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Todos merecen todo
Porque la izquierda no necesita la meritocracia
30 de octubre 2026
¿Necesitamos más esfuerzos y sacrificios?
Llegan las elecciones y, con ellas, uno de esos debates guadianescos que emerge cual Revilla en El Hormiguero: no todos los meses ni todos los días pero sí muchos meses y sí muchos días. Este rebrote, instigado de nuevo por el PP, no es casual: quieren dejar claro a las centrales empresariales que les preocupan los tres millones de renuncias laborales voluntarias que se produjeron el año pasado (récord absoluto). Y que con ellos no va a suceder.
Ante este penúltimo envite, la izquierda hace bien en preguntarse en qué consiste, en concreto, ese sacrificio. ¿Sacrificar las pensiones, las bajas médicas, quizá? ¿Aumentar la jornada laboral? ¿Reducir el salario mínimo? Sin embargo, tropieza con la misma piedra de siempre al responder con un concurso moral, ad hominem, pretendidamente heroico y siempre muy triste y patético sobre quién tiene una vida laboral más impecable (o sea, peor para la salud). Será eso que escribía Peyró en alguna parte: nos molesta más la hipocresía que la maldad.
No todos, sin embargo, opinan lo mismo que yo. Así que aprovecho que el Pisuerga pasa de nuevo por Valladolid para reseñar el ensayo Nadie merece nada (Anagrama), escrito por Jahel Queralt. Con ella, me pregunto: ¿puede existir algo así como una meritocracia de izquierdas? Y, sobre todo y valga la redundancia, ¿merece la pena?
Nadie merece nada, vaya por delante, es un libro ameno, que combina rigor y propuestas constructivas con dosis honestas y equilibradas de compromiso político y exposición personal. Argumenta bien sus tesis, que reitera y no esconde. Lo paradójico, o quizá no tanto, es que discrepo de plano con su idea principal, pero no con los argumentos que la defienden.
De hecho, el problema del libro es que creo que la primera que no está de acuerdo con su hipótesis nuclear es la propia Queralt.
La autora intenta hacer dos cosas a la vez. La primera es criticar y desmontar la meritocracia de derechas, esto es, la realmente existente, la que viste y calza. La segunda es rescatarla y recuperarla para una causa antagónica.
El escollo principal es que, al llevarlas a puerto, se ha embarcado en el navío de Teseo: si a un barco le quitas el timón, la vela y el mástil y, además, lo instalas en IFEMA para convertirlo en un stand de Pescanova… ¿sigue siendo un barco?
Queralt defiende una meritocracia de Teseo, es decir, sin mérito moral, aséptica, técnica, que salvaguarde la eficacia (es decir, que tu operación de corazón la coordine el mejor cirujano posible). Con esa meta coincido, claro. También Marx: de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades. Lo que pasa es que es un objetivo sobre el cual la meritocracia no tiene tanto que decir. Una persona, como desarrolla Queralt, puede ser increíblemente capaz de ejecutar una tarea y no haber acumulado o demostrado ningún mérito para conseguirlo. Quizá un neologismo, llámese capacitocracia o como se quiera, podría precisar mejor su propósito.
Tampoco concibo, dicho lo cual, cómo se podría separar la meritocracia (o cualquier principio ideológico o regulador) de la moral, de cualquier moral. El mérito es moral. Un alumno con muchas dificultades puede sacar un cuatro, tener mucho mérito y seguir suspenso. Seguramente Cristiano Ronaldo tenga más mérito que Messi, pero ha sido indudablemente peor jugador.
El mérito debería encargarse, precisamente, de reconocer la evolución personal e individualizada, de celebrarla al margen del resultado y del palmarés. Pero ese fin no solo contradice a la meritocracia actual (pensada no para buscar mejores resultados, sino para justificar los actuales) sino también el objetivo principal de Queralt: optimizar las capacidades para optimizar los resultados. Y vuelvo a estar de acuerdo: asumir que nuestras destrezas no tienen que ver con la justicia permite aprovecharlas mucho mejor. Goku no merece ser más fuerte que Vegeta, simplemente lo es. Afirmar lo contrario es un suicidio en términos de eficiencia y capacidad. Y supone, además, una barrera ortodoxa y peligrosa para la mejora y la creatividad que debería potenciar la meritocracia: si solo puede llegar quien ha sido el mejor en el concurso de méritos, por muy técnicos que estos sean, jamás podremos descubrir a quienes llegan tarde, por caminos distintos o, por supuesto, a quienes cuestionan la propia meta. Vaya derroche, vaya desperdicio y, huelga decir, vaya aburrimiento.
¿Es el mercado, amigo?
Aun así, Queralt sostiene que el problema no está en la meritocracia, sino en el mercado. En un sistema que genera una escasez artificial, ultra desigual, absurda e ineficiente, y que, además, nos obliga a competir por ella cual ratas persiguiendo un churro. Parto de la misma base. Pero ello no exculpa a la meritocracia realmente existente (que sirve, insisto, para legitimar y reforzar lo que hay) ni la habilita como posible palanca de cambio. Seguramente, porque incluso siendo benevolente con ella, como Queralt, es un principio, “en sentido estricto, bastante limitado”.
Si hablamos de cómo queremos pensar el mundo postcapitalista, yo aspiro, más bien, a que el reparto igualitario y eficiente de los recursos, los trabajos, los roles y el tiempo nos permita superar este concurso de belleza infantil permanente en el que vivimos. No creo que cuando Frodo destruya el anillo único del capital vayan a desaparecer los desequilibrios, las peleas o las envidias, pero sí que estas tendrán consecuencias menos relevantes. No es lo mismo que un profesor que te encanta tutorice la tesis de tu amiga en vez de la tuya que verse obligado a competir con ella por la única beca disponible.
La verdadera igualdad, y la verdadera libertad, por cierto, ha de alejarse de la idea de oportunidad. Una oportunidad, por definición, es algo raro, escaso y caduco. El mundo al que aspiramos tiene que llenarse de oportunidades, asegurarse de que aprovecharlas sea lo menos dramático posible. Que ganar o perder no sea trágico. Además, debe blindar el derecho a que nos apasionen cosas que se nos dan rematadamente mal, o sea, a jugar sin competir. Marx proponía que todos pudiéramos cazar por la mañana, pescar por la tarde y ser críticos por la noche. Traducido: por la mañana café, por la tarde ron.
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