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Florentino y el síndrome del impostor
Con su harakiri público, dejó muy tocado, si no hundido, su aura, su misterio.
13 de mayo 2026
Con su harakiri público, dejó muy tocado, si no hundido, su aura, su misterio.
Hay una serie de podcast increíble y súper recomendable llamada Delirios De España. En ella se recrean con el detalle y el cuidado que merecen momentos demasiado olvidados o muy poco explorados de nuestra cultura pop, como la corrida de toros solo para mujeres de Jesulín de Ubrique o el concierto homenaje a Miguel Angel Blanco. Sí, ese en el que Nacho Cano grita «más alto, que nos oiga Miguel Ángel».
La demencial y senil comparecencia de Florentino Pérez es un Delirio de España en toda regla. Lo es por lo obvio: por delirante y por su protagonista, ese ser superior que entendió que en este país el cielo está enladrillado, nadie lo desenladrillará y que Dios es del Madrid. Pero también por su condición de anacronismo triste y patético: el presidente de una institución de fama mundial es, también, un señor mayor subrayando con boli rojo el ABC todas las mañanas. Suena como cuando Feijóo dijo que había leído no sé qué en un teletipo: para algunos, remite a otra época, para otros, a ninguna.
Florentino ya se aproximaba a la cincuentena cuando la España noventera pegaba sus transistores a la almohada y disfrutaba con las salvajadas que se dedicaban el Butano y De La Morena. No ha salido de ahí.
Los famosos audios publicados por El Confidencial mostraron al mundo que el emperador estaba desnudo. Sus vergüenzas en cuero no nos generaron ni un poco de ternura —como el señor Burns pintado por Marge— solo pena, solo lastimilla. Pero, además, su Florentineza confirmó al mundo que la tenía pequeña (la autoestima) y que su obsesión con los medios y las cuentas pendientes superaba con creces su voluntad de poder y su instinto de conservación. Florentino, como Pablo Iglesias, está tan convencido de la omnipotencia de sus enemigos que es capaz de autodestruirse para demostrarlo. A Iglesias, al menos, sí le odiaban. Y los medios deportivos tienen poder, pero si todavía fueran lo que otrora eran no veríamos a Juanma Castaño dejando que le comparen con un elefante calvo en Línea de Cal.
Nos sigue sorprendiendo (véase Trump) que las personas más poderosas del mundo se comporten como niñatos con rabieta. Esta es una de las claves de la meritocracia: mantener la fantasía de que esta gente se ha ganado llegar a donde está. Solo estas erupciones de absurdo, de esperpento, de grotesco, las que nos hacen desengañarnos del mito. El economista Branko Milanovic calcula que el 75% de los ingresos que recibimos en nuestra vida adulta no se deben ni al esfuerzo ni a nuestras elecciones.
Florentino, con su harakiri público, dejó muy tocado, si no hundido, su aura, su misterio. No puedes presentar la superliga en el Chiringuito. Es como llevar al kebab a la reina de Inglaterra. Y no puedes empezar una rueda de prensa de expectativas globales enzarzándote con un tipo que hasta ayer era un auténtico desconocido. ¿Qué será lo próximo? ¿Un debate con Ruido Bernabéu moderado por Iñaki Angulo?
La comunicación pública del constructor jamás se ha basado, como así ha sido desde el principio en el caso de Trump o Ayuso, en la táctica del Galope de Gish (la combinar muchos argumentos falsos, medio falsos o legítimos a la vez para desgastar al oponente y que no pueda ni responder) o en la falacia ad nauseam (repetir algo una y otra vez hasta que entre). Él aparecía de vez en cuando, decía mire usted y hablaba bajito y solemne. Urbi et orbi. Auctoritas y potestas. Sin embargo, como revela David Fernández en el ensayo Ayuso (Libros del K.O), lo cierto es que el presidente intentó contratar a Miguel Ángel Rodríguez “MAR” para convencer al pueblo de las bondades de la Superliga. Flo cree que todos van a por él y que todos le odian. Y que tiene que responder. Le ha pasado a muchos miembros de la élite, que se han vuelto macarras y conspiranoicos. Por eso ayer hablaba de confabulación y por eso va a fichar de nuevo a Mou.
Da para un texto aparte, pero si Mou hizo algo fue, precisamente, permitir al madridismo y a las élites mesetarias heridas en su orgullo y en su estatus colocarse, por primera vez, como víctimas. Víctimas que, como tal, podían, ahora sí, dejar de poner la otra mejilla, dejar de estar por encima y bajar al barro. Atacar antes de que te ataquen. A cada golpe, dos, decía MAR. Esa táctica a veces funciona, sobre todo si no tienes nada que perder. El problema es que aquí hay un buen sacrificio. Y que a la grandeza no se vuelve. No dos veces. Ni caballero, ni del honor.
Al menos servirá de receta contra el síndrome del impostor. Cuando pienses que es tu culpa, que no has estado a la altura, recuerda que este hombre, sí, este hombre, va a seguir dirigiendo una multinacional multimillonaria y va a volver a ganar las elecciones del mejor club de la Historia. La única minoría peligrosa son los ricos.
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