__MESSAGE__
Notas sobre Maricarmen y la cultura del esfuerzo
La cultura del esfuerzo común como freno a los disparates, absurdos e ineficiencias del culturismo individual del esfuerzo.
28 de septiembre 2026
La cultura del esfuerzo va mucho más allá de trabajar o no. Permea todos los aspectos de nuestra vida. Un desahucio es un ejemplo palmario y modélico de lo que significa actualmente, pero también de lo que podría significar en el futuro. Un desahucio convoca todas las tensiones de la cultura del esfuerzo. Particularmente en España, la vivienda es un personaje perfecto para este videojuego. ¿Por qué?
a) Porque la vivienda es el mejor icono del resultado de esta cultura del esfuerzo. En un mercado tan imposible para el común de los mortales, el individuo que alcanza el hito de comprar una casa (lo digo, también, por experiencia propia) es percibido como un justo receptor de la recompensa a sus incuestionables valores: tesón, sacrificio, ahorro. A su ética del trabajo.
b) Porque la vivienda es un equilibrio perfecto para la cultura del esfuerzo. Es suficientemente real, posible y material como para tapar su trampa más evidente (esta es: la de que la cultura del esfuerzo no es un medio para la obtención de un fin concreto, sino un fin en sí mismo). Y, a la vez, es suficientemente imposible y metafísica como para justificar sus ideas más locas (como la que el individuo es el centro de todas las cosas). Un culturista del esfuerzo te explicará que los jóvenes que no pueden pagar un alquiler o una hipoteca porque van al cine, viajan en Vueling y han decidido no vivir en una aldea de la Mancha de cuyo nombre no pueden ni acordarse.
c) Porque la vivienda, en un país en el que el 81% de las personas son propietarias, es, indiscutiblemente, el comodín de la llamada del ascenso social (y el flotador para evitar la caída). Atesorar patrimonio inmobiliario fue, es y será, para muchos, la única manera de progresar socialmente.
d) Porque, sin embargo, también representa los límites de la cultura del esfuerzo. Eso es lo que lo convierte en un problema incómodo para los adalides de la meritocracia moral1. Es una demostración palpable de que tú puedes deslomarte, el casero hacer plin-plin-con-la-mano-así y de que, sin embargo, al caer la noche él sigue siendo el casero y tú el pringao que se desvive.
e) Porque abre reflexiones incómodas para los apóstoles de este credo. Ataca la yugular de, al menos, tres de sus pilares: de la libertad, de la propiedad y del mérito.
- Libertad. ¿Por qué Maricarmen es menos libre que Urbagestión? ¿Por qué ella solo puede ser libre si elige bien?
- Mérito. ¿No ha pagado, acaso, Mari Carmen el alquiler? ¿No ha trabajado toda la vida? ¿No ha acumulado méritos suficientes?
- Propiedad. ¿Cómo defender que la propiedad privada sea sacrosanta e incondicional en esta tesitura, más allá de un tautológico “porque sí”? ¿Por qué Urbagestión es un propietario del inmueble más legítimo que Maricarmen, que ha cuidado, mantenido y trabajado el piso toda la vida? ¿No requiere la propiedad algún gramo de legitimidad? ¿Acaso no estarían de acuerdo en expropiar el piso los que ahora abjuran de la idea si fuera, no sé, propiedad de ETA o Hugo Chávez?
f) Porque pone en cuestión de manera muy notable los límites del trabajo. ¿Qué es el trabajo? ¿Gestionar una cartera de viviendas es trabajo? ¿Ganar dinero con mecanismos objetivamente especulativos entra dentro, ya no de la ética del trabajo, sino siquiera del emprendimiento? ¿Qué le aportas al mundo subiendo el alquiler? ¿Dónde está esa innovación, esa contribución diferente por la que el mundo y el mercado deben recompensarte?
g) Porque cuestiona los límites de nuestras propias preguntas. ¿Por qué nos sabemos la vida y obra de Mari Carmen y, sin embargo, no tenemos ni idea de dónde han salido el edificio de Gran Vía y las 300 farmacias de Urbagestión? ¿Por qué debemos proteger el riesgo, la inversión y la valentía del propietario y dotar de una malla de seguridad (los antidisturbios, el poder judicial, el Estado) solo a una parte? ¿Por qué no a Mari Carmen? ¿Porque Mari Carmen no es huevito y Urbagestión sí?
h) Porque dibuja el agotamiento y la decadencia de este discurso en las élites que hasta hace dos días lo defendían. Cuando leemos a los trolls ultras decir que están hartos del tema o a Ayuso no disimular que no le conmueve en absoluto, confirmamos que ya están a otra cosa. Que cada vez defienden menos el mérito, la libertad y la igualdad de oportunidades, y que ya prefieren abiertamente la ley del más fuerte y el sálvese quien pueda. Lo expuso con claridad, ya en 2014, uno de los pioneros de este movimiento, Peter Thiel: la competencia es para perdedores. Ya no hay garaje, entusiasmo y sonrisas: sólo guerra. En la película Aterriza como puedas, un tertuliano, pelín insensible, asegura que los pasajeros de un avión en riesgo de muerte “sabían a lo que se exponían cuando compraban sus pasajes”. Y concluye: “pues que se estrellen, qué le vamos a hacer”
i) Porque coloca a las izquierdas nostálgicas del trabajo ante una encrucijada que harían bien en ir resolviendo. Para bien y para mal, los conflictos del futuro van a situarse fuera de la fábrica, fuera de la oficina. No es que haya señales, es que el mundo nos lo está gritando al oído.
j) Porque plantea, para bien y para mal, una discusión importante sobre cómo imaginamos la cultura del esfuerzo en el futuro en nuestros términos. ¿Cómo es la vida de un militante del movimiento de la vivienda? ¿No es, a veces, demasiado heroica? ¿No se parece demasiado al mito del empresario de sí mismo que se echa sobre las espaldas el planeta entero?
k) Porque convoca, también, una nueva posibilidad metafórica. Parar un desahucio, acampar de nuevo en Sol, liarla pardísima, cambiar el eje político, ganar derechos para todos. Todo gracias a un ejercicio gigantesco y admirable de cultura del esfuerzo común. La cultura del esfuerzo común como freno a los disparates, absurdos e ineficiencias del culturismo individual del esfuerzo. La sociedad, el pueblo, la clase obrera organizada como freno y acelerador. El esfuerzo común como límite de la barbarie y como autopista hacia una vida más sensata, eficiente, racional, organizada, bella, libre y justa.
1 Término de Jahel Queralt
¿Qué opinas?
Sin comentariosEn cada mesa no hay nadie
Por Miguel Gómez Garrido
Noticia, reportaje, crónica, columna. No contenido, no piezas. Hablar de “piezas” o de contenido es igualar la panga del DÍA a la merluza de Burela, los episodios nacionales a montículos improvisados para el Scalextric.
Omaha: la vida colgando
Por Miguel Gómez Garrido
Aquí hay una historia con mayúsculas. Ni indie, ni neo, ni realismo, ni social, ni hostias. A ver si es que resulta que solo consideramos arte de verdad las angustias de los neporricos que pagan el Mac con el suelto que tienen en el bolsillo.
La invención de la tradición
Por Miguel Gómez Garrido
Por suerte, casi todo puede inventarse
La banalidad de la cultura
Por Javier Pomares
La cultura ha olvidado cómo tener enemigos. Ha olvidado para qué sirven y por qué es necesario tenerlos. La cultura es hoy, y de manera decidida, inofensiva.
Agosto: conjuro y repetición
Por Pedro Merino Gallardo
Hay una vieja historia sobre obediencia absurda que recoge Foucault en uno de sus cursos: un monje recibe una orden de su superior. Debe regar un palo seco en medio del desierto, alejado de cualquier fuente de agua
El problema del buen monstruo
Por Pere Fullana
En todas estas historias se nos insta a empatizar con el monstruo siempre y cuando este pierda su capacidad de incomodar. Surge así el problema del buen monstruo, mediante el cual la diferencia se neutraliza y se vuelve edulcorada
Suscríbete a sustrato.
Apoya el trabajo de Miguel Gómez Garrido
Lee a tus autores favoritos y apoya su trabajo independiente y audaz.
VER PLANES