Panegírico distante por un columnista
Ha muerto Raúl del Pozo. No sé si el columnismo está muriendo.
11 de marzo 2026
Ha muerto Raúl del Pozo. No sé si el columnismo está muriendo.
«Nager dans les eaux troubles
Des lendemains
Attendre ici la fin
Flotter dans l′air trop lourd
Du presque rien»
Ha muerto Raúl del Pozo. Raúl del Pozo era uno (ni de coña el último, los Goya de honor siempre van abriendo hueco) de esos columnistas, referentes, maestros y leyendas, casi siempre hombres cipotudos, mencionados con melancolía de tabaco negro por los profesores de la carrera, indisimuladamente asqueados porque su futuro hubiera sido menos brillante que el de sus ídolos y por la obligación de tener que dar clase, no por vanidad magistral sino por parné. Todo antiglamour pecuniario, nada watergate. Los alumnos, osea, nosotros, calentábamos los pupitres con más apatía que vocación. El entusiasmo, cuando lo había, era rápidamente cancelado, eso si que era cancelación, por docentes intelectualmente infames que nos explicaban, por si no lo supieramos, que pesaba sobre nosotros una nube negra, una tormenta perfecta. Así, “tormenta perfecta”, llamaba a la crisis del periodismo un tío que nos daba economía de los medios o algo así y al que apodábamos el empresaurio. Años después nos llegó, aunque no lo hemos comprobado por cinco fuentes, que murió. Si lo hizo, su partida no fue objeto de coplas nostálgicas por la muerte de uno de los últimos padres, del penúltimo icono del periodismo viejuno de tirantes, sobremesa y dos dedos de whiskey. Hoy se ha publicado en Sustrato una de ellas.
Que nadie me entienda mal: soy al primero al que le duele la agonía del periodismo, en general, y del columnismo, en particular. Anoche recorté horas de sueño viendo la última entrevista que Del Pozo le concedió a Lara Siscar. Recuerdo bien, y no tengo el don de la memoria, un reportaje en El País Semanal sobre columnistas jóvenes, la nueva hornada, de hace unos cuantos años. Secretamente o no siempre me he querido parecer un poco a ellos. Ir así de chulo por la redacción, las palabras justas, el tema libre. Crónicas de fútbol, opiniones agudas, irónicas y metafóricas sobre un ministro, coloquios, una buhardilla en Tirso. Leí a Josep Pla, a Julio Camba y a Millás como si tuvieran más que decirme que los contemporáneos que, sustrato aparte, se refugian en substack, medium y, vaya aura, blogspot. Es precisamente de aura de lo que suele ir la mayoría de las veces la cosa, de esa fanfarronería egocéntrica y niñata que a algunos nos invade pocas veces y a otros todo el rato, y que permite al columnista escribir engorilado, como deslizándose por una pista de hielo, practicando piruetas en el flow, llamando al talento con la misma confianza y cercanía con la que una generación entera de prohombres ha asegurado hacerlo con Juan Carlos de Borbón. Si la crónica y la columna molan tanto es porque son una excusa para que el periodista de provincias juegue a ser escritor y cuente sus mierdas y ocurrencias con la percha de la noticia. El estilo, por tanto, lo es todo. Por eso es tan buena Rocío Collins, y Leila Guerriero, y Fanjul.
No sé si el columnismo está muriendo. De hacerlo sería una mala noticia para Sustrato. O quizá no, ya que cualquier muerte ocasiona el nacimiento de un nicho, nunca mejor dicho. Sustrato podría ser el videoclub de los que echan de menos que haya videoclub. En todo caso, pienso, sin embargo, que si muriera la columna sería cruel e injusto: es de los formatos escritos más adaptables al ecosistema actual. Es la brevedad y la lectura diagonal por antonomasia. Lo de atraer a la audiencia en el primer segundo no lo ha inventado el cargante que te ilumina sobre como retener a los usuarios en Instagram.
Otra cosa es que el lector haya fenecido directamente, eso se lo dejo a Burón. Pero, en lo relativo al columnismo, soy de los que piensa que, como en tantas otras ocasiones, quizá no hablemos de una muerte real, sino, solamente, de una reestructuración, de un recálculo. Quítese los fritos, señora. Para los guardianes de la quintaesencia, los putos amos del imperio declinante, esto es molesto, ya que hasta los más prestigiosos y galardonados, los más bohemios, pollaviejas, independientes y canallitas se están viendo obligados a pasearse por las video columnas y a adaptar el género al reel y al micropodcast. Como si fuera lo mismo, como si el medio no fuera el mensaje.
Algunos tratan de que el aterrizaje sea suave y comunican como si estuvieran leyendo literalmente el mismo texto, como en un atril, impostadamente ventrílocuos, falsos autómatas. Y a ver, eso tampoco. A lo mejor puedes cortar el filete con un xilófono, pero hay mejores opciones. Yo, que para escribir me pongo jazz de los 50 y no fumo porque nunca tuve la suficiente personalidad, no puedo sino reírme de Pérez Reverte por que su teclado imite el sonido de una máquina de escribir o del fallecido Del Pozo por entrar por teléfono en la radio con una calidad voluntariamente amateur. “Mirad, es viejo y entrañable, qué recuerdos”, parecía decirle Alsina a sus oyentes cada vez que se le escuchaba regular sin ninguna justificación. Daba un poco igual lo que dijera. Los viejos y los veteranos, y no me parece mal, interpretarían a inmunitas en la película del Actimel.
Zarandajas, trampantojos y gerontofobia aparte, me resisto a dar por caput al columnismo. Soy de los convencidos de que hemos integrado sin resistencia una norma de lo más falaz: que algo no sea rentable no significa que no tenga éxito o no merezca la pena. No me imagino viviendo, y menos con el tren de vida de los Raúl del Pozo, del ingenio, de la perspicacia, de la gracia y el descaro para juntar letras. Pero la raza humana, por suerte, hace cosas porqué sí, aunque no le paguen, aunque pierda dinero. Y los lectores igual. No son idiotas. Es simplemente absurdo pensar que la gente no lee, y menos cosas breves y amenas, habida cuenta de que ahora todos los vídeos tienen que tener subtítulos y de que el algoritmo, parece ser, está premiando, de nuevo, lo amateur, lo artesano, aquello que parece real. Aunque sea solo el primer párrafo, aunque sea a cachos.
Lo que no va a regresar es el Café Gijón, ni la hoja del lunes, ni los vespertinos, ni los periódicos masivos en papel, ni las redacciones con seguro contra la cirrosis. Hay infinitas maneras de dar rienda suelta a una pasión que ya no será, quizá, tanto un oficio. Tenemos dos opciones: o seguir restregándose hasta el ridículo en un pasado divertido, intenso y a todas luces indeseable o, yo el primero, sacudirnos la letanía y jugar con las herramientas que nos tocan. En treinta y cinco años, si no antes, alguien sentirá envidia y nostalgia de nuestro tiempo. Cuando Kate Ryan sacó a la luz su versión de Desénchantée, en 2002, Del Pozo ya tenía sesenta y tantos y permiso para estar de vuelta de todo. En lugar de ello, siguió mirando al presente y dejó caer que Bárcenas tenía unos papeles importantes. Están pasando algunas cosas interesantes en el mundo. Todo es caos bajo las estrellas, la situación es excelente. El mejor homenaje para un tipo enamorado de lo que hacía es, sin duda, que este panegírico se acabe aquí y que no se publiquen muchos más.
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