Se me rompió el año en agosto, pero seguí usándolo. Por superstición, por obstinación, por inercia o porque no quedaba más remedio. Me paso la vida reparando cosas rotas. Pegamento para el plástico, clavos para los huesos, pastillas para los nervios. Lucho contra la gravedad y el tiempo, prorrogo el final, pero nada puede salvar lo que está roto.
Son las seis de la mañana en el paritorio 3. Desvelado por el solsticio, lleva un rato cantando el gallo de una granja cercana. Su cacareo, el gorgoteo de la lluvia y otros ruidos de la noche apenas consiguen atravesar el cristal. Todo está en calma aquí dentro. Emi y tú habláis cogidas de la mano mientras miro alrededor. En esta habitación vieja han sufrido, han reído, han llorado y han nacido muchas personas. No importa el gotelé, ni el trozo caído de alféizar ni los carteles divulgativos plastificados. Tiene halo de lugar sacro. Invita al silencio. Me siento en el sillón de la esquina, cierro los ojos e intento relajarme, pero solo consigo pensar. Al abrirlos de nuevo, veo algo que me llama la atención. En el pequeño despacho contiguo en el que las matronas redactan los informes hay un crucifijo en la pared. El Cristo tiene una pierna rota, pero nadie se ha atrevido a descolgarlo.
Me acerco a besar tu frente. Emi vuelve a comprobarlo todo y amplia lo dosis de oxitocina. Diego va a llegar antes que el invierno. No puedo quitar mis ojos del segundero rojo. Las matronas vienen y van por los pasillos. El materno se ha ido llenando de parturientas que en Nochebuena cenarán con su hijo en brazos. Te miro a los ojos y te digo que te quiero. Las contracciones son cada vez más fuertes y regulares. Yo me entrego a ti y tu a la naturaleza. Todo va a comenzar.
Me incluyes en tu última sonrisa. Me miras como si yo también fuese capaz de convertirme en río. Durante casi media hora todo ocurre según lo previsto, pero son frágiles los límites de lo previsto. El dolor se ha colado por alguna grieta de la pared o por el conducto del aire y ha cruzado tu cara y partido tu espalda. Emi ya no es tu amiga, ahora es tu madre, todas las madres. Sus manos lo intentan todo, pero pasan los minutos y el dolor crece. Intento hablarte, pero mi voz no llega tan lejos. El dolor va a ganar, porque siempre gana el dolor. Tú te rompes, como la pierna del Cristo, como la foto de mi madre, como el 2025. Y al romperte te haces más fuerte, como hacéis los ríos contra las rocas. Empiezas a gritar y ya veo su cabeza y toco su pelo. Los paritorios no son taxis de Manhattan, son establos calientes. Huele a sangre viva y a piel desnuda. No sé cuándo ha amanecido, pero ahora he reparado en la luz. Brilla en los ojos de todos los que han venido a ayudar. Es imposible acostumbrarse a un milagro. Diego nace por fin y unas manos lo acercan a tu pecho. 21 de diciembre. Quiero vivir para siempre en tu alegría. Nada puede salvar lo que está roto, pero lo que está roto puede salvarte a ti.