Un final diferente para la misma historia
Era lo primero que Patricia vio al entrar: una montaña de ropa apilada contra la pared de un estrecho pasillo y treinta o cuarenta personas aterradoras.
21 de abril 2026 · 1 comentario
Por Margot Rot
21 de abril 2026 · 1 comentarioEra lo primero que Patricia vio al entrar: una montaña de ropa apilada contra la pared de un estrecho pasillo y treinta o cuarenta personas aterradoras.
There was something deeply liberating about not pretending any longer to be in control.
Freedom
Para Jaime, que lo ilumina todo
Estaba decidida a olvidar. Decidida a ir hasta el final. Llevaba meses tonteando con esa idea: ir hasta el final. Meses explorando cuántos centímetros más podía desplazar la línea de sus recién descubiertos elásticos límites físicos.
Lloraba a menudo. Sin lágrimas. No había lágrimas, tan solo un encogimiento del alma, un nudo de angustia, un hartazgo vital que, cuando se hacía muy intenso, parecía que podría humedecerle las mejillas. Pero no sucedía. Hacía tiempo que no sucedía. Señal inequívoca de que su cuerpo también la había abandonado.
Por primera vez, su mejor amiga se negó a seguirle el ritmo.
—Yo me voy a ir.
La noche comenzó en torno a las once y media. Era sábado y Patricia salió de casa sin mucho convencimiento. Llevaba puesto un vestido rojo prestado. Elisa insistió en dejarle ropa; estaba segura de que estar guapa la haría sentirse mejor. Sentirse mejor. Ja, ja, ja. Mejor. A Patricia le ofendían las recomendaciones; le parecían necias. Simplonas. Superficiales. Como si nadie quisiese darle hondura a lo que a ella le parecía que le sucedía.
—Deberías acostarte con alguien. Distraerte. Tirarte a alguien. Hablar con gente. Salir más —opinaba Elisa.
—¿Salir más? —preguntó Patricia, sin un ápice de ironía.
—Ponerte guapa y follar —continuó su amiga, a sabiendas de que ese no era su estilo ni lo había sido jamás.
—Bueno —contestó.
Con todo, Patricia lo intentó.
Antes de llegar al bar en el que ella y Elisa quedaban con el resto de sus amigos, callejeando para eludir cualquier dispositivo policial, Patricia se fumó un porro. Al llegar, el lugar le pareció espantoso. Excesivamente colorido, abarrotado de objetos hawaianos. Para colmo, sonaba música española de los ochenta. No había cantidad suficiente de hierba que fuese a aligerar la pereza que le producía estar ahí en vez de en su casa, perfectamente drogada y embutida en las Consideraciones intempestivas I, tratando de encontrar en Nietzsche lo que no encontraba en ningún otro sitio: una explicación del misterio del mundo. Eso era lo que necesitaba. Una explicación del misterio del mundo.
En un intento desesperado por distanciarse de sus pensamientos se acercó a José. Él ya estaba completamente borracho y, tal y como Patricia esperaba, empezó a contarle el problema que tenía con Susana, la chica nueva. Su chica nueva. La historia era la misma de siempre: la chica nueva era completamente distinta pero a su vez exactamente igual a la anterior y a la próxima y, casualmente, amiga de una amiga de su gran ex. Susana se había enfadado con él porque él, sin ninguna pretensión de hacerle daño —¿cómo iba a tenerla?—, se había dado un beso tonto con otra.
—¿Otra quién? —preguntó Patricia.
—Pues una que conoce Susana de por ahí —respondió José.
—¿Una amiga?
—Una conocida.
—¿Del mismo grupo?
—Sí, del mismo grupo, sí.
Patricia lo comprendía. Déjale claro que entiendes sus emociones. Si te gusta, tienes que darle seguridad. Etcétera. Etcétera. Etcétera. Rara vez solía decir lo que realmente pensaba. Porque para qué. Quién necesita escuchar la verdad.
—¿No te cansas? —imaginó que profería.
—¿De qué? —hubiese respondido él.
—No sé, de hacer el imbécil —hubiese dicho ella.
La música no mejoraba, había que cambiar de lugar, irse a bailar, pasarse a las copas. De camino a la discoteca, enganchadas del brazo, Elisa le leyó a Patricia un texto de Alejandro Zambra sobre poetas muertos y Patricia sintió, aunque estuviese muy triste, que tenía una buena amiga.
Luces de colores, el suelo pegajoso, la sensación de que algo está a punto de pasar y toda la noche por delante. El fin de semana por delante. La vida por delante. Todo por delante.
Perdió la cuenta de las copas que se había tomado y del dinero que se estaba gastando que, en realidad, no era mucho, porque llegado ese punto de la madrugada Patricia ya no hablaba, sonreía en silencio y se dejaba invitar. Sus amigos bailaban entre sí y conversaban cuando, desde el otro lado de la pista, un chico la interpeló con una mirada desafiante que ella correspondió hasta que lo tuvo delante.
—Ey, ¿qué tal? —El tipo hizo un gesto de saludo estándar con la palma de la mano en alto, al descubierto.
—Bien —Patricia sonrió y bebió de su pajita tímidamente—. ¿Y tú?
—Bien —respondió él. Era alto, iba vestido con una camisa de cuadros y unos vaqueros rectos en los que escondía las manos en los bolsillos delanteros y se tambaleaba mecido en un vaivén de nerviosismo que evidenciaba lo poco bebido que iba para ser las tres de la mañana—. ¿Y tú cómo te llamas? —continuó, mientras hacía un gesto con el brazo invitando a Patricia a desplazarse ligeramente hacia el lateral de la pista de baile, donde había menos gente y el murmullo decrecía.
Patricia no contestó exactamente a esa pregunta. Se inclinó sobre su hombro, de puntillas:
—Voy a por una copa, ¿me acompañas? —Lo cogió de la mano y en el recorrido hacia la barra se bebió lo que le quedaba de jäger con Red Bull de un trago largo.
Una vez en la barra, Patricia pidió dos jägers con Red Bull.
—Yo pago —dijo él.
Y entonces, entonces sí, ella tuvo que preguntar:
—Bueno, ¿y cómo te llamas tú?
Las luces azules y rojas iluminaban el rostro del chico, que no solo era alto sino que, además, era guapo.
—Carlos —le gritó cerca del oído, inclinándose sobre ella, mientras a su alrededor el gentío coreaba: Tú que decidiste que tu vida no valía, que te inclinaste por sentirte siempre mal, que anticipabas un futuro catastrófico, hoy pronosticas la revolución sexual.
—¡Ah, Carlos! Yo me llamo Margot. ¿Y qué haces, a qué te dedicas?
Ambos seguían mecidos por el vaivén de la letra cuando Patricia, enloquecida, profirió:
—Me encanta esta canción —que preferiste maquillar tu identidad— me encanta, me encanta —hoy te preparas para el golpe más fantásticoooooo.
El chico, perplejo por la interrupción, intentó proseguir:
—Estudio Políticas y Economía en la facul…
—Ah, sí, Economía —lo interrumpió ella—. Conozco la facultad; mi mejor amigo estudió Economía.
La música palpitaba en los oídos de Patricia y las luces centelleaban en todas partes cuando Carlos comenzó a hablar sobre su trabajo de fin de grado: las implicaciones de la guerra de Ucrania en el precio del aceite de girasol y cómo eso había derivado, mediante una cadena de causalidades que él consideraba «matemáticamente inevitable», en la crisis de la mayonesa industrial europea de 2023, que a su vez había provocado una caída del cuatro por ciento en la satisfacción media de los trabajadores de oficina durante la hora del almuerzo, lo cual, según sus proyecciones, amenazaba con colapsar el mercado de las ensaladeras de IKEA para 2027. Su hipótesis central era que Zelenski, sin saberlo, había salvado a la industria del vinagre balsámico italiano, que atravesaba su peor momento desde la Segunda Guerra Mundial.
Patricia le miraba, asentía y sonreía y pensaba, en el fondo, por debajo de toda la pretendida indiferencia a la que le empujaba su total estado de ebriedad, que había algo vagamente enternecedor en todo aquello: un chico de veintipocos años convencido de que el mundo tenía sentido y de que ese sentido podía medirse en toneladas de aceite de girasol.
—Oye, voy a fumar —lo interrumpió, sobresaltada por el mareo y la arcada que anticipaban sus ya habituales desmayos nocturnos—. Luego te veo.
Patricia salió a fumar con la copa escondida en el bolsillo interior de su americana negra e intentó recordar cuántas llevaba ya. La copa que viene con la entrada, y luego otra que se había pedido ella misma, y luego una a la que le había invitado José, que iba tan borracho y estaba tan triste que olvidó que Patricia no es de esas amigas con las que te besas por diversión sino de esas amigas que de forma ambivalente se dejan invitar a alcohol por desconocidos por diversión. Y luego la copa de Carlos.
Ahí fuera, recibiendo el aire fresco de la madrugada y recobrando milimétricamente la conciencia gracias a la diferencia térmica, gracias al frío, pensó en irse. Estuvo a punto de irse. Era el momento adecuado para irse y, en realidad, en el fondo de su alma albergaba el deseo de irse, pero no se fue. Eran las cinco y media de la mañana.
—Yo me voy a ir —le dijo Elisa, que se dirigió a ella en cuanto la divisó al salir de la discoteca.
Fue entonces cuando Patricia tiró de la camiseta rosa de tirantes de Elisa y le suplicó que no la abandonase.
—Vamos al Flower, llama a Jacobo. ¿Ana estará en casa?
—Nada, nada, yo me voy —insistió su amiga entre risas.
Patricia estaba completamente imbuida en la infinitud que le proporcionaba la nocturnidad, atrapada en esa detención temporal, aterrorizada por el momento en el que todo se acabase y saliese el sol dictaminando el discurrir ordinario de la existencia.
—Vámonos de after, porfi. Porfi. Porfiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
Pero Elisa dijo que no, abrazó a Patricia, se dio media vuelta y se fue.
José, que aún conservaba la esperanza de besar a Patricia —porque estaba muy borracho, o porque era ella la que estaba muy borracha, que no era lo mismo aunque en la práctica diese igual—, la miró con determinación y dijo:
—Yo me quedo.
Patricia lo abrazó tanto que se cayó desplomada sobre él durante un breve instante. Pasearon divertidos durante veinte minutos, quizá el doble. Es difícil de saber. Iban cogidos del brazo: ella porque no se tenía en pie, él porque seguía creyendo, con esa terquedad suya tan característica, que la noche aún podía virar a su favor.
Después de dar muchas vueltas y de interactuar con los transeúntes que, como ellos, huían de la luz, encontraron un local.
En condiciones normales no habría aguantado ni cinco minutos. El tamaño del sitio era diminuto, asfixiante. Un par de habitaciones pequeñas separadas por un pasillo impracticable en el que treinta personas hacinadas depositaban sus bolsos y sus chaquetas de tal modo en que se formó una montaña. Era lo primero que Patricia vio al entrar: una montaña de ropa apilada contra la pared de un estrecho pasillo y treinta o cuarenta personas aterradoras.
—No me sueltes —le dijo a José, que ya había localizado dónde estaba el cuarto de baño y se había encontrado con alguien que conocía.
—Ahora vengo, espérame en la barra, pide por mí —contestó él, y desapareció antes de que ella pudiese decir nada.
Patricia se quedó a solas. Así eran siempre las cosas con José. Era justo y exactamente la persona que te brindaba protección cuando acababas de entrar en el infierno, aún más si llevabas ya unos cuantos años ahí dentro y, sobre todo, si lo ignorabas. Justo y exactamente el tipo de protección que ofrecía quien, por supuesto, sin dudarlo, robaría las monedas de los ojos del muerto para convidar a una copa al mismísimo Caronte.
En la barra, la camarera —que parecía no verla al principio, aunque Patricia no sabía si era por la oscuridad de afuera o por la de adentro— le plantó un vaso de tubo estrecho y le dijo:
—No me queda Red Bull, chica.
—Coca-Cola está bien —gritó Patricia, intentando alzar la voz por encima de la música y del murmullo.
Desde la barra, vio a José en la cola del baño hablando con un par de tías y le pareció atroz tener que cruzar sola el fondo de esa habitación repleta de gente que le asustaba y le hacía sentir bien a la vez. Desistió y se acercó al único espacio que podía hacer de pista de baile: una esquina minúscula. Cerró los ojos, valoró si acaso iba a desmayarse, le dio un trago a su jäger con Coca-Cola e intentó bailar aunque nadie más bailase. Por primera vez a lo largo de la noche, quizá por primera vez a lo largo de los últimos tres años, se le reveló como una certeza absoluta, incontestable, irrefutable, que ese era precisamente, exclusivamente, el instante en el que quería existir.
Luces raras, música rara, conversaciones raras. Patricia pensando que iba a desmayarse pero que quería más. ¿Más de qué? No lo sabía, pero quería más.
Al abrir los ojos vio, apoyado en la pared, con una media sonrisa tímida, mirándola con discreción —disimulando—, a un hombre que llevaba puesto el abrigo: uno holgado, negro o azul oscuro, no lo sabía aún. Patricia le miró y le devolvió la sonrisa.
—Hola, ¿qué tal? Quería saber si tú… Bueno, ¿me das tu número de teléfono? Es que no me gusta hablar en los afters.
—No te gusta hablar en los afters… ¿Y entonces qué coño haces aquí?
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