Deportes

120 minutos en la friendzone

Encuentro en el seguidor argentino promedio todas esas cualidades que más detesto en una persona.

8 de julio 2026


(Esta carta de Luis responde a una de Miguel que podéis leer aquí)


Apreciado Miguel, 

En tu lucidez habitual, comenzabas tu carta afirmando que el fútbol tiene una capacidad monumental para ponernos en nuestro sitio. Te leo y pienso en Rodri y el partidazo que se marcó ante Portugal. El tipo es lento, aburrido, ni feo ni guapo, anodino. Tú dices que tiene pinta de trabajar en una consultora de energía eólica y yo juraría habérmelo encontrado alguna vez en la cola del ropero de Gabana. Un Juan cualquiera. Y ahí le tienes, gobernando entre Pedris, Vitinhas y Joao Neves. Hay un sabor agridulce en ver que tu equipo gana gracias a un tipo al que has denostado sin parar. El sádico placer de ser un bocazas. Pero no hablemos más de España, no vayamos a ser gafes.

Te escribo a escasos minutos de terminar el Argentina - Egipto de octavos. Mira que os lo tengo dicho. Nada de hacerse ilusiones con esta gente. Ni medio centímetro a la esperanza. Como bien sabes, no he visto el partido, por mucho que nuestro editor y jefe de sustrato, y a pesar de ello amigo, Fernando López - Pita, no parase de dar la brasa en el grupo de WhatsApp que tenemos los tres para organizar esta correspondencia. “Se van para casa”,  “hay que creer”, son algunos de los mensajes del inocente Fer. No, no es que yo me haya caído del caballo camino de Damasco ni que sea más listo que nadie. Es que hemos visto esta película demasiadas veces. Pongo la tele en el 75, pensando que bueno, y si sí… Los y si los carga el diablo. Marca Argentina a los treinta segundos. Apago la tele. Mi única duda en ese momento era si Argentina ganaba el partido antes de la prórroga o necesitaría del tiempo extra.

Lo de Egipto ha tenido un aroma al duelo frente a Cabo Verde. Lo estaba viendo en la cama y no daba crédito. ¿De verdad hay gente que prefiere estar de fiesta un viernes a las tres de la mañana que viendo esto? El guionista del fútbol nos premió a los que antepusimos Vozinha a farra con, quizá, el mejor partido del Mundial. La campeona y preferida de la FIFA (qué bochorno, Miguel) ante las cuerdas contra la exótica y debutante Cabo Verde. La suya es la historia del torneo. Lo tuvieron, te prometo que lo tuvieron. Pero al final es lo de siempre. A mí ambos partidos me han recordado a cierta experiencia vital conocida por todo varón, generalmente durante la adolescencia, cuando el pivón de dos cursos superiores al tuyo, no sabes muy bien por qué, un buen día decide hablar contigo, y tú no sabes qué responder sin mearte en los pantalones, pero no lo has debido hacer mal del todo porque sorprendentemente le has hecho gracia, y seguís con el jijí jajá y lo que al principio pensabas que era un accidente ya empieza a ser un simulacro de tonteo, y te lo empiezas a creer y piensas, bueno, por qué no, y si sí, tampoco estoy tan mal al fin y al cabo, y justo cuando ya te has convencido de tu inminente éxito por el que serás recordado por los siglos de los siglos amén ella se va con el guaperas tres años mayor que tú. Eso han sido Cabo Verde y Egipto contra Argentina. Vivir en la frontera entre el éxito y el miedo. 120 minutos en la friendzone, pero qué 120 minutos. El fútbol, Miguel, cada vez me recuerda más al patio del colegio. 

Mi animosidad hacia la albiceleste no radica, dada mi condición madridista, en un odio visceral hacia Messi. Qué va. Lo mío es mucho menos enrevesado, de una explicación tan humana como simple. Sencillamente, no les soporto en tanto que aficionados al fútbol. Que me perdone Casciari, pero no puedo con ellos. Sé que está mal generalizar y que no serán todos, claro que no, pero encuentro en el seguidor argentino promedio todas esas cualidades que más detesto en una persona. Rechazo su arrogancia, su pendejismo, Su la tenés adentro constante. Su nacionalismo exacerbado y mal entendido. Contaba el admirado Enrique Ballester que, hace unos días, escribió el siguiente tuit: “Hay una selección que lleva jugando dos mundiales con otro reglamento. Podemos seguir haciendo como si no nos diéramos cuenta”, y que aquello se le llenó de argentinos ofendidísimos y muy preocupados por la presencia en el recto de Ballester de no sabemos muy bien qué. Lo más gracioso es que el tuit no hacía alusión a ningún equipo ni fue escrito un día en el que jugasen los de Scaloni, sino que ellos mismos se dieron por aludidos. Sus razones tendrían. 

Lo peor que se puede ser en esta vida, lo decía Michi Panero, es ser un coñazo. Es la segunda vez que sale Michi Panero en esta correspondencia, ¿qué está pasando? A mí esta revelación del argentino futbolero como ser absolutamente insufrible me duele especialmente porque siempre ha sido una nacionalidad idolatrada por mí a unos niveles desproporcionados. Pronto descubrí que las artes que más amo en mi vida habían sido sublimadas a orillas del Río de la Plata. Argentina nos ha dado genios en la literatura, la música, el cine, la publicidad o el fútbol. ¿Cómo no se puede reverenciar un país así? El problema, como bien sabía Panero, es que su sensibilidad humanística va de la mano con su talento para ser los objetos más pesados del universo. Campeones del mundo en ser un puto coñazo. ¿Nos compensa, Miguel? ¿Compensa Borges? ¿Compensa Casciari? ¿Compensan Darín y Charly García? Claro que compensan, naturalmente. Pero joder lo que cansa. 

Te cuento una escena que me pasó hace unos meses en la oficina, ese vivero de anécdotas. Me presentaron a un argentino al que yo le adiviné la argentinidad en el mate que presidía su escritorio. Envalentonado y sin miedo al ridículo, dos cualidades muy habituales en mí, opté por romper el hielo en mi mejor porteño. Uh, ¿matesito, papá? ¿Sos argentino? El interpelado, con una velocidad mental digna de sus mejores compatriotas, replicó Y campeón del mundo. Me reí, menos dotado que mi compañero para la agilidad mental y el verbo florido. A toro pasado, con el diario del lunes, no dejo de responder en mi cabeza al vendehumos aquel. Me reconcome no haber salido con un ¿uruguayo, verdad? o tal vez haber tirado de orgullo patrio y decirle que encantado, Don CampeóndelMudo, yo soy Premio Nobel de literatura, de cuando Cela, o catorce veces ganador de Roland Garros, lo que te sea más cómodo. Puestos a hacer nuestros los logros del vecino… pero yo ni soy Premio Nobel ni Campeón del Mundo en 2010 ni ganador de Roland Garros. Solo soy otro Juan cualquiera, con pinta de consultor de energía eólica, que alguna vez se ha encontrado al Balón de Oro en el ropero de Gabana.


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