Ficciones

Nadie recuerda un junio tan lluvioso

Yo creo que se ha escapado. Juana baja a desayunar y vuelve con la hipótesis

29 de junio 2026


La rueda trasera se desliza y Ángel pierde el control de la moto. Llueve sin parar desde hace diez días. El tiempo pasa muy deprisa y después muy lento. El tercer accidente en la misma curva. No existen estadísticas al respecto, pero se parece bastante a un récord.


A la a misma hora Juana, atareada como siempre, llega a la puerta del Top Colada y comprueba que sigue cerrado. En la puerta hay un remolino de personas especulando. Bolsas con sábanas sucias, toallas, bragas, manteles. Nacen los primeros rumores.



Ígor espera que hoy le den el alta. Ya no le duele la herida. Le preocupa más el negocio, le preocupa su hermano, le preocupa todo, pero el médico no llega. Ya huele a compota de manzana y a carne en salsa, pero el médico no llega.


La ambulancia va demasiado deprisa, piensa Ángel. Tiene una pierna rota, las costillas quizá. Debería avisar a Juana, pero no sabe dónde está su móvil. Sabe que le ha chafado el plan, pero no le apetece preocuparla aún. No hace calor, pero le arde la piel.




Juana vuelve a tender la ropa, pero la ropa no se seca. Sale otra vez y va a la frutería, quiere hacer un postre con fresas para su cena especial de aniversario. En la frutería están hablando del dueño del Top Colada. Nadie lo ha visto nunca, pero todos dicen que es muy raro.


Ígor se consuela con el menú del hospital. No sabría decir cuál fue la última vez que comió dos platos y postre. Recuerda las travesías en el camión con su padre. Aquellas carreteras interminables. El yogur de limón no sabe a limón, piensa, pero le encanta.



Al llegar al box, ve a los demás enfermos, accidentados y moribundos y piensa que todo es una exageración. Ya se ha caído otras veces de la moto. Solo quiere su móvil, una botella de agua helada y un cigarro de liar.


Las dos y aún tiene que comprar el azúcar para los mojitos. En la caja una señora le cede el paso para quedarse a solas con la cajera. Juana paga y recoge sus bolsas. Se pone los cascos para disimular, pero lo escucha todo. El Top Colada ya no abrirá más. Debían seis meses de alquiler. 


La enfermera viene a hacer las curas. Es un tajo que le atraviesa el brazo. Cómo te llamas, pregunta. Ígor se presenta. Has tenido mucha suerte, Ígor, podías haberte desangrado. Ambos saben de heridas. Ambos saben de mentiras. No para de llover.




Tiene el bazo destrozado, no se lo dicen así, pero lo interpreta mientras los camilleros aceleran por el pasillo. Ni tiene miedo ni tiene dudas ni tiene el móvil. Avisen a mi mujer es lo último que se oye antes de que el ascensor cierre sus puertas.


Una, dos, tres. ¿A partir de cuántas llamadas hay que descolgar el teléfono? Cuatro, cinco, seis. Lista roja de números desconocidos. Juana lo tiene todo preparado. Solo entonces mira el reloj. Solo entonces siente el hambre y el miedo. Llama a uno de esos números, pero no da señal.


Ígor cada vez cree más en Dios, pero le sigue dando vergüenza rezar. Casi siempre, porque las cosas que anhela le resultan insignificantes. Hace un rato, sin ir más lejos, tuvo la tentación de rezar para dormir solo, pero ya están preparando la cama del vecino.


 

Se siente más culpable cuando la culpa no es suya. Juana ya lo sabe todo y está llegando. Solo quiere abrazarla y pedirle perdón. Hay alguien en la otra cama, pero no quiere correr la cortina. Ni saludar ni explicar ni escuchar. Partir una habitación, es partir la luz que la ilumina.


Juana no está asustada ni triste. Está enamorada. Su abrazo no distingue contextos. Ya no importa el aniversario ni el postre ni los mojitos. Solo importa estar con él. Lleva el vestido que tenía preparado para la cena. Siento venir tan arreglada, se disculpa. Era lo único que quedaba seco.


Nunca se ha sentido tan solo. Escribir esta frase es muy fácil. Pero Ígor está acostumbrado a la soledad. Los oye hablar, pero no se mortifica. No desespera. Sabe que la enfermera volverá con las pastillas y que una de ellas será un Orfidal y que en media hora será mañana por la mañana.


Le despierta la claridad. Una claridad triste de lluvia. Juana está dormida en una posición imposible. La cortina está descorrida y la otra cama vacía y deshecha. No hay rastro del vecino ni luces encendidas ni carros de desayuno.


Yo creo que se ha escapado. Juana baja a desayunar y vuelve con la hipótesis. Nadie lo vio. Aprovechó el cambio de turno, se arranco la vía y se fue. Las enfermeras están como locas. No me hagas caso. ¿Quieres que te traiga una tostada? ¿Unos donuts mejor?


Ígor llega a casa, pero su hermano no está. La clozapina intacta sobre la mesa. En el suelo la sangre, los cristales y el cuchillo. Antes de ir a buscarlo, adecenta su negocio, revisa las máquinas, sobre todo las secadoras y abre por fin. Top Colada: 24/7. Nadie recuerda un junio tan lluvioso. 


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