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En cada mesa no hay nadie
Ante la mierdificación y claudicación del periodismo podemos movernos, intentarlo, cuanto menos escandalizarnos un poco ante la barbarie.
7 de septiembre 2026 · 1 comentario
Pequeña nota introductoria. A fin de mantener la atención y no alejar al lector que dude en quedarse hasta el final del artículo, esta columna es un grito inútil y frustrante contra un artículo publicado en El Español que llama “invasor con diabetes” a un niño de 17 años que ha muerto en un centro de menores de Ceuta. Dado que en mi hambre mando yo, que todavía sigo pagando mi cuota del sindicato de periodistas y que me alejé de la profesión para poder pagar el alquiler y no des enamorarme del todo, el propósito de este texto es sumar una denuncia más, amarga, lacónica, egocéntrica, auto consoladora y perfectamente inútil contra el patético estado de situación del que seguramente nunca fue el oficio más bonito del mundo. Ahora sí, empieza la columna.
La frase “en cada mesa, un vietnam” significa, para los viejos del periodismo, un grito de independencia, un eslogan de orgullo. Supone priorizar al Periodismo (con ínfulas y mayúsculas) frente a los intereses menos honorables de la empresa, de los de recursos humanos, del director, del poder o del mismo espíritu santo. Para santos, el código deontológico y la virgen de la independencia. Cada noticia, cada reportaje, cada crónica, cada columna son batallas que dar, guerras santas que merece la pena librar.
Noticia, reportaje, crónica, columna. No contenido, no piezas. Hablar de “piezas” o de contenido es igualar la panga del DÍA a la merluza de Burela, los episodios nacionales a montículos improvisados para el Scalextric. Si solo somos piezas de sabe Dios que engranaje, contenido de continentes del todo ajenos, apaga y vámonos. De hecho, todos los días pienso que ya hemos apagado, pero que no tenemos personalidad ni fuerza para irnos.
Hasta ayer debatimos sobre la posible caída de los influencers. Ríos de tinta sobre ellos. Creadores de contenido que, casi en el mejor de los casos, opinan y se informan en base a lo que leen en los medios. En diagonal, rapidito, en 1,5x. De pequeños jugábamos al teléfono escacharrado. La fila de bocas y oídos empezaba con el asesinato del archiduque Francisco Fernando y acababa con un conejo que se había escapado a una piscina de bolas.
A los periodistas, a los medios, se les debería pedir un poco más que eso. Cuando el Xokas no existía ni Iñaki Angulo se disculpaba por ser un fascista para que no le demanden demasiado, en la carrera nos explicaban que la prensa escrita, la seria, la aburrida, seguía siendo muy importante. Lo era porque se ocupaba de enmarcar las noticias que luego contaban Ana Blanco y Matías Prats en la 1 y Antena 3. Había que atender tanto a la agenda setting (qué noticias son noticias, qué temas son discutibles, qué asuntos son importantes, qué fotos del carrete se imprimen) como al framing (el famoso “enmarcado”, cómo elaboramos esa noticia, quién y dónde arranca esta discusión, cuáles son las normas de este juego, en qué lugar de la casa va la foto y cómo la presentamos).
Ahora ya no sé ni lo que es, ni lo que representa. Ni la prensa seria y aburrida ni la prensa a secas. A lo sumo, un competidor sin gloria del pelotón de cola, luchando por no descender otra categoría, por la supervivencia más deshonrosa en medio de un frenesí de tiros al aire, un apocalípsis ridículo. Post Verdad, hechos alternativos o, incluso, inundar la zona de mierda son explicaciones extremadamente suaves, sutiles, intelectuales. Javier Krahe lo cantaba mejor. “Cuando todo da lo mismo…¿por qué no hacer alpinismo?”. Y ahí está la prensa, mi querida prensa, despeñándose mientras solo podemos comentar que se ha matao Paco.
No da la sensación, por sus respuestas airadas (hay que ver, acusar de racista y deshumanizadora a una columna racista y deshumanizadora, acabáramos) que a la periodista en cuestión le haya dado vergüenza su pieza, su contenido. Todo lo contrario. Un día más en la oficina. El rugido del león.
El Español no es un digital cualquiera. Está dirigido por Pedro J. Y ella no es una becaria. Según Wikipedia, Laura Garófano cuenta con accésit al Premio Cádiz de Periodismo, una mención especial del Jurado del Premio Nacional Puerto de Cádiz "Diego Fernández Montañés, un accésit del Premio de Periodismo Foro Europeo, el primer Accésit Premio Nacional de Periodismo Francisco Valdés, el premio Luis Portero de Periodismo y el premio Cádiz de Periodismo. Además, fue finalista del XII Premio Internacional de Periodismo "Colombine". Un apunte final, otro, egocéntrico. Mientras que a Garófano (y a su medio, que mantiene el artículo y el tuit con sus emojis y todo) les da igual y sacan pecho, muchos sentimos sudores fríos al exponernos, nos da vergüenza equivocarnos, quedar de frívolos, de anodinos, de aburridos, de mediocres. Escribir columnas casi gratis para medios menores. Mostrar nuestras pequeñas vergüenzas en un mundo pornográfico de monstruos gigantes y nudistas. ¿Qué sentido tiene preocuparse por una coma o por un adjetivo duplicado mientras los titulares fascistas avanzan a caraperro? ¿Qué puede una columna de provincias contra Youtube? Claro que dan ganas de retirarse. Parafraseo a Leila Guerriero: “Vengo aquí. Saqueo mi vida. Ahí la tienen. ¿Para qué la quieren? Yo, a veces, la prendería fuego”
Ante la mierdificación y claudicación del periodismo, más vieja, distinta pero conectada a la de su nieto Internet, podemos rendirnos, agachar la cabeza, fingir que no es importante, pretender que no nos afecte y cobijarnos en nuestros asuntos. Bajar a nadar después de que Alemania le declare la guerra a Rusia. O movernos, intentarlo, saquear nuestra vida, cuanto menos escandalizarnos un poco ante la barbarie después de que sea demasiado tarde. Qué dirán de nosotros, si es que dicen algo. Aunque digas no se te ha hecho tarde ya se ha hecho tarde. En cada mesa no hay nadie, solo chinches y carcoma.
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