la cocina. Reabsorbiendo adrenalina. Ya bien entrada la madrugada, me fui a la cama intentando hacer el menor ruido posible. Sabía que no iba a poder dormir. Repasaba una y otra vez lo ocurrido. Paso por paso, palabra por palabra, mirada por mirada. Las dudas que me habían empujado a escribir hace unas horas eran ahora más grandes. ¿Qué hace falta para alcanzar la fe? ¿Será que Dios es mucho más que una respuesta al miedo? ¿Será que la fe es por definición inalcanzable? No vi a Dios en aquella escalera ni en la nube de humo negro ni en los ojos de mi hijo. Tampoco lo vi en el bar ni en la talla de madera ni en las palabras de mi amigo. El sueño iba poco a poco venciéndome, pero antes de quedarme dormido, me acordé de la señora del balcón. ¿Qué hubiese pensado ella en medio del incendio?
...Los seguidores caminan desorientados y ya solo creen en la luz naranja que se adentra en la negrura. Hay algo en esa luz que los une. Caminan todavía un último trecho y luego empiezan a ascender por una loma cada vez más inclinada. Van llegando de uno en uno a la cima donde el hombre se ha detenido. Un silencio de animales tensa la noche como un arco. Algunos bajan la mirada incapaces de digerir tanto asombro. La quietud de la laguna, las pavesas en el aire y los seis montículos de piedras. Bajan dibujando un círculo hasta el improvisado cementerio y entonces lo entienden todo. El hombre acapara la atención del grupo, se acerca a uno de los montones y retira un puñado de piedras. Un rostro queda al descubierto. Todos lo reconocen a la vez y un grito sofocado entre el miedo y el alivio queda suspendido en el aire. Hace lo mismo con todos los demás. Son los hermanos muertos. La mano del hombre señala la laguna y luego el río. Todos parecen comprender. El niño reconoce a su padre y abraza su cabeza. Algunos se agachan y acarician con cuidado las piedras. Otros buscan explicaciones, pero no dicen nada. Pasado el tiempo justo, el hombre vuelve a tapar las caras de sus hermanos y emprende el camino de vuelta. Todos lo siguen con veneración y la hilera de cuerpos vuelve a adentrarse en el bosque como una serpiente. Algo ha cambiado para siempre sus vidas y la vida del mundo. El hombre camina de la mano del niño y ambos miran un camino que recorrerán más veces. El camino que otros muchos hombres recorrerán a través de los siglos. Primero para llegar al cementerio y honrar a sus ancestros, después para erigir un templo con el que agradar a los dioses y más tarde para fundar la primera catedral del mundo conocido. Siempre abatidos por el peso de la muerte. Pidiéndole a las piedras mucho más de lo que pueden dar. Incapaces aún de comprender que la fe no es lo que están buscando, sino la luz que encienden para encontrarlo.
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