Más allá del triunfo
Lo único que tengo claro es que a la plaza hay que ir sin ningún tipo de expectativa.
22 de abril 2026
Lo único que tengo claro es que a la plaza hay que ir sin ningún tipo de expectativa.
Hay quien puede pensar que el toreo va de rabos y orejas, de la revista Hola o de abrir puertas que engrandecen al mito y que acercan más a esos semidioses, que son los toreros, a la derecha del Padre. Pero para mí los toros son mucho más que los éxitos, la fama y los flashes.
Primero porque lo único que tengo claro es que a la plaza hay que ir sin ningún tipo de expectativa. Segundo, porque no todos los días se puede asistir a una obra de la cultura española que se desarrolla en directo donde están presentes la vida y la muerte. Y, tercero, porque no hay ficción, guion, ni postureo. Quizá esto último sea con lo que más en desacuerdo puedan estar aficionados y detractores, pero es que resulta muy fácil distinguir cuando el toreo o el torero está más pendiente de levantar un aplauso y unos oles al tendido o de dejarse ver con sus amigos, que de vaciarse con el toro.
El rito no engaña. Transmite verdad en cada tercio como aquel que se arrodilla en el confesionario y pide clemencia y perdón al altísimo. Porque las carencias, la falta de profundidad, de verdad, de clase y de escuela, pero jamás de valentía, casta y coraje, se dejan ver muy pronto con el capote y aún más con la muleta. Quizá por eso algunos aficionados nos conformamos con un buen tercio de varas, una media que pare un poco el tiempo, un pase de pecho donde el diestro remata la tarde o un par de banderillas bien puestas.
Y por supuesto que soñamos con estar en la plaza el día que se corten dos orejas y un rabo. Por supuesto que soñamos con ver cómo la obra, el rito o el cuadro que se va desarrollando poco a poco como si Goya, Picasso o Dalí estuvieran pintando en directo uno de sus mejores cuadros llega a su punto más alto. Pero, al final, lo que nos hace acudir a la plaza no es otra cosa que ser testigos de pequeños destellos que se desarrollan en uno de los mayores estandartes de la cultura española. Porque por mucho que algunos se empeñen, los toros, además de ser cultura, son una escuela de vida que transmite verdad, amor y pasión a cada uno de sus aficionados. Así que, cada tarde, tan solo buscamos que se nos ensanche un poco más el pecho para seguir queriendo a La Fiesta y seguir guardando en el corazón los destellos de belleza que nos brindan los toros con su trapío y sus hechuras y los toreros con duende, y sus huevos.
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