Deportes

Amar a Wout Van Aert

Era la París Roubaix de todos los tiempos. Era la carrera del siglo.

13 de abril 2026


Cuando uno escribe siente que salda deudas pendientes. No ocurre siempre, claro está. Serán apenas un puñado de casos excepcionales. Ciertos personajes, ciertas historias, ciertos temas que, en nuestra vanidad infinita, consideramos que merecen ser escritos. No porque nadie más vaya a dar testimonio de lo extraordinario, dejando así morir en el olvido lo que, a nuestro juicio, merece todas las alabanzas del idioma. Qué va. Es todo más sencillo, más humano. Nuestro ego desmedido nos lleva a la conclusión de que ordenar en un folio cuatro o cinco reflexiones es nuestra particular y ridícula forma de mostrar agradecimiento. Que encontramos cierta calma, cierto sosiego a través del acto físico y tedioso de sentarse delante del ordenador y teclear. Como si así estuviésemos en paz con la causa. Hay tres ciclistas con los que siento que he contraído una deuda inmensa que en mil vidas seré capaz de pagar. Tadej Pogacar, Mathieu Van der Poel y Wout Van Aert. Es un deporte curioso el ciclismo. Son rivales, compiten por los mismos triunfos. La victoria de uno significa la derrota de los otros dos. Y aún así vas con los tres. Gana Pogacar y te emocionas. Gana Van der Poel y te emocionas. Gana Van Aert, que gana mucho menos que los dos anteriores, y te emocionas el doble. Es el mejor deporte del mundo el ciclismo. Era la París Roubaix de todos los tiempos. Era la carrera del siglo. El duelo final entre un Pogacar ansioso por conquistar los cinco monumentos (¡y encima seguidos!) y un Van der Poel aspirante a ser el primer ciclista de la historia en vencer cuatro veces consecutivas en El infierno del norte. La pantalla final de la época dorada de este sacrosanto deporte. Y en esas estábamos cuando aparece Wout Van Aert, eterno segundón, perdedor perenne merced a la trágica casualidad de coincidir en el tiempo con estos dos gigantes de la bicicleta, y hace lo que hace. Y después de 260 kilómetros de polvo, de asfalto y de adoquines; de tramos de cinco estrellas, de Bosques de Arenberg y de su puta madre; después de vivir toda la vida a la sombra de los dioses por un accidente biográfico; de caerse una y mil veces en los lugares y momentos más inoportunos, después de todo eso entra en el velódromo de Roubaix con Pogacar, mano a mano, ligeramente favorito, siendo más rápido al sprint que el esloveno, y de repente se para el mundo. Y en ese momento congelado directo a la memoria colectiva, en ese momento todos los que estábamos viendo la carrera, los que íbamos con Tadej Pogacar y los que iban con Mathieu, los que estaban en el velódromo y los de la sobremesa en el sofá, todo el planeta ciclista se alegra de la victoria suprema, incontestable, de Wout Van Aert en la mejor carrera del mundo. Eso cómo es posible. Eso en qué otro deporte sucede. Sí, yo estoy en deuda con este tipo. Me acerco a él con la certeza de que le debo algo que todavía no sé qué es y sigo sin encontrar forma de pagárselo. Soy deudor del belga desde aquel Tour de 2022 que le regaló a Vingegaard, desde que reventó a Pogacar en Hautacam. Como lo hizo en Montmartre el pasado Tour o como acaba de hacer ahora. Mi estúpida manera de devolverle tanta gloria es amarle, amarle hasta el final de mis días. Hacer el patético esfuerzo de volcar en una cara de Word todo lo que siento hacia él. Es un pago anónimo porque no me conoce. Me parece un trato absurdo, de acuerdo, pero justo. Es el mismo que he firmado en secreto con Pogacar y con Van der Poel. Ellos no paran de atacarse y yo les entrego mi tiempo. Mis tardes, mis mañanas. Mis sobremesas. Horas y horas pegado frente al televisor y también todas las demás en las que les estoy pensando. "He dejado de creer muchas veces, pero al día siguiente me levantaba y volvía a soñar de nuevo", dice Van Aert al terminar la carrera. Es el mejor deporte del mundo.


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