Ideas

La madre está cansada

Y ahí estamos los tres, unidos en este trayecto hacia ninguna parte, pensando en Pedro Sánchez, ay, y sin saber qué será de este país en unos meses.

13 de octubre 2026


En el metro, la madre está cansada. Contempla en su móvil vídeos de Pedro Sánchez anunciando la nueva convocatoria de elecciones y Gabriel Rufián dando un discurso en el Congreso. Yo estoy sentado a su izquierda, haciendo como que leo el periódico mientras, de reojo, miro su móvil intentando adivinar sus inclinaciones políticas. No es fácil en estos tiempos. Predomina la confusión, y poco a poco se desdibuja la línea que separa a la derecha de la izquierda.  

Sin darnos cuenta, en los márgenes del libro de historia alguien está dibujando una nueva línea: la de los indiferentes. Son ciudadanos, como el resto, pero están perdidos en un magma político que huele a sudor frío y naftalina y no saben dónde caerse muertos. Los sitios en los que normalmente debe uno caerse muerto se les hacen extraños. Les cuesta comprender. Se preguntan cosas como: ¿por qué vas a votar, si votar no sirve para nada? La izquierda es incapaz de conformar un Estado de bienestar eficiente y funcional, y la derecha se empeña en destruir lo que queda del mismo con una inquina irracional e incomprensible. Y mientras, nosotros seguimos como estábamos, o peor, porque como dice mi madre, lo que no mejora, empeora, indefectiblemente.  

Ahí fuera, las fuerzas del mal se arrejuntan para conspirar, y el Estado solo es un colchón lleno de agujas que no te deja descansar, un escudo de plastilina que te hace sentir más expoliado que protegido. Así que estos ciudadanos tristes y hartos, decepcionados de la política, se lanzan al abismo como almas en pena. No quieren que nadie les rescate. Ya no se fían de nadie. Prefieren morir (que gane la ultraderecha, me da igual, que se vaya todo a la mierda, y que lo destruyan todo, así tendremos algo por lo que luchar) antes que volver a confiar en la política. 

Al lado de la madre, su hija juega sola, entretenida consigo misma. Y ahí estamos los tres, unidos en este trayecto hacia ninguna parte, pensando en Pedro Sánchez, ay, sin saber qué será de este país en unos meses. La niña mira de reojo el móvil de su madre, le dice: "Yo también quiero escuchar". Alza la mano y le pide uno de los auriculares. Ella no se los da. Quizás no quiere que escuche los cantos de sirena de Rufián, ser mitológico capaz de liderar, al mismo tiempo, la separación de Cataluña y la unificación de las izquierdas en España. La niña, ante la aspereza de su madre, empezó a decir: "Peeedrooo Sánchez, se tiene que ir".

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