Nos mudamos y las casas desaparecen. Vienen otras personas a habitarlas y las moldean a su antojo, ponen una estantería donde estaba el mueble bar y una pecera gigante junto al balcón. Nos mudamos otra vez pensando que será la última. Siempre de alquiler. Empezando de cero en otro barrio. Olvidando habitaciones. Descartando volver. Es imposible volver a una casa que no existe.
Ya estamos instalados en el nuevo piso, pero aún no tenemos gas. Hace una semana que vengo a ducharme a la antigua casa. Me levanto, cojo lo que me voy a poner y el cepillo de dientes, como si estuviese en un camping, y camino dos manzanas hasta el pasado. Al entrar, siento que la perra viene a recibirme, pero no es la perra, es su ausencia. Ausencia de todo. Casa sin muebles ni ropa ni libros en la que solo queda el eco. Pienso en todo lo vivido en esos metros. Todo lo hablado. Intento habitar la casa solo con mi cuerpo, pero no puedo. Intento no recordar tu pregunta, pero ya es tarde.
¿Qué quedará de nosotros en esta casa?, dijiste. Era la noche anterior a nuestra primera mudanza. Allá por 2012. Acabábamos de ducharnos juntos después de bebernos casi dos botellas de vino, y al oírte, se me ocurrió un juego. Una especie de ritual. Siempre que nos mudáramos dejaríamos un objeto escondido o una señal. Algo que solo nosotros pudiéramos encontrar si algún día volviésemos. Un secreto diferente en cada casa. Caímos exhaustos en la cama. Tú aún fumabas y encendiste un cigarrillo. Era septiembre, pero no hacía calor. Aquella era la última noche y no queríamos dormir, éramos jóvenes y no teníamos miedo a los cambios. Una lágrima inesperada cruzó tu mejilla y fue a caer en la almohada. «¿Estás contenta?», pregunté. «Un poco triste y un poco contenta». Contestaste —Como siempre que se llora—. Estuvimos un rato en silencio y luego te dormiste. Yo deambulé por la casa, miré por las ventanas, escruté la noche e inventé símbolos. ¿Qué quedará de nosotros en esta casa?
Después de la ducha, estuve un rato más en la casa vacía. Quizá fuese la última vez. Ya estaba a punto de salir cuando sonó el porterillo. Pensé «cómo voy a contestar, si ya no vivo aquí», pero luego entendí que aún no me había mudado del todo. Era Óscar, le dije que pasase y apenas tuve que explicarle. Él también se mudó el año pasado. Era el cumpleaños de Luisa y querían invitarnos. No podía decirle otra vez que no.
Habíamos quedado a las nueve. Nos quedaba toda la tarde por delante para dar los últimos viajes con la carretilla. El lunes teníamos que entregar las llaves. ¿Cuándo nos convertimos en nómadas? Nosotros, que fuimos educados para permanecer, para tener, para merecer. Cuando teníamos veinte años nos encantaba vivir de alquiler. Pensábamos que cambiar de casa era cambiar las cosas. Nos creíamos libres y quizá lo fuimos, pero los años multiplicaron los muebles, las facturas y los dolores de espalda y cuando quisimos echar raíces, ya no tenía alimento la tierra. Perdimos un tren que ni siquiera estábamos esperando. Nosotros, la primera generación que morirá en la casa de otro. De mudanza en mudanza. La vida cabe en doce cajas marrones.
Ya estabas en la ducha cuando recibí el mensaje:
C/Pintor Mariano Belmonte, 2, 2º- B
Era la nueva dirección de Óscar. Tuve que leerla varias veces. Tenía que ser un error. Vivimos hace años en ese piso. Nos encantaba. Tenía una escalera de caracol en el salón y una terraza desde la que se veía la sierra. Necesitaba asegurarme.
—¿Es esa la dirección correcta?
—Para que no te pierdas.
—No creo que me pierda. Yo viví en esa casa.
Te lo dije en el coche de camino a la fiesta y me miraste extrañada. No tardamos en encontrar aparcamiento y mientras caminábamos, me preguntaste:
—¿Qué hicimos en esta casa?
—Rayamos nuestras iniciales en la pared del pasillo
Al llegar al portal, tuve el reflejo de sacar la llave, pero me di cuenta y llamé al porterillo. Te dio la risa. Es como si ya hubiese sido la fiesta, una fiesta capaz de alterar el espacio-tiempo, y estuviésemos volviendo a nuestra casa de hace diez años. Los buzones, las escaleras y los desconchones seguían igual. Fue el ruido del rellano el que nos devolvió a la realidad. El ascensor se abrió y allí estaba Oscar esperándonos con una cerveza en cada mano. Nos invitó a pasar y se llevó nuestros abrigos. Nos quedamos solos en mitad del pasillo y entonces aprovechaste. Te agachaste a mirar, pero no viste nada. Me vi reflejado en tus ojos decepcionados. Es imposible volver a una casa que no existe. Habían quitado el gotelé y nuestras iniciales habían desaparecido. Habían cambiado también las puertas y comprado muebles nuevos minimalistas, de falso pino. Fuimos al salón y nos unimos a los demás. Óscar estaba explicando la obra de la cocina. Habían tirado el tabique y ahora todo estaba integrado. Tú charlabas con Luisa. Me gustaba verte animada después de unas semanas duras para nosotros. Alguien puso música y trajo algo de picar. Había buen ambiente. Amigos intentando ponerse al día. Yo luchaba por mantener la atención, pero me sentía incapaz. Una fuerza extraña, como un remolino, me empujaba hacia el pasillo. Después de una risa impostada, me disculpé para ir al baño. Salí del salón y me sentí liberado. Toqué la pared, ahora lisa, y supe de memoria la distancia exacta que me separaba del dormitorio. Todo era diferente. Era incapaz de imaginarte en aquella cama. De imaginarme frente a aquel espejo. Todo se había borrado. Puede que nosotros también. Me di la vuelta y entré en el cuarto de baño, cerré la puerta, eché el pestillo y me senté sobre la taza cerrada. Dejé de buscar y entonces lo vi. Uno de los azulejos, junto a la esquina superior del armarito, estaba roto. Yo lo rompí en su día tratando de colocar unas baldas. Al verlo, algo dentro de mi cerebro se activó como un resorte. Se dibujó un mapa de recuerdos dentro de mi cabeza y fui a recorrerlo en silencio. En la entrada, junto a la base de la puerta, vi también el pequeño socavón que hizo Bimba cuando todavía era un cachorro. En el cuarto de invitados vi la quemadura en la puerta del armario. No podía parar de recordar. El tiempo aceleraba dentro de mi pecho. Había encontrado mi casa debajo de aquella casa. ¿Cuántas casas caben en una casa? Me sentí feliz y volví al salón. Nadie había notado mi ausencia. Tú estabas bailando, el sol se había ido hace horas, todos seguimos bebiendo y charlando hasta que llegó el final. Siempre llega el final. La gente buscaba sus abrigos. Algunos se despedían efusivamente, otros aprovechaban para ir al servicio. Yo me perdí una vez más.
Salimos todos a la vez, Oscar y Luisa nos decían adiós desde el umbral mientras bajábamos las escaleras sin controlar el ruido. Ya en la calle volvimos a despedirnos y prometimos vernos. Al llegar al coche, aún estabas intentando recomponerte. Te agobiaba aquel vestido. Esperé a que te sentases y estuvieses tranquila y acto seguido te enseñé lo que llevaba en la mano. «Flor del dinero», dijiste, «¿de dónde la has sacado?» Te hice una señal para que mirases hacia arriba y entonces lo viste. El arriate de la ventana de la cocina estaba cuajado de pequeñas hojas redondeadas. Tú misma las plantaste, pero tuvimos que irnos antes de que floreciesen. Tus ojos brillaron.
— Es el último símbolo —Dijiste—. Ya nunca volveremos a cambiar de casa.
— Hemos cambiado nosotros. La casa siempre ha sido la misma.