Pogacar y vivir en la hipérbole
En esa conversación estará. En la de Jordan, Phelps, Bolt, Djokovic y pocos más.
24 de marzo 2026
En esa conversación estará. En la de Jordan, Phelps, Bolt, Djokovic y pocos más.
En la exageración de nuestros días, en la que todo es récord, todo es histórico, en esta cultura del highlight constante y del post con más likes y de la foto más vista cada día, los aficionados al ciclismo convivimos con nuestras propias contradicciones desde hace unos años. Por definición, si todo es histórico nada lo es, no podemos presenciar gestas irrepetibles cada quince días, las hazañas requieren del paso de un tiempo suficiente hasta que nuevos y heroicos hechos puedan ser considerados dignos de tal condición. Tadej Pogacar vive en esa hipérbole. Nos ha acostumbrado a convertir en históricas todas las tardes en las que se sube a una bicicleta. Y así llevamos cinco años. Presos de la incoherencia. Todo lo que le rodea es mitología y una extraña expectación solo reservada a los más grandes. Sucede algo curioso cada vez que nos ponemos delante de la tele cuando compite. La plena convicción de estar asistiendo a una gesta en directo. La perspectiva histórica del momento, la conciencia de que el presente, de lo que está sucediendo o a punto de suceder ya habita en el plano de lo eterno. Mi padre vio al hombre llegar a la luna y la caída del muro de Berlín y yo he visto a Pogacar ganar la Milán San Remo con idéntica percepción trascendental del acontecimiento.
El sábado asistimos en Italia a la obra cumbre del pogacarismo, seguramente su mejor victoria de siempre, por el dónde, por el cómo y por esa cualidad que seduce siempre y en todo lugar, la narrativa. Esa media hora final de la carrera no te la firma ni Spielberg. Porque a 30 de meta, justo antes de entrar en la esperadísima Cipressa, la cota destinada a decidir la carrera, un hostión gótico como el Duomo parece dejarle mutilado para la causa, y el grupo cabecero que ya ha empezado la ascensión y él, a rueda de un McNulty patrón de los gregarios que están cuando se les necesita, venga a gastar vatios y más vatios para entrar a cola de pelotón, y el grupo que no afloja, el grupo que ha olido sangre, y Pogacar, magullado Ecce Homo, muriéndose sobre la bicicleta pero acaba conectando, por fin, con el pelotón, aunque aún le queda lo más difícil, remontar a unos 80 ciclistas para colocarse en cabeza, y en dos kilómetros que son ya antología de este sacrosanto deporte logra pasarlos, uno a uno, rosario de corredores, y no solo eso, sino que sus mermadas fuerzas le llegan para, fiel al plan establecido, soltar un ataque termonuclear y sálvese quien pueda.
A mí la escena me recordó a mis años adolescentes viciado al F1 en la Play, que para hacer más emocionante las carreras, cansado ya de salir siempre en la pole y escaparme y ganar en todos los circuitos, decidía muy taurinamente empezar el último para poder adelantar así a 19 coches antes de la primera vuelta. Pogacar en la Cipressa ha sido eso. Y luego todo lo demás. Con el corazón en la boca desde que se volvió a subir la bici, sin darse unos metros de resuello hasta la llegada al sprint en Vía Roma, ya por fin sin un Van der Poel que se quedó entre los olivos y cipreses del Poggio, ganarle a Pidcock por medio tubular la Milán San Remo, la más difícil todavía, la clásica que le torturaba y obsesionaba a partes iguales en su afán por vencer en todas las catedrales del mundo.
Príncipe del ciclismo y de las paradojas, la victoria de Pogacar en San Remo nos ha dejado una resaca extraña, agridulce. Flota la sensación de que la del sábado pudo haber sido la última. De que no le quedan muchas más tardes de hacer posible lo humanamente imposible, de que cada vez hay menos nombres por tachar de la lista y de que ya nunca volveremos al inocente sabor de la primera vez. Y que solo la Vuelta a España, que la ganará cuando quiera, y la París Roubaix, el único de los cinco monumentos ausente en su palmarés y el más difícil dadas sus condiciones, separan a este esloveno de 26 años de, por fin, mirar de tú a tú a Eddy Merckx por el trono de mejor humano que jamás se haya subido a una bicicleta. Y cuando eso suceda, viva el exceso, podremos plantear el debate legítimo de ser, digámoslo sin reservas, el mejor deportista de siempre. Y volvemos otra vez a la hipérbole en la que vive desde hace años el esloveno. Y de acuerdo que pueda parecer una exageración al calor de la última hazaña, pero esa es la conversación que tendremos. En esa conversación estará. En la de Jordan, Phelps, Bolt, Djokovic y pocos más.
Yo, desde luego, tengo claras dos cosas. La primera, es el mejor deportista que han visto mis ojos y no me voy a permitir minimizar sus hazañas ni un milímetro. Y la segunda. Nunca me había puesto de pie delante de la tele tantas veces como con este hombre. No es de extrañar habida cuenta de un catálogo de triunfos imposible, que no existe, que no puede existir más que en su Wikipedia. Pogacar gana cayéndose, gana al sprint, gana atacando a cien kilómetros, gana subiendo, gana bajando, gana cronos, gana clásicas, gana mundiales, gana Tours, gana en los Alpes y en Pirineos, gana en Flandes, y gana en Lombardía y también en el sterrato de Siena; gana en febrero y en marzo y gana en julio y en noviembre. Gana de arcoiris, gana de amarillo y gana de rosa. Gana a escaladores, gana a clasicómanos y se gana a sí mismo una y otra vez, porque ya solo compite contra sus obsesiones y deseos.
Y con todo, y vuelta a la contradicción, lo que gane o deje de ganar nos da un poquito igual. Hasta podría parecer una ordinariez limitar nuestro afecto hacia él por el número de victorias, que es siempre una frivolidad. Lo que de Pogacar nos cautiva es la mitología, la profunda convicción de que el tipo es especial, tan especial que no hay ninguna necesidad de reivindicarlo porque todo el mundo lo ve y lo reconoce. Y si nosotros le amamos incondicionalmente no es por sus triunfos. Si nosotros le amamos y seguiremos haciéndolo hasta el final de nuestros días es porque con Tadej Pogacar hemos comprobado que no nos ha vencido la indiferencia, que aún podemos sorprendernos, que seguimos siendo capaces de emocionarnos. Que seguimos estando vivos.
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